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11 de noviembre de 2017

El humor es amor


Chiquito de la Calzada fue un hombre hecho a sí mismo, de esos que no reniegan de sus orígenes. Hijo de electricista y huérfano a temprana edad, desde muy joven se subió a los escenarios como palmero en tablaos flamencos. Icono de lo surrealista y artífice de un humor inclasificable, la fama le llegaría de forma fortuita a los sesenta y dos años de edad, de la mano del mítico programa televisivo Genio y figura, nombre que haría honor a su singular e irrepetible estilo. Hoy la magia de su humor se ha apagado, pero su recuerdo en nuestros corazones perdurará para siempre.

Y es que don Gregorio Sánchez —oriundo del malagueño barrio de la Calzada de la Trinidad— se puede atribuir la difícil tarea de caerle bien a todo el mundo. Sus guturales sonidos, chistes que sólo podían ser contados por él, camisas con estampados imposibles, patillas con vida propia, inenarrable mímica e hilarante vis cómica, revolucionaron por completo un mundo encorsetado en los clichés, impregnado de cierta caspa y tan infravalorado como el humor. Tanto fue así que, por el camino, incluso se permitió la osadía de reinventar el lenguaje a guan, a peich y a gromenagüer.

Chiquito de la Calzada es el culpable de que media España diga ¿Sirl? al contentar el teléfono, alguien que nació después de los dolores, una persona entrañable que parecía que no podía, pero siempre estaba ¡Al ataquer!,  y que pasó por dificultades económicas durante su juventud en una época en la que, según él, no había niños y que siempre jugaba solo. Unas estrecheces que no le arrebatarían si un centímetro de su sonrisa como las que nos desternillaría desde mediados de los noventa. Obrero del cante jondo, se desplazaría a Japón durante dos años para cantar flamenco en tablaos, donde actuaría acompañado de ratas gigantes como reveló en una entrevista. Esos serían los únicos que pasaría separado de su mujer Pepita, fallecida de forma repentina en marzo de 2012, y que lo sumiría en una profunda depresión que lo mantendría alejado de los medios de comunicación hasta el triste desenlace al que hoy hemos asistido. Ese día empezó a apagarse Chiquito.

Humilde, cercano y con una mirada repleta de bondad, era habitual verlo en el restaurante Chinitas de Málaga, siempre vestido de forma impecable y mirando con orgullo su faraónico retrato que lo preside. El genio del humor malagueño decía que su peculiar vocabulario era de su invención. Según contaría en una ocasión, su archiconocida fistro, es una palabra planetaria, procedente de una galaxia de 1801. Poseedor de un carisma y naturalidad innatas, su dimensión era tan abrumadora que era difícil hasta donde abarcaba Gregorio y donde empezaba Chiquito, un nombre que quedará escrito con letras doradas en las páginas del humor y de la cultura popular al lado del de Cantinflas o Charles Chaplin, dos de sus grandes referentes. Porque hoy y siempre Chiquito de la Calzada será Gigante de la Calzada para toda la eternidad. Y es que la mejor forma de llorarte hoy es hacerlo de risa, como siempre hiciste. Hasta siempre, maestro.

8 de mayo de 2017

Pasado, pesado


El pasado es un amante despechado que siempre regresa. Lo hace cuando menos te lo esperas, con la sórdida intención de noquearte con una fulminante dosis de realidad. Se trata de un enemigo, surgido desde las trincheras más franqueables de tu subconsciente, que aflora para interponer lastres en el rumbo que tu vida comenzó a dibujar. Porque el pasado no entiende de ética; para él, bien y mal no son más que concepciones sociales que esbozan el contorno de lo que deberíamos ser; ni tampoco de lógica, que limita las fronteras de la ética; y por supuesto de amor, que se desentiende de toda ética y de lógica, pero es la principal fuente de la que bebe el pasado.

Aunque tengas la desfachatez de creer que te has librado de él, el pasado llamará a tu puerta, para saldar las cuentas pendientes. Y como el más implacable de los acreedores, no avisará ni con cinco minutos de antelación. Da igual que las creyeras canceladas, siempre volverán. Llámalo caprichoso, pero no le convence la idea de que te vaya bien. Anticipándose a tus reflejos y colándose por la capas más permeables de tu recién estrenado bienestar, aparecerá. Igual ni se para a saludar, pero ahí estará, haciendo acto de presencia. Ufano ante la victoria que puede protagonizar, hará que la sangre vuelva a emanar de las heridas que un día creíste cicatrizar. Heridas que, hoy día, no son más que el triste recuerdo del daño que ya nunca más te harán.

Y ahí estás tú. Sólo de bruces ante tu pasado. Lo localizas entre la multitud, son muchos los que están a tu alrededor, pero ahí lo percibes. Es inconfundible. Muchas cosas han cambiado, pero otras mantienen la misma forma. Vuestros ojos se retan en un duelo eterno. Con más experiencia, pero proyectando la misma ingenuidad, os empeñáis en rehuir las miradas, cayendo en un abismo que deseas que no termine jamás, diluyéndote en recuerdos que creías olvidados, sintiendo el vértigo a la altura del esófago y con la esperanza de que la fragilidad no se pueda leer en tus retinas. Te sientes desprotegido, sólo como el niño al que olvidaron recoger de clase, falto de la seguridad que el tiempo te brindó. Un tiempo que perdió toda su dimensión, que convirtió el pasado en presente y dejó al futuro en manos del pasado.

Porque el pasado es la esquirla del recuerdo. Es como el historial médico de nuestro corazón. Pasado y futuro difieren en el lienzo donde se encuentran escritos; en tanto que el primero habita en la memoria y el segundo lo hace en el deseo. El pasado nos hizo a su imagen y semejanza, nos inoculó odio y reproches, cultivó debilidad para recoger fortaleza. Se fue para llevarse lo mejor de nosotros, para enseñarnos las lecciones que nunca quisimos aprender. O dicho de otro modo, nos jodió de lo lindo. Sólo en nuestras manos está dedicarle una mirada de compasión, desde el púlpito de la perspectiva para dejarlo atrás como lo que es: una página leída y sepultada bajo un índice de desengaños.

@joseangelrios92

28 de febrero de 2017

Sin lluvia, no hay arcoíris


Puedes olerlo en la atmósfera. O sentirlo, mejor dicho. El espesor de las nubes y la palpitante humedad contagia hasta el último soplo de brisa. Un aura que, con la falsa apariencia de acariciar y sosegar, comienza a asestar puñaladas que parecen producidas con un estilete forjado en la fragua de la frialdad —nótese el oxímoron— y la indiferencia. Los pluviómetros se preparan para una ardua jornada de trabajo y, si es Semana Santa, más bien todo lo contrario. El agitado giro de las veletas delatan las adversas condiciones climatológicas que se aproximan. A todo ello también contribuye el adherente olor a tierra mojada en forma de esticor que se traduce en los síntomas inequívocos del aguacero que te sorprenderá en la intemperie, sin chubasquero ni paraguas. Sólo tú ante el peligro.

En el campo de la óptica, se define el arcoíris como la descomposición de un rayo de luz solar en su espectro visible, el cual resulta visible por la refracción del halo procedente del astro rey en pequeñas gotas de agua en suspensión dispersadas por la atmósfera. O dicho de otro modo, una paleta de colores emergentes de la nada en mitad de un páramo gris y desolado; calidez y jovialidad inmersos en un medio gélido y apático cuyas dimensiones escapan de todos los parámetros de la higrometría y un brote de luminosidad que emerge de la oscuridad más abisal.

Y la tormenta no presenta signos de amainar. Ni un soportal o un improvisado alféizar para resguardarnos de ella parece que vamos a encontrar. Navegas a la deriva, con el lastre del recuerdo a tus espaldas, con falsas ilusiones en el petate que nunca germinarán en realidad, sin torre de vigía a otear y con menos compañía de la que esperábamos disfrutar. Porque sólo de ti depende encontrar el rumbo correcto, encontrar a las personas con las que convertir las náuseas del viaje en anécdotas de travesía, remendar las grietas del casco y vislumbrar el arcoíris con el que jamás nos atrevimos a soñar.

Porque así, meciéndonos con la firmeza de la tempestad, se puede divisar una playa deshabitada, tan desprovista de vida como repleta de una dieta a base de cocos y bambú. Es ahí cuando aprendes que es posible salir de la mierda para entrar en otra mierda peor, que no todo el mundo que te mete en la mierda es malo, ni todos quienes te sacan de ella son buenos. Y es que estar en una isla desierta da mucho tiempo para pensar, por ejemplo, que la soledad, lejos de ser un campo yermo, inhóspito y desangelado, es una oportunidad para conocerte a ti mismo y que puedes estar en una muy concurrida rave sintiéndote muy solo, que por más que confortable que pueda resultar ese islote, sigues estando mojado y calado; y que es más posible de lo que jamás habías imaginado edificar un mundo sólido en base a unos cimientos tan frágiles como el carácter intrínseco de la vida.

También aprendes que los impertinentes —que sobrepasaron la frontera de la sinceridad por años luz— sobran, que no existen las malas personas, sino obstáculos ya conocidos a evitar y que el antónimo de jodido malo puede ser aún más jodido aún peor. Echas la vista atrás y, desde la perspectiva de la distancia, caes en la cuenta de que, por paradójico que resulte, es saludable para las arterias coronarias gritar e insultar para enterrar tus frustraciones, que un Eres un hijo de puta a tiempo te libera de mucho malestar, que se puede ser cabrón hasta sin proponérselo, que la locura —legalismos y términos judiciales aparte— no te exime de responsabilidad moral y que a veces es necesario perder los papeles para volverte a encontrar.

Pero qué mas da todo eso. Puede ocurrir o, en el peor de los casos, ocurrir también. O también puedes cruzarte con gente extraordinaria por el camino, aquellas que pasaron de ser figurantes a postularse en la cartelera de tu vida, las que parecían simples medios pero se esforzaron en socavar todos tus miedos, que lo precioso suele coincidir con lo preciso y que hay amores que, aunque efímeros como un corto, dejaron más huella que una trilogía con las tomas falsas añadidas. Esas son las personas que le otorgaron una nueva dimensión a la palabra amistad, o al amor, o al sexo por vacío que fuese, las que te sacaron de Guatemala y te llevaron a Guatemejor y, esta vez sí, conferirte la nitidez para ver el anhelado arcoíris surcar los cielos. Porque como me dijo hace poco alguien a quien aprecio: Todo el mundo quiere felicidad sin dolor, pero no se puede disfrutar de un arco iris sin antes un poco de lluvia.

@joseangelrios92

9 de febrero de 2017

Bórrame


Lo has leído bien. Puedes borrarme. Quítame de tus contactos, sin tacto y sin la deferencia de avisarme. No te preocupes, que lo tomaré como la forma previa de hacerme desaparecer de tu recuerdo. Y hazlo ya, antes de que puedas arrepentirte, víctima del recuerdo y presa de la melancolía. Será tu forma de decirme adiós en la virtualidad, aún sin habérmelo dicho en la realidad; el mensaje que nunca contestaré, la última conexión que jamás revisaré, los emoticonos que siempre me recordarán a ti y el Te quiero que nunca encontrará destinatario.

Te doy permiso. Puedes hacerlo tú, que yo ya estaré demasiado ocupado echándote de menos. Y dado que éste acelera a medida que crecemos, yo lo despilfarraré recordándote. Bórrame y que no te tiemble el dedo, al igual que tampoco te quebró al agregarme. Borrar y eliminar: sentimientos vecinos, habitantes de tierras fronterizas, gemelas forzosas, el haz y el envés de las relaciones humanas, conceptos antagónicos en páginas colindantes. Como los servicios en los bares, entras en mi perfil y al fondo a la derecha. Sí, en el mismo sitio donde me agregaste, aquel enclave donde supimos que lo nuestro era especial. Lo sabíamos. Fue la oportunidad que el destino nos brindó y que, como buenos idiotas, no supimos —ni quisimos— aprovechar. Porque lo nuestro fue como el círculo, el lugar donde convergen el principio y el final.

¿Ya me has borrado? Venga, quítame, antes de que yo te bloquee. Hasta de Instagram, aunque no tenga —ni vaya a tener jamás— y de Tuenti, aquel terreno ignoto donde residía tu adolescencia, aquella que no tuve el placer de disfrutar. Y ya si me dejas de seguir, mejor que mejor. O siempre puedes reportarme como spam. No te rayes, que cosas peores me han llamado a lo largo de mi vida y algo me dice que todavía no he oído lo peor. Por si aún no lo sabes, ya no quiero que estés suscrita a mi vida y te quedes en un rincón, en el del correo no deseado de nuestro corazón. Hazlo deprisa, que para mí será el colofón perfecto a nuestro desenlace: la historia que jamás quise contar, de la que siempre recordaré hasta el último matiz del principio y haré lo posible en volatilizar el final. 

Rápido, bórrame como amigo ya. Y agrégame como enemigo, que igual es más divertido. Borrar como amigo, si es que alguna vez nos tragamos eso de la amistad. Eliminar de tu lista de amigos, ja. Permíteme que esboce una sonrisa en forma de carcajada carente de eco pero con la misma intensidad. Debería haber una lista del corazón, esa de la que siempre saldrá más gente de la que merecerá estar. Concíbela como los botes salvavidas del Titanic: no hay sitio para todos y, cuestiones pecuniarias aparte, sólo los mejores deben estar. Ni tu foto de perfil, ni tu estado quiero ver ya, sólo quedarme con el monigote gris, ese ser tan desangelado que siempre será como el solar de lo que una vez hubo o, quién sabe, la antesala de lo que estará por comenzar. 

Y si me bloqueas, incluso mejor. Lo creas o no, me haces un gran favor. Ya no sentiré el miedo de volverte a hablar, de saber cómo estás —eufemismo de stalkear— o si te acuerdas de mí. Miedo de ti, de tu silencio, de respuestas que no quiero escuchar, de faltas de contestaciones más reveladoras que la parrafada más colosal. Silencios que hablan sin articular palabra y conversaciones que dicen menos de lo que me atreví a pensar. Al final, va a ser verdad que el mundo a la mierda se va. Y miedo, también, de desenterrar lo que la historia se encargó de sepultar. Un término tan inquietante como síntoma inequívoco de estar en las puertas de tomar la decisión correcta. Llámame exigente, pero me cansé de tomar las decisiones correctas y comenzar a hacer lo que me dé la gana, desligarme de lo puramente convencional, de lo políticamente correcto, de los insípidos A ver si nos vemos y llamar a la gente con la que de verdad quiero estar.

De WhatsApp también me puedes borrar. Lista de contactos, seleccionar, desvincular, actualizar y voilà. No tiene pérdida. Fácil y sencillo; simple y cómodo; reparador y terapéutico. Me encanta el siglo XXI. Son acciones mecánicas ejecutadas con la yema de nuestros dedos, envueltas de una frialdad tan envolvente como evidente de que hasta las decisiones más difíciles están al alcance de nuestras manos. Aunque mi timeline parezca más huérfano sin ti, te desetiqueté de mi vida, ni una muesca de tu recuerdo en el muro de mi corazón queda ya y tu foto de perfil en mi chat hace mucho tiempo que dejó de estar, un poco después de la época en la que dejaste de ser. Porque te borré de ella mucho tiempo antes de que ambos, succionados por la irremisible inercia de los acontecimientos, le diéramos al botón de borrar. Y mira, fue lo único bueno que juntos hicimos hasta el final.

23 de enero de 2017

Por lo que fuimos


Existen imágenes que permanecen almacenadas en las áreas más impenetrables de nuestra mente, cuya esencia se torna inmarcesible pese a la erosión causada por los años, la experiencia y las decepciones. Nos estremecen con sus voraces garras y se enquistan en nuestro alma, por más que sean sepultadas en nuestras profundidades más abisales. Son vivencias, almacenadas en lo más hondo de nuestro ser, que, con la clandestinidad onírica que producen los sueños, afloran de vez en cuando para recordarnos alguna etapa de nuestra vida. La mayoría de ellas, volátiles y escurridizas, perpetran sensaciones de efectos destartalados que creíamos desconocidos y que nos hacen recordar quiénes fuimos alguna vez.

Puede que los fugaces fotogramas que sobrevivan al despertar mantengan un hilo de vida en forma de efímero recuerdo. Y si así fuere, mejor que sigan adormecidos en un duradero letargo hasta que la bóveda añil vuelva a apoderarse del firmamento. Igual será ahí cuando vuelva a surgir tu cada vez más arcana imagen asediada por los vetustos escombros de una fortificación que creímos inexpugnable y que nunca se alzaría, de astillas calcinadas de una antorcha que lució con cegador fulgor, de una tierra yerma y despoblada que jamás llegó a ser conquistada o de una aventura repleta de ingredientes inverosímiles que no tendría un final de película. Pensamos en lo que fuimos y ya nunca seremos; por los momentos que ya nunca más serán. Porque todos esos elementos merecen un brindis con fragancia de margarita deshojada cuyo eco se desvanece al unísono de nuestros caminos separándose para, quizás, encontrar otros destinos que encierren historias más dignas de ser contadas.

Porque ya no me acuerdo de lo que fuimos, Ni de lo que pudimos ser. Y tampoco de lo que una vez pensé que pudiéramos haber sido. Sólo recuerdos de un legado incalculable sin los que no se hubiera erigido ni una sola coma. Y palabras. Sobre todo, muchas palabras, algunas de ingrato revivir que eclipsaron a otras que el amor les otorgó el calificativo de inolvidable. O tal vez, puede que sí recuerde lo que fuimos: Recordarte con furia y felicidad, encontrarme alegre y afligido, estar satisfecho y rencoroso, evocar con una sonrisa un desengaño, invocar tu aroma con recelo, mostrarme altivo y débil, sufrir un vahído y reponerme con esmero, embriagarme con tu veneno mimetizado con disfraz de pócima mágica, descender a los cielos y ascender a los infiernos. Mantenerme erguido por orgullo, tambalearme por la soberbia, caer a merced de los reproches y levantarme por ti. Quedémonos con lo que fuimos, por el amor y por el desamor; por la nostalgia del pasado y por los besos que no besaste. Porque así fuimos o, tal vez, algo así hubiéramos llegado a ser. 

16 de enero de 2017

Un amor que te está esperando


En la vasta historia del cine, no han sido pocas las secuelas que han superado a las cintas originales. Títulos como El Padrino II, con más nominaciones y premios Óscar que su predecesora, es considerada la mejor entrega de la mítica trilogía de Francis Ford Coppola, basada en la novela homónima de Mario Puzo. Otros casos como Spiderman son diametralmente opuestos, siendo la segunda parte la más floja de la versión del intrépido superhéroe de Sam Raimi. Y todo ello según la crítica especializada. Pero, ¿es todo ello aplicable a la vida real? ¿Es posible volver a amar con la misma intensidad?

Cuando recuerdas a ese gran amor, todas las emociones ligadas a él tienden a asociarlo con El Padrino I. Aunque no la hayas visto. Su esencia es indescriptible; su guión, irrepetible; su elenco, inmenso y su banda sonora, imborrable. Ese recuerdo es tan único como especial y, aunque te gustaría evocar aquellos días con distinto protagonista e idéntico sentimiento, sabes que no es posible. Ni justo, dicho sea de paso. Guardas ese recuerdo con mimo, con la certeza de que todo ocurre por algo y que a las malas experiencias es mejor llamarlas constructivas. Por aquello de sentirse bien con uno mismo y tal.

Pero tampoco podemos quedarnos aferrados a El Padrino I dado que, pese a su magistral puesta en escena y legendarias actuaciones, el cine no termina ahí. Y aunque para deleitarse con El Padrino II, sea necesario haber disfrutado antes de la primera parte para comprenderla y valorarla, nuestra educación cinematográfica va a limitarse con creces si nos quedamos atrapados en la magnificencia de la original. Porque nos han inculcado desde tiempos inmemoriales aquello de encontrar al amor de nuestra vida y, tras haber sido golpeados con su arma de doble filo y hundidos con su cara menos amable, empezamos a pensar que ese amor de nuestra vida, tal vez, sea el que más agotados nos pilla. O tal vez, aquel que siempre nos ha estado esperando y que transforma las nefastas vivencias previas en aprendizaje.

Se trata de ese gran amor que sucede a otro gran amor, el que aterriza en nuestras vidas para propinarle un puntapié a todo lo anterior, al que observamos desde la perspectiva de la madurez, el que mitigará nuestra desdicha y que nos hace recordar que el destino nos tiene reservada una nueva oportunidad para ser felices. Un amor en forma de cóctel gourmet que, con ingredientes más suculentos que el primero, eliminará la toxicidad de aquello que nos oprimió con sus tenebrosos efectos para aportarle ese condimento de bienestar que necesitamos. También es ese amor que refrenará ese ritmo turbulento en una apacible travesía, el que convertirá la decepción en ilusión; la melancolía en sonrisas y el recuerdo en futuro.

Ajenos al indomable alud de sensaciones que se nos avecinan, estamos de par en par ante ese nuevo amor, que adopta la forma de la calma tras la tormenta, que nos hace entregarnos sin remisión con más confianza y menos cobardía que al anterior y el que hace que el remake nos haga olvidar al original. Una nueva historia, con más causalidad que casualidad, que resquebrajará esa hermética armadura en la que se refugió nuestro corazón para blindarse de historias que no merecen ser revividas. Será también el que nos enseñará que se puede volver a sentir algo aún mayor y el que transformará la memoria en una nebulosa lejana e inextricable. Y por supuesto, es un amor que merece todo el respeto del mundo, porque no ser el primero no significa perder la exclusividad, ni las ganas de embarcarse en una nueva aventura, quizá, hacia un horizonte más esperanzador.

@joseangelrios92

26 de diciembre de 2016

El último adiós


No recuerdo con precisión el tiempo exacto. Ni falta que hace. Para qué, si ese lapso no va a hacer variar ni una de las comas que se sucedan a continuación. En cuanto al sitio, a decir verdad, continúa manteniendo su idiosincrasia, consciente del aluvión de historias encerradas en él. Hacía frío, demasiado para el mes de abril. Frío del que se siente por fuera y del otro, del que también se siente, pero por dentro. Menos mal que me abrochaste las mangas de la camisa un ratito antes. Llámame esclavo de las apariencias, pero había que ponerse guapo para la despedida, que la ocasión lo merecía. Quizás en ese momento no lo hubiéramos percibido así, pero estábamos ante nuestro último adiós. Un adiós en forma de hasta luego, precedido por una noche sin parangón, de esas a la que la historia le otorga el calificativo de inolvidable, pero un adiós al fin y al cabo.

Puede que no tuviera la forma ni el presupuesto de la película más taquillera. Ni que mi papel lo interpretara Leonardo DiCaprio —no daba el perfil, obviamente—, ni aquello, pese a ser un enclave idílico, fuera un set de rodaje; tampoco las personas que nos rodeaban respondieran al nombre de figurantes más un número, ni el umbral de la estación por el que tu figura se desvaneció para siempre fuera simple atrezzo. Y es que así nos han vendido las despedidas, como situaciones encorsetadas y repletas de dramatismo para las que hay que equiparse con doscientas toneladas de clínex. O algunas más, fijo. Tal vez sí en el mundo de los conceptos, pero no es lo que suele ocurrir en la vida real. Porque no estar preparado para una despedida, de las de película, no nos hace inmune a sus lacrimógenos efectos.

Ese fue nuestro último adiós; no el virtual, pero sí el real. Y no lo pareció. Jamás tuvo la forma de una despedida, el reproche de una ruptura o el dolor de un distanciamiento. Ni tampoco lo rubricó un «Nunca te olvidaré» y, por extraño que parezca, tampoco un «Te echaré de menos». Asumiría el rol de adiós un «Avísame cuando llegues» o «Te veo pronto». Tal vez, fuimos fríos en la formas, quizás en la ignorancia del epílogo en el que nos encontrábamos inmersos, de que nunca más nos veríamos o que pasaría más tiempo del que escapa a la memoria. Quizás ese es el carácter desangelado de la modernidad, que desprovee de su esencia más inherente a las cosas. De ser así, algo bueno tendrán que tener los nuevos tiempos. Vamos, digo yo.

Contigo aprendí que decir adiós es crecer. Aunque nunca te lo dijera a la cara. Y mejor conservar un recuerdo que deteriorarlo en una agonía que convirtiera un final triste en un final malo. Han pasado muchas cosas desde que tu contorno se perdió en la inmensidad de aquellas escaleras mecánicas, bajando para siempre el telón de nuestra historia. Ese mismo telón que, bordado en terciopelo y con su embriagador tacto, una vez brilló, como nosotros, a la espera de que esa vorágine de modernidad nos succionara sin remisión. Porque me despedí de ti sin decirte adiós y, ahora que lo pienso, igual fue lo mejor.

23 de diciembre de 2016

Suele pasar en época de exámenes


Llegan los exámenes y, con ellos, las noches en vela viendo vídeos en YouTube estudiando, las ingentes dosis de cafés, bebidas energéticas, aún más tila para compensarla y los madrugones. Esa época mágica en la que el despertador pasa a ser la aplicación que más usas y que cosas que nunca han llamado tu atención, como el vuelo de una mosca, de repente cobran una una importancia e interés atroces que sólo volverán en la siguiente tanda que más te vale que no sea en septiembre. Te distraes con todo, incluso con los capítulos de Cuéntame en Clan por las noches. Porque los exámenes han inoculado en nosotros más sueño que el Valium. Como si la morriña que no hemos tenido todo el año mientras estábamos de fiesta estudiábamos arduamente se instalara en nosotros sin la compasión de dejarnos aprobar.

Sin darte cuenta, los tienes a la vuelta de la esquina. Y en un ejercicio de autoengaño personal, decides estudiar estas Navidades. «No he hecho nada más que recogerme a las siete de la mañana, pero ahora me pongo sí o sí» confiesas en una intentona a la desesperada por ponerte al día. Porque claro que en Navidad estudias, pero la etiqueta del polvorón y la gradación etílica de la botella de cava o del lote que te vas a beber en Nochevieja. Luego llega enero con su temida cuesta y lo primero que intentas disimular, aparte de tus ojeras de resaca, es que no has dado un palo al agua en todas las vacaciones. Dicen que «Mal de todos, consuelo de tontos», así que como de eso eres un rato, le preguntas a tus compañeros: «¿Has estudiado algo? Yo me lo he leído un poco» —así para restarte culpabilidad y sentirte un poco mejor contigo mismo—. Y un frenesí de alivio y paz interior te sacude cuando te dicen: «Yo en verdad tampoco».

Así las cosas, llega el día del examen cuando tan sólo ayer parecía Nochebuena. Las aulas magnas a rebosar, los apuntes acumulándose en avalancha, los nervios a flor de piel, los estudios repasos de última hora, gente a la que ni conocías que parecen salidos de un búnker y de un búnker de estudiar también, tu compi de al lado comiéndose las uñas, la otra pintándoselas —se puede sufrir, pero siempre con estilo—, el otro que te dice «Yo vengo para ver cómo es el examen», otro que lo único que se ha preparado son tantas chuletas que parece que va a montar una carnicería y el que da más coraje, el cabronazo empollón de mierda listillo de turno que te dice: «Lo llevo fatal, no me sé nada». Y luego saca un 10. O un 9, que también jode. Pero siempre hay algo peor: que te expliquen algo antes de un examen y, feliz por haberlo entendido, te digan: «Bueno, eso es lo fácil. Seguro que viene a pillar, nos van a dar por todos lados, hoy vamos a dormir bocabajo, vamos a salir de aquí andado como John Wayne» y otras perfectas alegorías de la sodomía.

Llega el profesor con una macabra sonrisa Profident que no la mostraba los lunes a primera hora cuando sentaba cátedra de aburrimiento instruida en Oxford el muy hijo de puta desconsiderado. Parece que la Navidad le ha sentado bien. Con lo que cobra, seguro que el jamón de su cena de Nochebuena era Ibérico como mínimo. «En la mesa sólo quiero ver un boli», dice como si eso fuera Los Juegos del Hambre. Otro te dice que lo ve más morenito, que seguro que se ha ido a la playa para pasar las fiestas, porque todo sabemos que el resplandeciente sol que hace en Matalascañas un 25 de diciembre a las once de la noche no lo disfrutaba ni Don Johnson en Miami Beach. Poseído por las rencillas personales de su pasado con algún otro profesor de su infancia, te entrega el examen bocabajo. «No le deis la vuelta hasta que yo lo diga» —espetan con singular displicencia. Y si piensas que eso lo hacen para hacerse el interesante, estás en lo cierto. Sólo hay algo más peligroso que un tonto y es un tonto con poder. Es el mayor postureo de los profesores después del «Si copiáis, os engañais a ustedes mismos». Y un poco a ellos también.

Luego le das la vuelta y las caras en blanco de tus compañeros son una metáfora perfecta de cómo va a acabar ese examen: en blanco. Y ese semblante taciturno se va contagiando como una epidemia entre todos los presentes. Caen como fichas de dominó. Por lo menos, la primera te la sabes: el nombre. Y pones tu nombre y apellidos en el apartado de Nombre para darte cuenta que, justo debajo, está el hueco para poner los apellidos. Empezamos bien. Porque el nombre de la asignatura te lo sabes. Sabes que, como la cagues hasta en eso, lo más alto que vas a poder aspirar es a un 3. Lees el examen. Sólo hay una pregunta que ocupa un renglón. ¿Pinta guay la cosa, verdad? Bien jodida debe ser, como indica la gota de sudor que empieza a recorrer tu frente. Ahí asumes que en los exámenes sólo hay una opción posible: estudiar. Y no hay vuelta de hoja. Mira, nunca mejor dicho.

En ese momento empieza un pequeño interrogatorio turno de preguntas que, con alguna absurda con su correspondiente risa de fondo, le quita un poco de hierro al asunto. Siempre está el típico que dice: «¿Se puede cambiar el orden de las preguntas al responder?». Vamos a ver, alma cándida. Como si alguna vez en la historia, algún profesor hubiera respondido: «No, no se puede. Es más, si te las sabes todas menos la 1, no puedes seguir respondiendo». «¿Se puede usar tippex o tachar?», «¿Puedo escribir en negro o azul?», «¿En qué año estamos?» y preguntas así con enjundia. U otros que, con más pesimismo, no muestran reparo en preguntar: «¿Cuándo es la recuperación?» Son reglas no escritas en los exámenes que nunca fallan, como que quien hace el selfie siempre sale mal.

Cómo hubiera molado que el examen fuera tipo test, ahí en plan quiniela. Que si acertaste en un Leganés-Osasuna, fijo que también lo haces en Microbiología Aplicada Básica, una asignatura tan básica que básicamente no tienes ni puta básica idea. Mejor no preguntarse cómo será Microbiología Aplicada Avanzada, si algún día llegamos a matricularnos. Porque esa es otra, ¿cuántas matrículas llevas ya? Que eres el abuelo oficial de la clase. De hecho, el profesor era de tu promoción. Y hablando de matrículas, te acuerdas de la de su coche, así como la marca, modelo, color y año, por si tiene la desfachatez de suspenderte y dejarle un bonito recuerdo, pero del Tema 1 ni de qué va siquiera. Aunque siempre te consolará pensar que el «Yo así no lo puesto, lo he expresado con mis palabras» te librará de un suspenso más grande que Torrelavega. Aunque en el fondo sabes que no. He ahí la fina línea que separa un «He aprobado» de un «Me han suspendido».

Venga, que ya queda poco para llegar a casa y poner en Facebook, Twitter, WhatsApp, Tuenti —si aún vives en 2009—, Instagram, Pinterest, Tumblr, Ask, YouTube y FilmAffinity los suspensos exámenes que llevas. Aunque la follada ha sido tal que mejor ponerlo en PornHub. Como si fueras un preso que lleva confinado cuarenta años en Guantánamo que va poniendo muescas en la pared. Porque asúmelo, no tienes ni pajolera idea, pero cuando te mira el profesor, pones cara de interesante con la vista fijada en el infinito, para hacerle creer que estás recordando algo. Eso sí es verdad, te acuerdas del desfase de Nochevieja, del coma etílico ciego mítico que se pilló tu amigo y de cómo lo llevasteis entre cinco tíos a casa. Y de la clavada que os dieron con los churritos en el Puente de Triana, que ni con esos se le pasó.

Ánimo, que tan mal no puede ir. Que sí, que el que te dijo que lo llevaba fatal ha pedido ya el sexto folio y tú has puesto el nombre y mucho es. Pero no quieres ser el primero en entregarlo. Vas a suspender, pero la dignidad que vaya siempre por bandera. Habrá que echarle huevos, al menos. «Venga, que si aprobé Conocimiento del Medio en Quinto de Primaria sin estudiar, esto es pan comido» —piensas en un arrebato de esperanza transitorio. «¿Le pongo el ciclo del agua, a ver si cuela?» te preguntas también. Pero no tienes ni zorra, aunque ello no te libra de usar expresiones cultas y finas como En primer lugar, por consiguiente, dicho lo cual, a colación de esto. Pero algo te dice que el rosco va a ser mayor que el que te comiste por Reyes. Y esta vez sin regalito, aunque todos los años salga el rey mago cutre de porcelana con cara de atracción de feria.

Pasan tres semanas y al profesor parece que aún le dura la resaca de Navidad, pero estamos en febrero. «Ya están las notas en el Aula Virtual» dice el delegado por el grupo de WhatsApp. Y un escalofrío te recorre el cuerpo, como si aún albergaras un atisbo de optimismo para aprobar. Sacas un 2. Sabes que ir a revisión es perder el tiempo. Casi tanto como lo perdiste en Navidad. Pero vas, total, la esperanza es lo último que se pierde. Le mandas un correo muy formal y encima sin faltas de ortografía; luego el profesor te responde sin puntos, coma ni tildes. Y vas con camisa y tal, poniendo mil excusas y suplicando que te deje aprobar con un trabajito, pero lo único que obtienes es un: «Mira, te he puesto un 2 y he sido buena gente». E intentas controlar tus instintos asesinos. Pero en el fondo sabes que te lo mereces. Es año nuevo y, en uno de tus innumerables propósitos de los que en marzo no recordarás como por ejemplo apuntarte al gimnasio, dices: «Hoy me pongo desde el primer día». Y con otra mentira, la historia comienza a repetirse desde el principio, con un guión más predecible que el de la saga A todo gas. A ver si a lo tonto, «Menos por menos es más».

13 de diciembre de 2016

«Hasta que el wifi nos separe», novela de José Ángel Ríos


Tengo el placer de anunciaros, queridos lectores, el lanzamiento de mi primera novela, «Hasta que el wifi nos separe» (Narrativa, Editorial Seleer). Se trata de mi segundo libro, tras haber lanzado el año pasado «Anécdotas futbolísticas» (Ensayo, Ediciones Pura Tinta), la que fue mi ópera prima formada por un compendio de sesenta curiosidades sobre el mundo del fútbol. No obstante, esta obra supone mi inicio de lleno en este dificilísimo, aunque a la vez maravilloso, mundo de la literatura. Una novela en la que va impresa una parte muy importante de mí y que, de todo corazón, espero que disfrutéis.

Con toda probabilidad, si me sigues desde hace poco, te estarás haciendo la pregunta obligada: ¿De qué va «Hasta que el wifi nos separe»? Es una novela de 280 páginas organizada en 33 capítulos, más los anexos de prólogo, epílogo y agradecimientos. En ella se narra la historia de dos veinteañeros, Javier y Victoria que, al conocerse por Twitter, establecen una relación apasionada a través de internet. Una historia, en principio formada por ingredientes idílicos, que se saldrá del guión establecido al descubrir que detrás de esa dulce muchacha se esconde un terrible secreto que cambiará su vida para siempre. «Hasta que el wifi nos separe» es una historia de dos jóvenes actuales que muestra cómo las redes sociales son medios que permiten el surgimiento de relaciones sin precedentes pero también esconden los misterios más insondables de la naturaleza humana.

La presentación tuvo lugar el pasado viernes 2 de diciembre de 2016 en el pub La Tregua, situado en mi barrio Triana en Sevilla. Fue una noche mágica e inolvidable en la que, con la encomiable colaboración del Colectivo Surcos, firmamos una velada amena, divertida, diferente y rubricada por una no menos estupenda celebración. Siempre agradeceré la intervención de mi tío Juan Sánchez-Lafuente que me introdujo con una sublime presentación muy elogiada por todos los asistentes, la escenificación de un diálogo de la novela de la mano de nuestros amigos Manuel y Gema y la lectura de Raúl Dávila quien, para mantener intacta su esencia, sembró la admiración de todos.

Sin más dilación, para adquirir mi novela «Hasta que el wifi nos separe», te dejo el siguiente enlace de la Editorial Seleer, a la que le estoy muy agradecido, a través del cual podrás comprarlo por internet y, mediante sus distribuidores, en este link de Casa del Libro, Fnac y El Corte Inglés. En dicho hipervínculo, podrás hacerte con mi obra tanto en formato papel como en eBook. He aquí la página oficial en Facebook de «Hasta que el wifi nos separe», por si deseas estar al tanto de las últimas novedades relativas a la obra, apretando tan solo el botón de Like. Dicho sea de paso, si deseas hacerte con el primer capítulo de la novela, envíame un mensaje a mi correo electrónico —a esta dirección: angelmd12@gmail.com— y te lo enviaré sin ningún compromiso y de forma completamente gratuita. Adjunto un par de fotos de lo que nos deparó esta indeleble velada. Un abrazo a todos y nos vamos leyendo.

Pincha AQUÍ para comprar «Hasta que el wifi nos separe» a través de la página web de Seleer.

 Esta gran fiesta no hubiera sido posible sin, además de la asistencia de todos vosotros, la exquisita presentación de mi tío Juan Sánchez-Lafuente y de todo el Colectivo Surcos. Con todo, espero que esta sea sólo la primera de muchas colaboraciones juntos.

Y por supuesto, nada hubiera sido lo mismo sin la visita de todos y cada uno de mis amigos, por estar a mi lado en una de las noches más importante de mi vida y por enseñarme día tras día que la amistad es la familia que se escoge.

7 de diciembre de 2016

Ememoriados


Cierras los ojos. Aunque parezca raro, estás sólo en casa por primera vez en mucho tiempo. Has creado una paz imperturbable que ni la brisa acariciando las hojas de los árboles puede romper. Incluso al ser invadido por la penumbra, rezuma un aroma de procedencia desconocida que se encarga de establecer las sinapsis apropiadas para que se decodifiquen esos recuerdos que creías olvidados y desvencijados por el paso del tiempo. Algunos más que otros, a decir verdad. Rememoras detalles baladíes e insignificantes sepultados por años, como el color de uñas que usaba tu profesora de párvulos o el arco que delimitaba su cutícula al milímetro, pero eres incapaz de recordar qué cenaste la noche anterior o quién marcó en la última jornada.

Inmerso en tu viaje a las áreas más insondables de tu memoria, llegas a ese recuerdo edificado sobre los sólidos pilares de tu corazón, donde se ha erigido como un fortín inexpugnable que impide que ese preciado tesoro llamado recuerdo se disipe de forma fugaz. Es como si, por unos instantes, el hipotálamo, el hipocampo, el cerebelo, la amígdala, los ganglios basales y otros tecnicismos que he encontrado en Wikipedia, se mudaran al auténtico lugar donde residen los recuerdos: el corazón. Un recuerdo que, azotado por el tiempo y con la erosión de todas las emociones asociadas a él, sigue latente como el primer día. Luego vuelves a la realidad. Y más tarde retornas al lugar donde se escenificó aquella película que ha adoptado tintes oníricos, que se proyecta en bucle sobre tu pensamiento. Y en ese preciso momento te das cuenta de que nada es como recordabas.

Decía el escritor Thomas Wolfe que somos el resultado de la suma de todos los recuerdos de nuestra vida. Otros como Albert Einstein, con menos romanticismo, afirmaban que «La memoria es la inteligencia de los tontos». Y algo de razón debía tener el célebre físico alemán. Recuerdas que las paredes no eran blancas, sino verdes; que la cerveza no era negra, sino rubia, que de fondo no se oía música soul de Barry White sino el alboroto de un partido de fútbol. Y es que nuestra memoria nos engaña, juega con nosotros, minimiza los vacíos, le otorga preponderancia a los mejores momentos y colorea las zonas en blanco dándoles el tono que le gustaría haber adquirido. Aunque, pese a su cuestionable capacidad de retención, hay un recuerdo que sí permanece intacto: cada milímetro de esa sonrisa enmarcada en unos no menos sugerentes labios.

Confiésalo. Habías asumido ese recuerdo como propio, lo dabas por hecho hasta tal punto que creías haberlo vivido y vivías pensando que sí lo habías hecho. Será que la memoria no es el registro más fiable que se pueda concebir, pero qué le vamos a hacer. Así es y rige nuestra vida de una forma de la que ni la más sofisticada hemeroteca digital pueda presumir. La historia es una alucinación consensuada, dado que crea el recuerdo y se convierte en él. Varía con sus relatores, pasa por el filtro de sus oyentes y es interpretada como nadie la contó. O sea, mentiras. Una gran sarta de mentiras, falsedades e imprecisiones narradas de unos que no las vivieron hacia otros que tampoco las vivieron sobre alguien a quien nadie conoció. Y para qué bucear en ellas. Desprender a nuestros recuerdos de su esencia mágica e indescifrable los convertiría en simples autopsias mentales. Recreémonos en mentiras vagas y maleables, mentiras al fin y al cabo, pero mentiras que encierran grandes verdades.

4 de noviembre de 2016

Ya no dueles


Hubo un tiempo en que creí que ya nada sería igual, que el mundo tal y como lo había conocido se había desvanecido por completo y que mi existencia había quedado confinada en una celda de escasos metros cuadrados con efímeras esperanzas de salir airosa en libertad. Eran otros tiempos. Tiempos donde aún no había emergido de mis cenizas ni eclosionado de una crisálida en la que me resguardé para mantenerme a salvo de tu recuerdo. Tiempos en los que todavía no existía ni en mis fantasías más salvajes, donde vagaba por sendos desangelados sin otear una luz de neón, alentadora y titilante a partes iguales, en el horizonte y, en suma, tiempos donde aún no había nacido. O mejor dicho, renacido.

Pero ya no dueles. Hubo una vez que sí, pero eso ya forma parte del pasado. Como tú, supongo. El tiempo se convirtió en el remiendo más eficaz y tu ausencia en el antídoto que una vez creí veneno. Doliste y mucho, como una estocada de un estilete con complejo de bisturí asestada con la misma falta de compasión que una vez confundí con los designios de la pasión. Porque ya tu recuerdo se disipó, tu esencia se volatilizó y el eco perpetrado por tu voz se disolvió en la inmensidad del pasado. Igual que tu imagen, que se esfumó, como la llama de una hoguera recién rociada con un gélido aguacero. Tu memoria desapareció aunque en su día me impulsara para cambiar. Y para siempre evolucionar. 

Ya no dueles y nunca más dolerás. Eso te lo puedo asegurar. Te olvidé y nunca más te volveré a recordar. El epílogo de nuestra historia escrito está, para la posteridad y cerrado bajo llave, presurizado de donde nunca deberá escapar. Incluso por los lugares donde fuimos felices ya me atrevo a pasar, con la esperanza, quizás, de que otros buenos recuerdos puedan albergar. Y tu recuerdo bien encerrado está, cuidado con mimo como ese juguete de la infancia que tanto quise pero con el que ya no quiero jugar. Sin esperanzas, además, de que de una ranura para escapar pueda vislumbrar. Ahí, bien encerradito está.

¿Te he dicho que ya no dueles? Que lo mismo, se me ha olvidado. Lo que un día me hirió como un camión cisterna de doscientas toneladas derrapando sobre mi cogote se convirtió en el zumbido de un mosquito que, tras una mirada de condescendencia, pronto pierde las ganas de revolotear. Porque sin ínfulas de recordar y tras haber pasado página después de mil veces volver a hojear, ahora sí, me puedo permitir la deferencia de que ya no dueles, que ese privilegio hace tiempo que dejaste escapar y que, por supuesto, ya nunca más lo harás.

@joseangelrios92

31 de octubre de 2016

Lejos, bien lejos


Porque si te vas, yo también me voy. Jamás pensé que fuera a comenzar un artículo con semejante frase. Se ve que hay una primera vez para todo. Qué le vamos a hacer. Ya que le dan el Nobel de Literatura a Bob Dylan, como si empiezo con un siempre original y para nada trillado «Había una vez...». Pero volviendo a la cuestión central, escuché una vez una frase que, más allá de su sonoridad y los retazos de frase de cuenta de Twitter que desprendía, caló en mí de una forma en que sólo lo han hecho aforismos tales como «Tenemos que hablar» o «Se está rifando una hostia»: «Quien se va cuando no lo echan, vuelve cuando le da la gana».

O algo así. Porque si te vas cuando no has sido echado, nadie te impide volver sin ser llamado. Que sí, que la frase mola más que un Chevy Nova de 1974 con vinilos flamígeros e incluso varios Likes en Facebook te puedes llevar si lo pones de estado o de título en una sugerente foto, de esas impregnadas en una filosofía oriental que delatan tus morritos. ¿Pero tan obvio es? Pues incluso menos que aquello de «Quien más te quiere, te hará llorar». Falso, falaz, incierto, banal, engañoso, ilusorio, fraudulento y todos esos adjetivos que básicamente lo mismo vienen a significar. Porque no nos vamos a engañar. Quien te quiere no te hace llorar: te cuida, te protege, te busca, te ama, te llama, da las gracias cada día por tenerte a su lado y, por supuesto, te hace de todo menos llorar.

Es totalmente estúpido. Casi tanto como lo de «Querer que seas feliz aunque no sea a mi lado» o «No te merezco». Escusas, pretextos, cortinas de humo y, en suma, gilipolleces. Los eufemismos son los catalizadores que lo políticamente correcto aplica a la sinceridad. Quien te quiere no te deja marchar y, si te largas, hará lo posible por verte regresar. Como el turrón por Navidad, la siempre temida vuelta escolar o el pasado que un día te hizo zozobrar. Y si te fuiste y no hizo nada por retenerte, te alegrarás. Créeme que ese día llegará. Si tu tiempo no has de valorar, nadie más lo hará. Por eso, mantente lejos, erige un océano de distancia entre nosotros, escóndete agazapada entre la maleza y ni en recuerdos te vuelvas a acercar. Porque si la memoria más próxima a mí te hace estar, igual en una balsa de amnesia mereces navegar.

O lo mismo, no te querían tanto como te decían, porque si tu ausencia no le sirvió para reflexionar, es que a tu presencia hizo de todo menos apreciar. Y si sigues ahí, superando los límites que la dignidad impone al amor, cediéndole tu cabeza al verdugo para que le aseste un hachazo a los designios de tu corazón, dejaste de ser víctima para convertirte en copartícipe. Porque no te conformes con un «Ya te aviso yo si eso» o «A ver si un diíta nos vemos» —sin saber la diferencia exacta entre día y diíta, pero bueno—. Así que lárgate, quédate ahí dónde estás, bien a gusto. Pero sentada, por aquello de no cansarte de pie esperando. Y sírvete la copa de mi indiferencia, porque a veces es mejor ponerse en peligro, dejando oscilar como un péndulo tu integridad emocional e incluso sentirte desalentado por no haber conseguido lo que te habías propuesto para salir reforzado del batacazo, liberado de tus grilletes y, con la boca bien grande y tu conciencia a salvo, decir: «Que te den, aquí me bajo y que te vaya bonito».

@joseangelrios92

17 de octubre de 2016

Personas


Exacto, personas. Así, en general, tirando la casa por la ventana. Un concepto que engloba mucho, pero no por ello resulta inabarcable para un artículo, escrito, reflexión o el epíteto que creas que merecen estas líneas. Lo dejo a tu libre elección. Casi tanto como tu criterio para clasificarte en según qué categoría quieras estar o a la que jamás desearías pertenecer. O si lo prefieres, para catalogarme a mí. Que ya puestos, nunca está de más recibir un poco de tu propia medicina. No te cortes. Que lo mismo, a la larga te lo agradezco.

Porque están esas personas que, conociéndolas mucho, dicen más bien poco y otras que, sin saber demasiado de ellas, lo dicen todo. Y en muchas ocasiones, lo hacen sin abrir la boca. Su mera presencia resulta más reveladora que el manual de psicología clínica más sofisticado o, si eres muy exigente, de libro de autoayuda. Que pagar por consejos de vendemotos gurús que, desde su opulenta mansión de Beverly Hills, se permiten el lujo de decirnos cómo debemos actuar, pensar y sentir nunca está de más. Críticas aparte, se trata de esas personas quienes la confianza que otorgan los años no les han proporcionado ese preciado ingrediente imprescindible en cualquier relación: la empatía. O esas otras cuya aura negativa se percibe incluso antes del primer apretón de manos. Si es que te lo dan.

Luego están los que, pese a no caer mal, no podemos evitar esbozar un suspiro de alivio cuando se marchan. Son los que nos asedian con su pesimismo, quienes se empeñaron en mantenerse confinados en la oscuridad, aunque el sol más radiante se cerniera sobre ellos. Porque con ellos la célebre frase «Tú siempre negativo, nunca positivo», adquirió una nueva dimensión. Denominados tóxicos, su veneno una vez inoculado puede soterrar cualquier atisbo de optimismo y el antídoto más eficaz para ellos es la distancia. Y por otro lado, los que encontraron cualquier resquicio de luz entre la penumbra más insondable. Mejor dejarse embelesar por los segundos que sentirnos arrastrados por los primeros. 

Cómo olvidar a aquellas personas que, sin estar, nunca desaparecerán. Y también a esas otras que, estando, desaparecieron hace mucho. Esos que nunca conociste y aquellos que jamás se dejaron conocer. Quienes pasaron y su recuerdo quedó erosionado por el paso del tiempo y los que se esforzaron precisamente por que el tiempo no sepultara la amistad, los que nos recuerdan a seres importantes y los que idealizamos creyendo que serán como ellos. Los que fueron condecorados de conocido a amigo y los que, valiéndose de la traición servida con vajilla con ribetes plateados y cinco tenedores, bajaron el rango de amigo y conocido, dejándose por el camino ese dorado galón llamado confianza.

Y qué más da cómo conociste a esa persona, si vuestra amistad fue forjada durante la infancia, a través del amigo del primo de la hermana del novio de otro amigo, por redes sociales o en la barra de un garito, con la siempre original y para nada manida frase «¿Estudias o trabajas?», cubata en mano, obviamente. O si no has vivido en un búnker en los últimos dieciocho años y conoces ese innovador invento llamado internet, siempre puedes usar frases más actuales del tipo: ¿Tienes Facebook, WhatsApp, Twitter o Instagram? Con el cubata y todo también. O Tuenti, si eres de los nostálgicos, aunque a eso ya le ocurriera igual que a Pokémon Go: ambos pasaron a la historia. Por suerte, dicho sea de paso. Porque si aún no lo sabes, el medio sí justifica el fin, cuando se trata de esas personas que, surgiendo de la nada, se convertirán en todo.

O quienes nos evocan épocas que creíamos olvidadas y nos transportan a etapas de nuestra vida que creíamos sumergidas en la parte más inaccesible de nuestro inconsciente. Y ocurre sin darnos cuenta. Es algo que en psicología recibe el nombre de regresión asociativa. De repente, nuestra mente retrocede hacia momentos que parecían impenetrables, pero siguen en lo más profundo de nuestra mente, esperando que alguien avive la llama de su recuerdo. Y por último pero no menos importante, también están esas otras personas que escriben artículos describiendo los tipos de personas, esas para las que aún no se ha creado una categoría apropiada. O tal vez, sí.

13 de septiembre de 2016

11-S: El día que cambió el mundo


Los acontecimientos históricos irrumpen en nuestras vidas y lo hacen arrasando con todo. Aunque algunas veces son esperados como una amenaza latente y no causan una abrumadora expectación, sus consecuencias no pasan inadvertidas en absoluto. Asistimos consternados a una cantidad ingente de eventos de los cuales sólo algunos dejan una huella imborrable en nosotros: la caída del muro de Berlín, la Guerra del Golfo o la proliferación del terrorismo. Y con más asiduidad de la que nos gustaría reconocer, nos cambian para siempre. Las transformaciones que originan nos sumen en un profundo estado de incertidumbre cuyos síntomas se manifiestan mucho tiempo después siquiera de haberlos podido digerir. Algo así ocurrió hace quince años. El atentado contra el World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 fue un claro ejemplo de ello. En la actualidad, más de una década después, el mundo se plantea unos interrogantes que aún no han conseguido una respuesta satisfactoria.

Esos hechos quedan enquistados en alguna zona de nuestra mente destinada a tal fin, llegando incluso a recordar la ropa que llevábamos puesta aquel día, qué comimos, con quién estuvimos, aquello que hicimos o lo que jamás pudimos hacer. Hechos trágicos como el de aquel tenebroso día y otros de más grata memoria que siempre permanecerán de forma indeleble en lo más profundo de nuestro ser y que nos inculcan la cualidad más importante que nos hace ser humanos: recordar. Y no solamente porque recordar nos haga aprender de la historia para no estar condenados a repetirla, sino porque nos hace formar parte de ella.

Son esos momentos los que jamás podrás olvidar, aunque los medios de comunicación intenten cubrirlos con un halo de mimetismo para erigir una densa cortina de humo en torno a ellos con las que disipar sus nocivos efectos. Algo que, con singular desvergüenza, realizan de forma envidiable. Porque son esos hechos, esperados algunos y sorprendentes otros, los que causan exactamente la misma sensación de estupor entre todos los presentes. Conmocionan, afectan y aturden con la misma intensidad que perjudica a sus principales damnificados. Personas normales y corrientes que cometieron el craso error de estar en el lugar equivocado en el momento menos recomendable. Quizá por eso mismo, por la naturaleza tan salvaje o por la envergadura tan colosal de aquellos atentados, nos hacen sentirnos identificados, como en un pequeño atisbo de aquello que los ilusos llaman empatía. Esa asignatura que siempre se nos atragantó. Y no precisamente porque el profesor nos tuviera manía.

Pero si algo hemos aprendido después de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001, es que ya nada volvería a ser igual. Hemos necesitado más de un lustro —o tres, ya que estamos— después de aquello, pero lo cierto es que, sin saberlo, nos encontrábamos en la antesala de un cambio de era, de un nuevo ciclo o lo que es lo mismo: la entrada a las puertas de lo que realmente sería el siglo XXI. Y lo haríamos todos sin excepción, desde el principal líder mundial por entonces cuyo semblante petrificado en aquella escuela de Florida no le eximiría de las pertinentes responsabilidades, hasta la última persona trabajadora de a pie, que aquella desgarradora noticia le pillaría en Tailandia o en pleno World Trade Center al abismo de la hecatombe. A partir de entonces, nos enfrentaríamos a un enemigo desconocido que haría sucumbir a dos colosales mazacotes de hormigón armado que, al colapsar e inundar la isla de Manhattan de una polvareda de muerte intrusa de otra época, nos enseñarían que ese día el mundo cambiaría. Y con él, lo haríamos todos.

Porque con aquellas torres envueltas en llamas yacieron, además de tres mil personas, las esperanzas de permanecer en una etapa de relativa paz para enfrentarnos a la deleznable lacra del yihadismo, hasta entonces desconocida, que aún continúa azotándonos impíamente con su infame fanatismo. Aunque por encima de todo, aquella sobrecogedora jornada del 11 de septiembre de 2001 todos aprenderíamos a ser conscientes de que el mundo y la vida, ya fuéramos jóvenes, adultos, mayores o aún estuviéramos por nacer, se parecería muy poco a la que hasta entonces habíamos conocido.

@joseangelrios92

29 de agosto de 2016

En algún lugar del tiempo


Levántate, que ya va siendo hora. Hazle un favor a tu dignidad y no mires la hora. Y hazle otro mayor y no recuerdes qué hiciste anoche. Algún día te lo agradecerás. Pones la alarma del despertador a una hora decente para justificarte hasta que la apagas dos segundos después de que haya sonado. Ya nos vamos conociendo. La luz matinal entrando por las cortinas e iluminando el ventilador que, de un modo reparador se ha convertido en tu mayor aliado veraniego, son la prueba fehaciente de que el día ha comenzado hace ya un rato. Parece obvio que estás perdiendo más el tiempo que cuando rellenabas tu espacio personal en Tuenti.

Pero hace bastante que esas variables cartesianas llamadas espacio y tiempo no surten efecto en ti. Es más, te han sumido en un letargo existencial que ni la velocidad resultante de su cociente consiguen alejarte de todo. El tiempo confiere rapidez al paso de los años. Convierte las horas en minutos y los minutos en segundos. Y ni con fórmulas ininteligibles, ecuaciones arcanas, ni derivando, ni integrando en intervalos cerrados, ni en abiertos tampoco, ni elevando a la enésima potencia, ni con la tabla del dos apuntada en una chuleta se despeja la incógnita de tener tiempo y no saber qué hacer con él. Lo llamamos aburrimiento. 

Porque siempre te puedes resignar a esperar, dado que dicen que «el tiempo todo lo cura». Observar algo desde la perspectiva y la distancia puede resultar terapéutico. A modo de retrospectiva, contemplar cómo actuábamos en el pasado, cuantificar nuestros errores, enorgullecernos de las buenas decisiones y lamentarnos de la inocencia que las decepciones nos arrebataron ayuda a alejarnos de esas vivencias de ingrato recuerdo, de personas que nos defraudaron y, en definitiva, alejarnos de nosotros mismos para, quizá de ese modo, volver a encontrarnos. 

El tiempo y el espacio son conceptos antagónicos que se sobreponen el uno sobre el otro en una perfecta simbiosis. La distancia sólo sirve para perder el tiempo y el paso de este continúa con su travesía, convirtiendo en pasado cada atisbo de presente que cae en sus manos. Y podemos medir el tiempo como espacio entre nuestros recuerdos. Porque resulta paradójico que pidas un tiempo cuando, en realidad, lo que quieres es ganar espacio. Y que desees tener tu espacio para echar de menos el tiempo. Porque al final puede que aquello de espacio partido por tiempo no nos aporte la velocidad que necesitamos para escapar del pasado más ominoso que se pueda concebir. Y eso no lo explicaron en el instituto.

No pierdas más el tiempo. ¿No sería mejor coger las riendas de nuestras vidas antes de condenarnos a esperar? A la mierda la experiencia, la perspectiva y esos rollos. Dicen que la experiencia es como regalarle un peine a un calvo, porque siempre llega cuando menos falta hace. Quizá, no sea necesaria la experiencia para ser feliz. No esperes más, porque sólo vas a lograr encontrar lo que buscas cuando ya te falten las fuerzas, la motivación y la ilusión. Porque si aún no sabes qué o a quién esperas, es probable que jamás lo encuentres.

Esperar es llevar al limite la definición de la paciencia y gritar a los cuatro vientos que nos sobran días de vida, esperando tiempos mejores. Sentarse a observar cómo el minutero y el segundero avanzan en la cuenta atrás de nuestra vida sólo va a acelerar la mecha que dinamitará nuestro final. La vida es como un partido de fútbol sin prórroga, penaltis, ni descuento. Y esperar es como lanzar balones fuera cuando vas perdiendo, mermando las posibilidades de remontada. Porque este final, al igual que el fin de nuestra existencia, tampoco tendrá vuelva atrás. Séneca, cuyas becas tantas horas de diversión y resacas han inculcado en los estudiantes de este país, decía: «Quien no tiene que esperar, de nada debe desesperarse». Y no le faltaba razón.

Por eso, te pido que no esperes más. A nada ni nadie. Que tus recuerdos no sean un lastre que te frenen en la búsqueda de tus metas. Sí, has leído bien: buscar tus metas. Si aún no las tienes, no desesperes, que llegarán. Y si ya las tienes, cuídalas, mímalas, protégelas y todos los sinónimos que quieras para dejar de ponerte excusas que te frenen en tu objetivo. Igual incluso los tienes pero no han salido del cascarón y no eres consciente de ello. Tampoco hay que hundirse si no hemos podido llegar a ser futbolistas o enfermeras, como queríamos serlo con diez años. Actualicemos nuestros sueños que, si aún no han llegado, lo harán de forma silenciosa, sin que te des cuenta, en vez de esperar a que ellos te persigan a ti. Despega y mira todo lo maravilloso que tienes a tu alrededor. Quizá así tomes el impuso necesario para dejar atrás aquel espacio donde el tiempo quedó atrapado.

31 de julio de 2016

¿Qué fue de mí?


¿Qué fue de mí? Ya ha pasado demasiado tiempo, más del que jamás llegué a imaginar. Un intervalo que ha servido para recordar con más asiduidad de la que me gustaría los momentos que compartimos, y para acordarme de cómo era o cómo quería ser. Ya no me reconozco en fotos, ni siquiera en esas en las que mostraba mi mejor perfil que para nada había ensayado cuatrocientas veces ante el espejo. Será porque entonces mi sonrisa estaba auspiciada por unas ilusiones que, cumplidas o no, han cambiado más de lo jamás imaginarás.

¿Aún no sabes lo que fue de mí? Te lo diré. Sin florituras, virguerías ni malabarismos. Simple y contumaz, a mi estilo. Ya no me preocupo por esas situaciones, intangibles y decepcionantes al mismo tiempo, que me impedían conciliar el sueño; no lloro por aquello por lo que solía llorar, pero sí río por lo que antes me producía un respeto sepulcral. He viajado por sendas que creía desconocidas y explorados terrenos ignotos que me han hecho aprender la asignatura más difícil que siempre me quedó para septiembre: conocerme a mí mismo.

Es posible que nadie te haya dicho lo que fue de mí. Seré más revelador que una red social. No sé cómo me habría ido contigo, pero tampoco me ha ido del todo mal sin ti. Si algún día me ves, disimula. Y no lo hagas disimuladamente. Como si fuéramos dos perfectos desconocidos que no son nada pero que un día creyeron serlo todo. Qué ilusos ellos. Disimula, por favor. No te cortes. Es más, desvía la mirada cuando nuestras pupilas se vuelvan a encontrar, buscando evocar los sentimientos sepultados bajo la erosión que conceden los años. Porque un año cambia a una persona, aunque recuerde literalmente nuestro último mensaje. Unas palabras que, sinceras o no, han quedado grabadas en mí con tinta china y que rubricaron un final que no merecía nuestra historia.

En todos estos meses en los que no sabes lo que fue de mí, o tal vez sí, yo qué sé, he visto muchas cosas. He visto pasear a personas que no estaban enamoradas, cogidas de la mano y todo. Y también he recordado a otras que, estándolo, no pueden hacerlo. También he aprendido mucho en este tiempo. No me lo has preguntado, pero ya puestos, yo lo suelto. He aprendido que lo que hoy es importante mañana no lo es porque he llegado a ese momento inescrutable en la vida de todos en el que aprendemos que por lo que ayer llorábamos, hoy reímos. Porque ya sé que el amor tiene límites que la dignidad impone, que se puede ser feliz echando de menos y que los recuerdos son eso: recuerdos. Vivencias del pasado que jamás se convertirán en presente. Por mucho que alguna vez lo fueran. Y ese es el problema de los recuerdos que, con la nocturnidad y alevosía onírica que confieren los sueños, se convierten en presente. Aunque sólo sea un ratito.

Porque si no sabes lo que fue de mí, no me enrollaré más. Estoy bien, de veras. Y por extraño que pueda parecer, mejor que un año atrás por estas fechas. Nunca imaginé que escribir fuera la mejor catársis. Bueno, en realidad, sí. Ya ni tu recuerdo varado en la orilla llena ese vacío insondable que, por más páginas que deshoje en el calendario, sigue latiendo de forma latente. No soy el mismo que antes y, probablemente, no seré el mismo que mañana. Dime qué has hecho conmigo, porque ni yo siquiera me reconozco ya. Y tú has sido la responsable de ello, regando con mis propias lágrimas aquel árbol que, por muy huracanada que sea la tempestad o fuerte arrecie la tormenta, nunca sucumbe ante ella.

Ya sé lo que fue de mí. Pero qué mas da, eso no lo verás. Lo que sí verás es que mantengo mis sueños intactos, mis metas en la misma dirección y mis objetivos financiados por una huella imborrable que dejaste en mi vida y que jamás desaparecerá. Y los verás cumplidos muy pronto. Eso te lo puedo garantizar. Dicen que las personas predestinadas a permanecer en nuestras vidas regresan tarde o temprano. ¿Ocurrirá? No lo sé, sólo es algo que he leído por ahí. Mientras tanto, que la función continúe porque, en palabras del gran Charles Chaplin: «La vida es una obra de teatro que no permite ensayos».

@joseangelrios92

21 de julio de 2016

Encuentran un Moltres en el Altozano a las cinco de la tarde


La fiebre de Pokémon Go ha traspasado fronteras y, en apenas pocos días, millones de teorías, suposiciones y conspiraciones acerca de la localización de ciertos Pokémon han proliferado a un ritmo asombroso. Especialmente, los rumores acerca de la ubicación de los Pokémon legendarios han sido los que más expectación han causado entre los entrenadores que desean ver completada su Pokédex en el menor tiempo posible.

En concreto, uno de los pájaros legendarios, Moltres, ha sido avistado en la célebre Plaza del Altozano en Sevilla en pleno mes de julio a las cinco de la tarde. La mítica ave de fuego, uno de los Pokémon más codiciados, fue visto por un grupo de suicidas viandantes al disponerse a cruzar el Puente de Triana, posado en la estatua de la gitana situada en las proximidades de la zona. Los testigos declararon ante los micrófonos de La poca razón: «Hacía mucha calor, diríamos que unos 47 grados a la sombra y allí vimos a Moltres. Estaba refugiándose en la sombra y nos preguntó si teníamos un poco de agua, porque se moría del calor».

Al verlo y comprobar que no se trataba de una alucinación producto de las altas temperaturas, los entrenadores se dispusieron a capturarlo con resultados poco productivos. En alusión a ello, el pájaro legendario declaró ante los compañeros desplazados a la capital hispalense: «Ojú, chiquillo, vaya calufa hace en Sevilla, incluso más que dentro de una poké-ball. A ver si empieza ya la Velá, que tengo ganas de tomarme un rebujito en la caseta del Partido Comunista». Además, añadió: «Como siga haciendo tanta calor, me voy a plantear participar en la cucaña. Si llego a saber esto, no cojo el Blablacar desde Kanto y me hubiera quedado con Articuno de vacaciones en las Islas Espuma».

13 de julio de 2016

En Pokémon Go, encuentran un Magikarp en la Moncloa


Los compañeros de investigación de La poca razón no han querido ser menos y también se han apuntado a la incipiente moda de Pokémon Go. Tras sortear todo tipo de escollos y finalmente poder instalar dicha aplicación, nuestros reporteros decidieron empezar por la puerta grande, concretamente por la del Palacio de la Moncloa. Tamaña fue la sorpresa que se llevaron al utilizarla en el despacho del presidente del gobierno en funciones, Mariano Rajoy.

Después de la reunión que el ejecutivo mantuvo con el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, los compañeros decidieron usar Pokémon Go en la sala donde Mariano Rajoy recibe a los principales líderes políticos. Al encenderla, se toparían nada menos que con un Magikarp, un pokémon tan inútil como el anfitrión del palacio presidencial. «Nos dispusimos capturarlo enseguida, aunque Magikarp es muy malo, pero queríamos evolucionarlo a Gyarados que sí es muy bueno. Lo malo fue que que no teníamos poké balls porque el Gobierno no las subvenciona», afirmaron nuestros compañeros.

Consternados por no haber podido capturarlo, los corresponsales de La poca razón desplazados a Moncloa tuvieron la oportunidad de intercambiar algunas palabras con Mariano Rajoy quien les comentó: «No habéis sido los primeros en usar Pokémon Go aquí. El otro día Soraya lo usó en un consejo de ministros y se encontró con doce capullos, o sea, con doce Metapod que sólo podían usar fortaleza. Aunque lo más sorprendente de esto es que estuvieran allí trabajando en verano». Después de ser atendidos en persona por el presidente del gobierno en funciones, los periodistas abandonaron el palacio de la Moncloa, sin poder hacer uso del centro Pokémon más cercano que había sido privatizado por el Partido Popular recientemente.

@joseangelrios92

8 de julio de 2016

Barack Obama: "Voy a Sevilla a hacerme hermano de Los Negritos"


La llegada del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a la ciudad de Sevilla es, sin duda, el evento del año. La última visita de un jefe de gobierno norteamericano data de 2001 y tuvo como protagonista a Bill Clinton. Las medidas de seguridad desplegadas por los efectivos policiales por toda la capital hispalense han sido llevadas a cabo para garantizar que el convoy presidencial discurra de forma relajada y sin sobresaltos a través de la apacible calor sevillana. De igual modo, los propietarios de comercios, bares y establecimientos de la capital andaluza han adaptado sus locales para recibir por todo lo alto al jefe del ejecutivo estadounidense.

Así pues, los compañeros de investigación de La poca razón pudieron reunirse con Barack Obama en el despacho oval de la Casa Blanca, lugar donde el presidente acogió con hospitalidad a nuestros reporteros, a quienes les ofreció una tapita de jamón serrano y caña de lomo. En la intimidad de la sala de Washington DC, pudieron conocer de cerca los motivos de su viaje a tierras sevillanas: No se lo he dicho a nadie, ni siquiera a mi mujer, pero realmente voy a Sevilla a ver una cofradía de Semana Santa que siempre me ha gustado, Los Negritos. Sorprendidos, los periodistas desplazados a las instalaciones presidenciales persuadieron al presidente para conocer más información. Sí, soy más capillita que la madre que me parió, afirmó textualmente. De hecho, pongo El Correo TV a través del satélite para no perderme ninguna cofradía. Antes veía Canal Sur, pero me tengo que tragar la Semana Santa de Málaga que no me mola ni un pelo, sentenció el presidente nacido en Honolulú.

El líder del Partido Demócrata afirmó que no quiere perderse nada y que desea conocer todas las costumbres de los sevillanos. Comentó que le hacía ilusión ir a Líbano, pero a la terraza de la avenida de la Palmera, no al país y que no le gustaría dejar Sevilla sin comerse un montadito del célebre Bar Trini, sin escatimar en mojo picón. Asimismo, Barack Obama anunció ante los micrófonos de La poca razón: He hablado con mi chófer y le he dado la orden de que no pase por Plaza de Cuba, que le haga un bloqueo a esa zona, porque no quiero acabar en el Pub Phoenix con todos los Erasmus de Estados Unidos, que los tengo muy vistos ya.

Mi mujer Michelle y los niños querían ir a Matalascañas, pero al final he podido convencerlos para venir a Sevilla. A ver si podemos pasar por la avenida de Kansas City para sentirme como en casa, expresó un eufórico Barack Obama quien, además, desveló el motivo secreto de su visita. En relación a ello, declaró: Tengo todos los papeles hechos para hacerme hermano de Los Negritos, aunque lo que me preocupa es que haya que salir descalzo, porque me van a reconocer enseguida y que sea difícil pillar la papeleta de sitio ¿Sabéis si puedo hacerme una bola de cera?

27 de mayo de 2016

Fuga de corazones


Vuela conmigo. No lo pienses más. No importa adónde, ni con qué y, aunque parezca raro, tampoco el por qué. Sólo cojamos el equipaje y pongamos tierra de por medio. Con la ilusión como único medio de subsistencia y con exclusivo destino el camino que se abrirá ante nosotros. Y hagámoslo por todo lo alto, con billete sólo de ida. Porque sólo lo que dejamos atrás nos hará coger el impulso necesario para afrontar nuevas aventuras e inéditos rumbos que tan sólo ayer no creíamos privilegiados de alcanzar.

Porque nunca es tarde para comenzar de nuevo, tomar una bocanada de aire fresco y dejarlo todo atrás. Sólo así podremos hacer que nuestros sueños se hagan realidad, antes de que ellos nos persigan a nosotros por la inmensidad del cielo. Pero eso da igual. Sólo estaremos tú y yo. Qué diablos importa dónde acabemos, como si nos alejamos de todo atisbo de la urbe o acabamos en un remanso de paz, con un molino de viento como único testigo de nuestro amor. Y alguna que otra oveja escurridiza pastando al fondo. 

Salgamos de aquí. No perdamos ni un segundo más. Será un sitio mejor, sin duda. Que aunque en los informativos lo llamen fuga de cerebros, tú y yo sabemos que no va de eso. Pongámonos al día. Porque ya ha pasado más tiempo del que jamás imaginé. Sin reproches, aspavientos ni quejas. Sólo el afán de construir un futuro juntos, como el que un día imaginamos y que la fatalidad del destino se encargó de demoler como un castillo de naipes. Pero así son las cosas. El pasado nunca volverá y el futuro se escribe cada día. Y qué mejor que escribirlo contigo.

Cuéntame todo acerca de ti. Quiero enterarme en profundidad, sin escatimar detalles. Cómo te fue durante todo este tiempo y, si no fue muy bien, da igual. No lo hagas, que los malos presagios corren al ritmo de un reguero de pólvora, esperando encontrar un chorro gélido que dé al traste con ellos. Y como dicen que la falta de noticias es la mejor de las noticias, no le cuentes a nadie que te fuiste conmigo, por lo que pueda pasar. Es mejor mantener el misterio y la intriga. Ya se enterarán. Facebook será nuestro más fiel confidente. Igual no es la idea inherente a cualquier cuento de hadas, pero no importa. Que se jodan.

Vente conmigo, por favor. Vámonos de aquí. Dónde tú quieras, no me importa dónde si es contigo. Sólo mira al cielo y cógeme fuerte de la mano. Verás que se torna más azul a medida que nos adentramos en él. Está en nuestras manos. Que los errores del pasado sólo sirvan para no volver a ser repetidos en el futuro. Todo nuestro devenir está ahí fuera, esperándonos. Y qué más da lo que ocurra. ¿Ves cómo las nubes se disipan porque no hay nada que pueda detenernos? Abre los ojos, porque ya hemos llegado.