28 de febrero de 2017

Sin lluvia, no hay arcoíris


Puedes olerlo en la atmósfera. O sentirlo, mejor dicho. El espesor de las nubes y la palpitante humedad contagia hasta el último soplo de brisa. Un aura que, con la falsa apariencia de acariciar y sosegar, comienza a asestar puñaladas que parecen producidas con un estilete forjado en la fragua de la frialdad —nótese el oxímoron— y la indiferencia. Los pluviómetros se preparan para una ardua jornada de trabajo y, si es Semana Santa, más bien todo lo contrario. El agitado giro de las veletas delatan las adversas condiciones climatológicas que se aproximan. A todo ello también contribuye el adherente olor a tierra mojada en forma de esticor que se traduce en los síntomas inequívocos del aguacero que te sorprenderá en la intemperie, sin chubasquero ni paraguas. Sólo tú ante el peligro.

En el campo de la óptica, se define el arcoíris como la descomposición de un rayo de luz solar en su espectro visible, el cual resulta visible por la refracción del halo procedente del astro rey en pequeñas gotas de agua en suspensión dispersadas por la atmósfera. O dicho de otro modo, una paleta de colores emergentes de la nada en mitad de un páramo gris y desolado; calidez y jovialidad inmersos en un medio gélido y apático cuyas dimensiones escapan de todos los parámetros de la higrometría y un brote de luminosidad que emerge de la oscuridad más abisal.

Y la tormenta no presenta signos de amainar. Ni un soportal o un improvisado alféizar para resguardarnos de ella parece que vamos a encontrar. Navegas a la deriva, con el lastre del recuerdo a tus espaldas, con falsas ilusiones en el petate que nunca germinarán en realidad, sin torre de vigía a otear y con menos compañía de la que esperábamos disfrutar. Porque sólo de ti depende encontrar el rumbo correcto, encontrar a las personas con las que convertir las náuseas del viaje en anécdotas de travesía, remendar las grietas del casco y vislumbrar el arcoíris con el que jamás nos atrevimos a soñar.

Porque así, meciéndonos con la firmeza de la tempestad, se puede divisar una playa deshabitada, tan desprovista de vida como repleta de una dieta a base de cocos y bambú. Es ahí cuando aprendes que es posible salir de la mierda para entrar en otra mierda peor, que no todo el mundo que te mete en la mierda es malo, ni todos quienes te sacan de ella son buenos. Y es que estar en una isla desierta da mucho tiempo para pensar, por ejemplo, que la soledad, lejos de ser un campo yermo, inhóspito y desangelado, es una oportunidad para conocerte a ti mismo y que puedes estar en una muy concurrida rave sintiéndote muy solo, que por más que confortable que pueda resultar ese islote, sigues estando mojado y calado; y que es más posible de lo que jamás habías imaginado edificar un mundo sólido en base a unos cimientos tan frágiles como el carácter intrínseco de la vida.

También aprendes que los impertinentes —que sobrepasaron la frontera de la sinceridad por años luz— sobran, que no existen las malas personas, sino obstáculos ya conocidos a evitar y que el antónimo de jodido malo puede ser aún más jodido aún peor. Echas la vista atrás y, desde la perspectiva de la distancia, caes en la cuenta de que, por paradójico que resulte, es saludable para las arterias coronarias gritar e insultar para enterrar tus frustraciones, que un Eres un hijo de puta a tiempo te libera de mucho malestar, que se puede ser cabrón hasta sin proponérselo, que la locura —legalismos y términos judiciales aparte— no te exime de responsabilidad moral y que a veces es necesario perder los papeles para volverte a encontrar.

Pero qué mas da todo eso. Puede ocurrir o, en el peor de los casos, ocurrir también. O también puedes cruzarte con gente extraordinaria por el camino, aquellas que pasaron de ser figurantes a postularse en la cartelera de tu vida, las que parecían simples medios pero se esforzaron en socavar todos tus miedos, que lo precioso suele coincidir con lo preciso y que hay amores que, aunque efímeros como un corto, dejaron más huella que una trilogía con las tomas falsas añadidas. Esas son las personas que le otorgaron una nueva dimensión a la palabra amistad, o al amor, o al sexo por vacío que fuese, las que te sacaron de Guatemala y te llevaron a Guatemejor y, esta vez sí, conferirte la nitidez para ver el anhelado arcoíris surcar los cielos. Porque como me dijo hace poco alguien a quien aprecio: Todo el mundo quiere felicidad sin dolor, pero no se puede disfrutar de un arco iris sin antes un poco de lluvia.

@joseangelrios92

9 de febrero de 2017

Bórrame


Lo has leído bien. Puedes borrarme. Quítame de tus contactos, sin tacto y sin la deferencia de avisarme. No te preocupes, que lo tomaré como la forma previa de hacerme desaparecer de tu recuerdo. Y hazlo ya, antes de que puedas arrepentirte, víctima del recuerdo y presa de la melancolía. Será tu forma de decirme adiós en la virtualidad, aún sin habérmelo dicho en la realidad; el mensaje que nunca contestaré, la última conexión que jamás revisaré, los emoticonos que siempre me recordarán a ti y el Te quiero que nunca encontrará destinatario.

Te doy permiso. Puedes hacerlo tú, que yo ya estaré demasiado ocupado echándote de menos. Y dado que éste acelera a medida que crecemos, yo lo despilfarraré recordándote. Bórrame y que no te tiemble el dedo, al igual que tampoco te quebró al agregarme. Borrar y eliminar: sentimientos vecinos, habitantes de tierras fronterizas, gemelas forzosas, el haz y el envés de las relaciones humanas, conceptos antagónicos en páginas colindantes. Como los servicios en los bares, entras en mi perfil y al fondo a la derecha. Sí, en el mismo sitio donde me agregaste, aquel enclave donde supimos que lo nuestro era especial. Lo sabíamos. Fue la oportunidad que el destino nos brindó y que, como buenos idiotas, no supimos —ni quisimos— aprovechar. Porque lo nuestro fue como el círculo, el lugar donde convergen el principio y el final.

¿Ya me has borrado? Venga, quítame, antes de que yo te bloquee. Hasta de Instagram, aunque no tenga —ni vaya a tener jamás— y de Tuenti, aquel terreno ignoto donde residía tu adolescencia, aquella que no tuve el placer de disfrutar. Y ya si me dejas de seguir, mejor que mejor. O siempre puedes reportarme como spam. No te rayes, que cosas peores me han llamado a lo largo de mi vida y algo me dice que todavía no he oído lo peor. Por si aún no lo sabes, ya no quiero que estés suscrita a mi vida y te quedes en un rincón, en el del correo no deseado de nuestro corazón. Hazlo deprisa, que para mí será el colofón perfecto a nuestro desenlace: la historia que jamás quise contar, de la que siempre recordaré hasta el último matiz del principio y haré lo posible en volatilizar el final

Rápido, bórrame como amigo ya. Y agrégame como enemigo, que igual es más divertido. Borrar como amigo, si es que alguna vez nos tragamos eso de la amistad. Eliminar de tu lista de amigos, ja. Permíteme que esboce una sonrisa en forma de carcajada carente de eco pero con la misma intensidad. Debería haber una lista del corazón, esa de la que siempre saldrá más gente de la que merecerá estar. Concíbela como los botes salvavidas del Titanic: no hay sitio para todos y, cuestiones pecuniarias aparte, sólo los mejores deben estar. Ni tu foto de perfil, ni tu estado quiero ver ya, sólo quedarme con el monigote gris, ese ser tan desangelado que siempre será como el solar de lo que una vez hubo o, quién sabe, la antesala de lo que estará por comenzar. 

Y si me bloqueas, incluso mejor. Lo creas o no, me haces un gran favor. Ya no sentiré el miedo de volverte a hablar, de saber cómo estás —eufemismo de stalkear— o si te acuerdas de mí. Miedo de ti, de tu silencio, de respuestas que no quiero escuchar, de faltas de contestaciones más reveladoras que la parrafada más colosal. Silencios que hablan sin articular palabra y conversaciones que dicen menos de lo que me atreví a pensar. Al final, va a ser verdad que el mundo a la mierda se va. Y miedo, también, de desenterrar lo que la historia se encargó de sepultar. Un término tan inquietante como síntoma inequívoco de estar en las puertas de tomar la decisión correcta. Llámame exigente, pero me cansé de tomar las decisiones correctas y comenzar a hacer lo que me dé la gana, desligarme de lo puramente convencional, de lo políticamente correcto, de los insípidos A ver si nos vemos y llamar a la gente con la que de verdad quiero estar.

De WhatsApp también me puedes borrar. Lista de contactos, seleccionar, desvincular, actualizar y voilà. No tiene pérdida. Fácil y sencillo; simple y cómodo; reparador y terapéutico. Me encanta el siglo XXI. Son acciones mecánicas ejecutadas con la yema de nuestros dedos, envueltas de una frialdad tan envolvente como evidente de que hasta las decisiones más difíciles están al alcance de nuestras manos. Aunque mi timeline parezca más huérfano sin ti, te desetiqueté de mi vida, ni una muesca de tu recuerdo en el muro de mi corazón queda ya y tu foto de perfil en mi chat hace mucho tiempo que dejó de estar, un poco después de la época en la que dejaste de ser. Porque te borré de ella mucho tiempo antes de que ambos, succionados por la irremisible inercia de los acontecimientos, le diéramos al botón de borrar. Y mira, fue lo único bueno que juntos hicimos hasta el final.

23 de enero de 2017

Por lo que fuimos


Existen imágenes que permanecen almacenadas en las áreas más impenetrables de nuestra mente, cuya esencia se torna inmarcesible pese a la erosión causada por los años, la experiencia y las decepciones. Nos estremecen con sus voraces garras y se enquistan en nuestro alma, por más que sean sepultadas en nuestras profundidades más abisales. Son vivencias, almacenadas en lo más hondo de nuestro ser, que, con la clandestinidad onírica que producen los sueños, afloran de vez en cuando para recordarnos alguna etapa de nuestra vida. La mayoría de ellas, volátiles y escurridizas, perpetran sensaciones de efectos destartalados que creíamos desconocidos y que nos hacen recordar quiénes fuimos alguna vez.

Puede que los fugaces fotogramas que sobrevivan al despertar mantengan un hilo de vida en forma de efímero recuerdo. Y si así fuere, mejor que sigan adormecidos en un duradero letargo hasta que la bóveda añil vuelva a apoderarse del firmamento. Igual será ahí cuando vuelva a surgir tu cada vez más arcana imagen asediada por los vetustos escombros de una fortificación que creímos inexpugnable y que nunca se alzaría, de astillas calcinadas de una antorcha que lució con cegador fulgor, de una tierra yerma y despoblada que jamás llegó a ser conquistada o de una aventura repleta de ingredientes inverosímiles que no tendría un final de película. Pensamos en lo que fuimos y ya nunca seremos; por los momentos que ya nunca más serán. Porque todos esos elementos merecen un brindis con fragancia de margarita deshojada cuyo eco se desvanece al unísono de nuestros caminos separándose para, quizás, encontrar otros destinos que encierren historias más dignas de ser contadas.

Porque ya no me acuerdo de lo que fuimos, Ni de lo que pudimos ser. Y tampoco de lo que una vez pensé que pudiéramos haber sido. Sólo recuerdos de un legado incalculable sin los que no se hubiera erigido ni una sola coma. Y palabras. Sobre todo, muchas palabras, algunas de ingrato revivir que eclipsaron a otras que el amor les otorgó el calificativo de inolvidable. O tal vez, puede que sí recuerde lo que fuimos: Recordarte con furia y felicidad, encontrarme alegre y afligido, estar satisfecho y rencoroso, evocar con una sonrisa un desengaño, invocar tu aroma con recelo, mostrarme altivo y débil, sufrir un vahído y reponerme con esmero, embriagarme con tu veneno mimetizado con disfraz de pócima mágica, descender a los cielos y ascender a los infiernos. Mantenerme erguido por orgullo, tambalearme por la soberbia, caer a merced de los reproches y levantarme por ti. Quedémonos con lo que fuimos, por el amor y por el desamor; por la nostalgia del pasado y por los besos que no besaste. Porque así fuimos o, tal vez, algo así hubiéramos llegado a ser. 

16 de enero de 2017

Un amor que te está esperando


En la vasta historia del cine, no han sido pocas las secuelas que han superado a las cintas originales. Títulos como El Padrino II, con más nominaciones y premios Óscar que su predecesora, es considerada la mejor entrega de la mítica trilogía de Francis Ford Coppola, basada en la novela homónima de Mario Puzo. Otros casos como Spiderman son diametralmente opuestos, siendo la segunda parte la más floja de la versión del intrépido superhéroe de Sam Raimi. Y todo ello según la crítica especializada. Pero, ¿es todo ello aplicable a la vida real? ¿Es posible volver a amar con la misma intensidad?

Cuando recuerdas a ese gran amor, todas las emociones ligadas a él tienden a asociarlo con El Padrino I. Aunque no la hayas visto. Su esencia es indescriptible; su guión, irrepetible; su elenco, inmenso y su banda sonora, imborrable. Ese recuerdo es tan único como especial y, aunque te gustaría evocar aquellos días con distinto protagonista e idéntico sentimiento, sabes que no es posible. Ni justo, dicho sea de paso. Guardas ese recuerdo con mimo, con la certeza de que todo ocurre por algo y que a las malas experiencias es mejor llamarlas constructivas. Por aquello de sentirse bien con uno mismo y tal.

Pero tampoco podemos quedarnos aferrados a El Padrino I dado que, pese a su magistral puesta en escena y legendarias actuaciones, el cine no termina ahí. Y aunque para deleitarse con El Padrino II, sea necesario haber disfrutado antes de la primera parte para comprenderla y valorarla, nuestra educación cinematográfica va a limitarse con creces si nos quedamos atrapados en la magnificencia de la original. Porque nos han inculcado desde tiempos inmemoriales aquello de encontrar al amor de nuestra vida y, tras haber sido golpeados con su arma de doble filo y hundidos con su cara menos amable, empezamos a pensar que ese amor de nuestra vida, tal vez, sea el que más agotados nos pilla. O tal vez, aquel que siempre nos ha estado esperando y que transforma las nefastas vivencias previas en aprendizaje.

Se trata de ese gran amor que sucede a otro gran amor, el que aterriza en nuestras vidas para propinarle un puntapié a todo lo anterior, al que observamos desde la perspectiva de la madurez, el que mitigará nuestra desdicha y que nos hace recordar que el destino nos tiene reservada una nueva oportunidad para ser felices. Un amor en forma de cóctel gourmet que, con ingredientes más suculentos que el primero, eliminará la toxicidad de aquello que nos oprimió con sus tenebrosos efectos para aportarle ese condimento de bienestar que necesitamos. También es ese amor que refrenará ese ritmo turbulento en una apacible travesía, el que convertirá la decepción en ilusión; la melancolía en sonrisas y el recuerdo en futuro.

Ajenos al indomable alud de sensaciones que se nos avecinan, estamos de par en par ante ese nuevo amor, que adopta la forma de la calma tras la tormenta, que nos hace entregarnos sin remisión con más confianza y menos cobardía que al anterior y el que hace que el remake nos haga olvidar al original. Una nueva historia, con más causalidad que casualidad, que resquebrajará esa hermética armadura en la que se refugió nuestro corazón para blindarse de historias que no merecen ser revividas. Será también el que nos enseñará que se puede volver a sentir algo aún mayor y el que transformará la memoria en una nebulosa lejana e inextricable. Y por supuesto, es un amor que merece todo el respeto del mundo, porque no ser el primero no significa perder la exclusividad, ni las ganas de embarcarse en una nueva aventura, quizá, hacia un horizonte más esperanzador.

@joseangelrios92

26 de diciembre de 2016

El último adiós


No recuerdo con precisión el tiempo exacto. Ni falta que hace. Para qué, si ese lapso no va a hacer variar ni una de las comas que se sucedan a continuación. En cuanto al sitio, a decir verdad, continúa manteniendo su idiosincrasia, consciente del aluvión de historias encerradas en él. Hacía frío, demasiado para el mes de abril. Frío del que se siente por fuera y del otro, del que también se siente, pero por dentro. Menos mal que me abrochaste las mangas de la camisa un ratito antes. Llámame esclavo de las apariencias, pero había que ponerse guapo para la despedida, que la ocasión lo merecía. Quizás en ese momento no lo hubiéramos percibido así, pero estábamos ante nuestro último adiós. Un adiós en forma de hasta luego, precedido por una noche sin parangón, de esas a la que la historia le otorga el calificativo de inolvidable, pero un adiós al fin y al cabo.

Puede que no tuviera la forma ni el presupuesto de la película más taquillera. Ni que mi papel lo interpretara Leonardo DiCaprio —no daba el perfil, obviamente—, ni aquello, pese a ser un enclave idílico, fuera un set de rodaje; tampoco las personas que nos rodeaban respondieran al nombre de figurantes más un número, ni el umbral de la estación por el que tu figura se desvaneció para siempre fuera simple atrezzo. Y es que así nos han vendido las despedidas, como situaciones encorsetadas y repletas de dramatismo para las que hay que equiparse con doscientas toneladas de clínex. O algunas más, fijo. Tal vez sí en el mundo de los conceptos, pero no es lo que suele ocurrir en la vida real. Porque no estar preparado para una despedida, de las de película, no nos hace inmune a sus lacrimógenos efectos.

Ese fue nuestro último adiós; no el virtual, pero sí el real. Y no lo pareció. Jamás tuvo la forma de una despedida, el reproche de una ruptura o el dolor de un distanciamiento. Ni tampoco lo rubricó un «Nunca te olvidaré» y, por extraño que parezca, tampoco un «Te echaré de menos». Asumiría el rol de adiós un «Avísame cuando llegues» o «Te veo pronto». Tal vez, fuimos fríos en la formas, quizás en la ignorancia del epílogo en el que nos encontrábamos inmersos, de que nunca más nos veríamos o que pasaría más tiempo del que escapa a la memoria. Quizás ese es el carácter desangelado de la modernidad, que desprovee de su esencia más inherente a las cosas. De ser así, algo bueno tendrán que tener los nuevos tiempos. Vamos, digo yo.

Contigo aprendí que decir adiós es crecer. Aunque nunca te lo dijera a la cara. Y mejor conservar un recuerdo que deteriorarlo en una agonía que convirtiera un final triste en un final malo. Han pasado muchas cosas desde que tu contorno se perdió en la inmensidad de aquellas escaleras mecánicas, bajando para siempre el telón de nuestra historia. Ese mismo telón que, bordado en terciopelo y con su embriagador tacto, una vez brilló, como nosotros, a la espera de que esa vorágine de modernidad nos succionara sin remisión. Porque me despedí de ti sin decirte adiós y, ahora que lo pienso, igual fue lo mejor.