26 de enero de 2018

Siete


Uno de los mitos fundacionales de nuestra cultura sitúa al siete como el número de la buena suerte. Envuelto bajo un halo de misterio desde la más insondable Antigüedad, siempre se le ha conferido unas cualidades mágicas. Armonía y magnificencia encuentran un denominador común en el siete, cifra áurea sin ser redonda. Pitágoras le atribuía el siempre anhelado galardón de número perfecto, es mencionado con frecuencia en la Biblia, David Fincher lo inmortalizó en 1995 en la gran pantalla, también son siete los pecados capitales, el número de las maravillas del mundo, la consonancia de las siete notas musicales y el conjunto de las siete artes.

Porque siete son los meses mínimos que un ser humano necesita para gestarse, la edad en la que la ilusión aún no nos ha abandonado, víctima de la estocada asestada por la madurez, y las bodas de lana de una pareja que no ha sucumbido ante los perniciosos efectos de una cláusula suelo. El siete representa la casualidad más perfecta y la perfección más casual, el conjunto de circunstancias que nos llevan a tomar una decisión y no otra, una llamada que puede cambiar con creces el curso de nuestra existencia, el quedarnos acostados sin saber que la vida nos puede sorprender con un cambio de guión diametral tan sólo con cruzar el umbral de la puerta. A final de eso se trata: de acertar y errar, de tomar un tren y no otro. Y hacerlo todo el rato. Sin darnos cuenta, no somos más que el conjunto de nuestros éxitos y fracasos.

Así es el siete, azaroso y caprichoso como el destino, rezagado en la retaguardia con la sana intención de obsequiarnos con todo aquello que nunca se nos debió de haber arrebatado. Y no entiende de invitaciones, dado que nunca fue echado, volverá sin ser llamado. Porque nunca nos terminó de abandonar, aunque a veces pensemos que se fue por tabaco y nunca volvió. Sólo estaba de parranda y regresará, aunque sólo sea para tener una alcoba en la que descansar la mona. Escurridizo e intangible, siempre ha estado presente, pero como los buenos chupitos, ganan con la brevedad. Y el siete es plenamente consciente de ello.

Las casualidades son como siete cajas sin tapa con un agujero en la base. Y el destino no es más que la bolita que puede pasar de una a otra, sorteando los obstáculos y llegando abajo como una canasta limpia. La vida consiste en aprender a mover cada vez con más presteza esas bolitas para que puedan encontrar por dónde salir. En ocasiones, se queda atrancada en una de las cajas y no ve un hueco por el que escapar, pero saldrá, aunque le cuesta sangre, sudor y lágrimas, habiendo aprendido por el camino una lección incalculable; algunas, se quedará perdida en el limbo; y otras, se perderá en la primera. Otras veces, simplemente, tenemos mejor suerte.

Y es que el siete nunca nos ha dejado, eso tenlo claro. Incluso cuando pensaste que lo había hecho, ahí estaba confinado entre bastidores. Puede que nosotros no, pero sí ha reparado en saber que estamos ahí. Todos tenemos un siete que aflorará a la superficie en el momento menos pensado, para irradiarnos con toda su luz y emoción como un gol en la prórroga. Si aún no lo has identificado, toca armarse de paciencia y esperar a que aparezca, u observar con más atención, por si está más cerca de lo que creías. El siete es como lo más maravilloso de la vida, aparece sin ser buscado para emprender junto a nosotros la más mágica travesía que podamos concebir y enseñarnos a valorar cada momento lo que aún conservamos y a renunciar a lo que nunca lograremos.

@joseangelrios92

11 de noviembre de 2017

El humor es amor


Chiquito de la Calzada fue un hombre hecho a sí mismo, de esos que no reniegan de sus orígenes. Hijo de electricista y huérfano a temprana edad, desde muy joven se subió a los escenarios como palmero en tablaos flamencos. Icono de lo surrealista y artífice de un humor inclasificable, la fama le llegaría de forma fortuita a los sesenta y dos años de edad, de la mano del mítico programa televisivo Genio y figura, nombre que haría honor a su singular e irrepetible estilo. Hoy la magia de su humor se ha apagado, pero su recuerdo en nuestros corazones perdurará para siempre.

Y es que don Gregorio Sánchez —oriundo del malagueño barrio de la Calzada de la Trinidad— se puede atribuir la difícil tarea de caerle bien a todo el mundo. Sus guturales sonidos, chistes que sólo podían ser contados por él, camisas con estampados imposibles, patillas con vida propia, inenarrable mímica e hilarante vis cómica, revolucionaron por completo un mundo encorsetado en los clichés, impregnado de cierta caspa y tan infravalorado como el humor. Tanto fue así que, por el camino, incluso se permitió la osadía de reinventar el lenguaje a guan, a peich y a gromenagüer.

Chiquito de la Calzada es el culpable de que media España diga ¿Sirl? al contentar el teléfono, alguien que nació después de los dolores, una persona entrañable que parecía que no podía, pero siempre estaba ¡Al ataquer!,  y que pasó por dificultades económicas durante su juventud en una época en la que, según él, no había niños y que siempre jugaba solo. Unas estrecheces que no le arrebatarían si un centímetro de su sonrisa como las que nos desternillaría desde mediados de los noventa. Obrero del cante jondo, se desplazaría a Japón durante dos años para cantar flamenco en tablaos, donde actuaría acompañado de ratas gigantes como reveló en una entrevista. Esos serían los únicos que pasaría separado de su mujer Pepita, fallecida de forma repentina en marzo de 2012, y que lo sumiría en una profunda depresión que lo mantendría alejado de los medios de comunicación hasta el triste desenlace al que hoy hemos asistido. Ese día empezó a apagarse Chiquito.

Humilde, cercano y con una mirada repleta de bondad, era habitual verlo en el restaurante Chinitas de Málaga, siempre vestido de forma impecable y mirando con orgullo su faraónico retrato que lo preside. El genio del humor malagueño decía que su peculiar vocabulario era de su invención. Según contaría en una ocasión, su archiconocida fistro, es una palabra planetaria, procedente de una galaxia de 1801. Poseedor de un carisma y naturalidad innatas, su dimensión era tan abrumadora que era difícil hasta donde abarcaba Gregorio y donde empezaba Chiquito, un nombre que quedará escrito con letras doradas en las páginas del humor y de la cultura popular al lado del de Cantinflas o Charles Chaplin, dos de sus grandes referentes. Porque hoy y siempre Chiquito de la Calzada será Gigante de la Calzada para toda la eternidad. Y es que la mejor forma de llorarte hoy es hacerlo de risa, como siempre hiciste. Hasta siempre, maestro.

2 de octubre de 2017

1 de octubre: Día Nacional de la Vergüenza


La imaginación es un arma con una potencia devastadora. Usada con quirúrgica precisión, se pueden obrar auténticos milagros, capaces de llevarnos a fantasear con una nitidez envidiable. Lo ocurrido el 1 de octubre en Cataluña es uno de esos acontecimientos que nos ayudan a entrenar esa imaginación. La brutal represión policial llevada a cabo por la Policía Nacional y la Guardia Civil contra el inmenso magma de la población catalana que se disponía a ejercer su derecho de decisión —que de momento se ha cobrado la friolera de 844 heridos de diversa consideración—, y la aplicación sistemática del Artículo 155 de la Constitución —sin pasar por la cámara del Senado, dicho sea de paso— nos lleva irremisiblemente a pensar que, quizás, el Gobierno de Mariano Rajoy dispone de todo, excepto de imaginación.

Como todo en la vida, los problemas se arreglan encarándolos, examinándolos para emitir el diagnóstico adecuado con el que se podrá elaborar la solución más eficaz. Pero no ignorándolos. Al igual que en toda negociación de cualquier índole, cada postor deberá ajustar sus pretensiones, ceder en algún plano para lograr una equidistancia admisible. Recurrir a la policía y a la justicia con el objetivo en última instancia de solventar problemas políticos, no va a erradicarlos de golpe; sino a acrecentarlos. La torpeza táctica del Ejecutivo de Mariano Rajoy será una de las grandes bazas del independentismo. A buen seguro, hoy habrá más independentistas que ayer y menos que mañana.

La animosidad visceral al Referéndum responde a la intranquilidad del resultado que se pueda obtener. ¿Por qué hay tanto miedo a una consulta pactada y vinculante? Ya lo hizo Québec o más recientemente Escocia y el Reino Unido. De la propia Constitución emana la Ley y, con ella, se puede hacer la ley. El Título X contempla la reforma constitucional, con la que adaptar las necesidades y aspiraciones de la sociedad a los tiempos actuales. Incluir el derecho a la autodeterminación que reclama la sociedad eliminaría este bloqueo producido por el inmovilismo y la falta de diálogo. Entonces, ¿qué alternativa contentaría a ambas partes? La llamada tercera vía o federalismo se cimentaría en una reforma sustancial, con una reorganización de la estructura del Estado que pasaría por el cambio de régimen. Y la sociología, como una ciencia no exenta de complejidad, nos recuerda que en España los cambios drásticos no son bien recibidos. La ilegalidad de una cuestión y su moralidad discurren por cauces distintos. El Apartheid, la esclavitud, el totalitarismo y el feudalismo fueron tan legales como sanguinarios. Que una votación sea ilegal dice mucho del carácter democrático de esta Constitución.

España es una nación de naciones, aunque leer esta frase pueda provocar algún sarpullido y más de una diarrea mental. O dicho de otro modo, somos un estado plurinacional. Lo dice la tan cacareada Constitución Española en el Artículo 2 recogido en el Título Preliminar: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Porque la sacrosanta Constitución es como el amor verdadero: Todos hablan de él, pero realmente pocos saben de qué va.

O sea, que sí pero no. Y así nos cubrimos de gloria. Para conocer los hechos, es fundamental analizar el contexto donde tuvieron lugar y remontarnos a su origen. Las necesidades de la sociedad española de la Transición y la situación de los partidos políticos que habían despertado del letargo dictatorial eran diferentes a las actuales. Al miedo de los sectores más reformistas de la, por entonces recién nacida democracia, del posible ascenso de los partidos de izquierda en Cataluña —encabezados por PSUC, ERC y PSC—, hubo que añadirle dos de los mayores errores de la canonizada Transición por parte del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez: el denominado café para todos y traer del exilio al president Josep Tarradellas.

El objetivo de dicha operación por parte del centro-derecha no era otro que refrenar el hipotético ascenso del independentismo en una sociedad catalana que aún se recuperaba de las profundas heridas que el franquismo les asestó a base de represión. Con la figura de Tarradellas —figura histórica del catalanismo y president de la Generalitat de Catalunya en el exilio desde 1954 a 1977— se podría contrarrestar esa victoria de la izquierda en las que serían las primeras elecciones generales de 1977, de modo que los poderes fácticos no se tambalearían. Desde aquel momento, CIU —heredera política de la histórica Lliga Regionalista de Francesc Cambó y representante directa de la burguesía catalana— se convertiría en la aliada política de España. Fue el comienzo del pragmatismo institucionalizado. Qué mejor forma de salir del huevo de la democracia.

Este mencionado trato preferente a la derecha catalana también queda evidenciada en la Ley Electoral, donde los partidos nacionalistas catalanes como CIU y de Euskadi como el PNV pueden conseguir más escaños con menor número de votos que otro partido de circunscripción nacional. El Estado no escatimaría en otorgarles las exenciones que reclamaban, tanto en materia económica y policial, pero manteniendo los suministros que el Gobierno central les cedía como a las demás comunidades que después se sumarían a la autonomía. Sería algo así como el hijo que se independiza pero lleva la ropa sucia a casa de sus padres los fines de semana. Ahí comenzó una simbiosis entre las oligarquías españolas y catalanas que sería tan duradera como tardasen en colisionar sus intereses. De hecho, cuando Felipe González necesitó el apoyo de CIU tras perder la mayoría absoluta en 1993, no pactó con otros partidos más afines ideológicamente como IU, sino que contaron con la ayuda de Jordi Pujol. Y lo mismo haría José María Aznar en 1996 cuando hablaba catalán en la intimidad o calificó a ETA como el Frente Vasco de Liberación.

En general, políticamente CIU votaría siempre en contra de las políticas sociales, apoyaría la política internacional y económica de la derecha, se postularía a favor de la OTAN y se convertirían en grandes socios de Estado, ambos polos falsearían la Historia creando mártires inexistentes o abogando por una unidad nacional que no existía ni en la época de los Reyes Católicos. Y todo ello respondiendo al común denominador de actuar en detrimento de la justicia social y velando por sus intereses financieros, en el marco de los estertores de la socialdemocracia. Dadas dichas circunstancias, apostar a independentismo no era hacerlo a caballo ganador. Eran otros tiempos. Tiempos donde la independencia no interesaba a los poderes dominantes del Estado. La relación del binomio burgués España-Cataluña se erigía como la relación más duradera que el capitalismo podía concebir. ¿Por qué motivo, en los últimos años la cuota de independentismo ha pasado del 11% al 48%?

A modo de inciso, sí bien es cierto que tanto la Ley de Referéndum como la Ley de Transitoriedad Jurídica son, de facto, anticonstitucionales y, por tanto, ilegales. Casi tanto como la amnistía fiscal del Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, que exoneraba de sus delitos pecuniarios y que sería tumbada por el Tribunal Constitucional o que en la práctica los impuestos no sean progresivos, tal y como establece la norma general del Estado. Inmersos de lleno en su hoja de ruta, en su análisis pormenorizado existen irregularidades e imprecisiones, como el número de votos suficientes para declarar la independencia de forma unilateral, o la sesión del Parlament donde fue aprobada por la cámara. Al independentismo le falta musculatura para sobrevivir en la jungla de la Unión Europea, de la cual quedaría excluida tras la hipotética desconexión. La independencia es una aventura de una trascendencia hercúlea, aunque sería sagrada si sale elegida en las urnas. No obstante, y dentro de la propia Ley, la Constitución ofrece la posibilidad de profundizar en la autonomía, como recoge el Capítulo III del Título VII el derecho a la autodeterminación, firmado y reconocido por el rey Juan Carlos I. Y ahí encontramos una de las claves de este ascenso exponencial del sentimiento independentista.

El divorcio entre la burguesía española y la catalana comenzó en 2006. Tras la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones generales de 2004, una de sus principales promesas electorales fue la reforma del Estatut de la Generalitat de Catalunya —que databa de 1979 con Josep Tarradellas de presidente—, para actualizarlo en materia fiscal a los tiempos actuales. Aprobado en el Parlament, trasladado a la Comisión Constitucional del Congreso y discutido en el Senado, sería refrendado en referéndum constitucional por los ciudadanos de Cataluña. Pero parecía demasiado bonito para ser verdad. Por entonces, los magistrados del Tribunal Constitucional aún no habían sido renovados y contaba con mayoría de jueces afines al Partido Popular. Mariano Rajoy, entonces líder de la oposición, elevó el Estatut por considerarlo anticonstitucional y no llegó a aplicarse, después de contar con todas las garantías legales. Finalmente, en 2010 la sentencia del Tribunal Constitucional recortó el texto y lo dejó prácticamente idéntico al de 1979. En definitiva, que ni por las buenas.

Otro aspecto crucial del auge del independentismo es la creación de la policía política por parte del anterior Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, y de las Cloacas del Estado para la realización de un informe ilegítimo que pretendía socavar a las fuerzas independentistas y progresistas de Cataluña como ERC, CUP y Podemos. Así se gestó el divorcio paulatino, en el momento que la oligarquía catalana se comenzó a sentir traicionada por la que había sido su gran compañera de viaje político. Este viraje hacia posturas abiertamente soberanistas concitó partidos a priori irreconciliables como ERC y CIU —ahora refundado como PDeCAT— con el anhelo común de la secesión de Cataluña.

Dice el gran politólogo Josep María Vallès que todo buen político necesita pasión y mesura. Y la historia le pasará la factura a Mariano Rajoy como el presidente con menos psicología política de la democracia y cuya desaforada contumacia dista años luz del estadismo. Sus atribuciones coercitivas otorgadas al Tribunal Constitucional han contribuido a que el río se desborde con su consiguiente inundación. Generador sin parangón de independentismo, su incapacidad para solventar la mayor crisis de Estado desde el 23-F ha agravado la magnitud de un fenómeno del que no sabía ni la fórmula para atenuarlo. Esa displicencia que se adivina en su desabrida mirada revela la tranquilidad que otorga tener todo un aparato judicial de su lado. Legalismos aparte, esta estocada en la yugular y la parsimonia con la que ha calado en la sociedad nos lleva a pensar que, en algún momento, algo falló en el desarrollo natural de España como nación. Pero la patria la hacen las personas y lo demás es todo paisaje. Este impávido patriotismo que emerge cuando se cuestiona la unidad nacional, con balcones engalanados de rojigualdas, es tan preocupante como indicativo de que aún queda un largo camino por recorrer. Qué pudo haber fallado.

El choque de trenes comandados por pilotos suicidas se ha producido y el resultado ha sido desolador. Hemos asistido a la muerte de la política, al auténtico fin de la Transición. El 1 de octubre de 2017 pasará a la historia como el día en que Cataluña se marchó. Y que lo haría para siempre. España ha muerto y lo ha hecho como los grandes gladiadores, con la espada ensangrentada sin fuerza para esgrimirla y el escudo vencido. El régimen que nació con la heráldica mancillada por la historia y con la ultraderecha manejando los hilos entre bastidores ha quedado definitivamente obsoleto. El macilento andamiaje de España se ha resquebrajado, dejando entrever sus carencias estructurales y rezumando la pestilencia de la auténtica cara del régimen. El Cara al Sol ya forma parte de un recuerdo poco memorable para cederle el relevo al A por ellos, mucho más mediático y con cierto aroma futbolístico. Como el noble hidalgo, España ha perecido en la costa catalana y lo ha hecho de la misma forma que nació: matando. La inercia de los acontecimientos que se avecinan son irrevocables. A partir de hoy, ya nada será igual y los siguientes días serán decisivos. Y será una batalla sin ningún vencedor. Me gustaría abrir los ojos y creer que todo esto ha sido un cese temporal de la convivencia matrimonial. Yo quiero creer en España y con Cataluña como compañera de esta apasionante travesía, pero no en esta España, sino en una nueva, limpia y transparente. Tenemos por delante la ardua tarea de reconstruirla.

15 de agosto de 2017

Trump y el espíritu del 36


La humanidad aún yace conmocionada ante el sobrecogedor ataque supremacista o derecha alternativa —eufemismo de neonazi de la ciudad de Charlottesville, Virginia. O mejor dicho, parte de la humanidad. Desde la Casa Blanca, dos días han sido los que ha tardado Donald Trump en condenar dichos atentados, donde una persona falleció y otras diecinueve resultaron heridas después de que un automóvil embistiera contra una multitud que protestaba contra una marcha nacionalista del estado sureño.

Adónde vamos a ir a parar. Ya uno no puede pasearse libremente con su bandera nazi impregnada en naftalina —esvástica y cruz céltica inclusive, para no perder la tradición sin que te llamen nazi. Qué poco respeto a la libertad de expresión. Si es que ya lo dijo el sabio: Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Esto con Jefferson Davis no pasaba. A ver, que estar en contra de neonazis —nunca entenderé el por qué del prefijo neo— es ser igual de extremista, comenta con un titubeo delatador un votante de Ciudadanos librepensador hecho a sí mismo, con miedo a que las feroces garras del comunismo le expropien su Opel Corsa del 2002. Y así sucesivamente.

Violencia de muchos lados, ésa fue textualmente la declaración del presidente estadounidense. Sin reparos ni inmutarse, ahí a pelo. ¿Qué será lo próximo, españoles en pleno 2017 poniendo en la misma balanza a republicanos y franquistas? Un poco menos kitsch y parecería extraído de una película de Almodóvar. O como si en pleno apogeo de ETA, a alguien se le ocurriera tildarla como el frente vasco de liberación. Porque lo de Trump justificando actos nazis es como cuando el Partido Popular condena el robo y la corrupción: hipocresía cínica que eleva el populismo a cotas insospechadas. El germen de todo ello deberá estar en Venezuela, porque en caso contrario no tiene el más mínimo sentido.

La llegada de Trump a la Casa Blanca ha supuesto la institucionalización de este tipo de actividades que, según la ingenuidad en la que subyace adormecida la población, no son más que actos aislados del pasado. Y cuando nos referimos a pasado, no hay que remontarse a la época del blanco y negro, ni de las dos dimensiones, ni de España ganando certámenes de Eurovisión, sino del pasado 20 de noviembre, fecha de dolor e infamia para los más nostálgicos de nuestra amada patria. Un mes de noviembre donde se produjo otra sonrojante muestra de fascismo e intolerancia que fue precisamente la que aupó al magnate neoyorquino al despacho oval de la Casa Blanca. 

Esta equidistancia, frustrante y maliciosa a partes iguales, recuerda por momentos a la pasividad de las autoridades contra las manifestaciones de la Falange en Madrid todos los 20 de noviembre. Sí, manifestación y Falange en la misma frase, has leído bien. Y la nula respuesta del Gobierno contra sus actos. O dicho de otro modo, aquí llueve sobre mojado. No nos curan de espanto. España es el país del revanchismo tardío, de las cunetas sepultadas por el olvido y la ignorancia de quienes ponen en la misma balanza, aún ochenta años después, a quienes lucharon por la libertad y a los fascistas. Y así nos luce el pelo. 

El paralelismo con el caso español es evidente, pese al insignificante detalle de que allí su guerra civil sí la perdieran los malos. En Estados Unidos se les llama disturbios radicales a quienes combaten grupos confederados —abiertamente esclavistas, dicho sea de paso— que, pese a muy violentos que puedan llegar a ser sus métodos, no los sitúa ni de lejos a la misma altura que a los herederos del Ku Klux Klan y adeptos de la Confederación esclavista. Charlottesville es una ciudad universitaria conocida por su espíritu progresista, un enclave idílico donde diversidad e igualdad pasean de la mano camino a una sociedad más igualitaria. De hecho, esta bucólica comarca fue nombrada en 2014 como el lugar más feliz de Estados Unidos. ¿Qué puede llevar a tan paradisíaca región a ser atacada por un grupo de nazis?

La respuesta se encuentra en la historia de la ciudad. Charlottesville concibe su pasado como un elemento fundamental para entender su presente y enfrentarse al futuro. Situada en un estado tradicionalmente conservador, son muchos los monumentos que ensalzan la figura de generales del Ejército Confederado de la Guerra de Secesión como Robert E. Lee, líder del ejército sureño y responsable póstumo de las revueltas. Y dada la nula proclividad de estos personajes a ideas tan subversivas como la justicia, la igualdad y la diversidad, mezclada con la concienciación de su población hacia ideas más propias del siglo XXI, se ha constituido un campo de batalla que nada tiene que envidiar a la playa de Omaha en la Segunda Guerra Mundial.

Porque la irrupción de ideas supremacistas no es algo del pasado. La concepción del fascismo como una ideología más que puede usar la política como trampolín para que sus ideas calen en la sociedad, con un lenguaje instrumental que normaliza sus acciones constituyen motivos para preocuparse. Ocurrió en España, donde aún se están sufriendo sus penosas consecuencias, y está ganando seguidores en Europa y el resto del mundo de forma alarmante. Igual tenía razón el escritor británico Gilbert Keith Chesterton. Uno de los extremos más necesarios y más olvidados en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabada.

Fuente: Megan Garber (14/8/2017) Cómo Charlottesville pasó de ser ‘la ciudad más feliz de EEUU’ a un símbolo del odio. Diario Citylab Latino. Moha Gereheu (13/8/2017) Guía para no dulcificar a nazis cuando hacen cosas nazis. Periódico Eldiario.es.

@joseangelrios92

8 de mayo de 2017

Pasado, pesado


El pasado es un amante despechado que siempre regresa. Lo hace cuando menos te lo esperas, con la sórdida intención de noquearte con una fulminante dosis de realidad. Se trata de un enemigo, surgido desde las trincheras más franqueables de tu subconsciente, que aflora para interponer lastres en el rumbo que tu vida comenzó a dibujar. Porque el pasado no entiende de ética; para él, bien y mal no son más que concepciones sociales que esbozan el contorno de lo que deberíamos ser; ni tampoco de lógica, que limita las fronteras de la ética; y por supuesto de amor, que se desentiende de toda ética y de lógica, pero es la principal fuente de la que bebe el pasado.

Aunque tengas la desfachatez de creer que te has librado de él, el pasado llamará a tu puerta, para saldar las cuentas pendientes. Y como el más implacable de los acreedores, no avisará ni con cinco minutos de antelación. Da igual que las creyeras canceladas, siempre volverán. Llámalo caprichoso, pero no le convence la idea de que te vaya bien. Anticipándose a tus reflejos y colándose por la capas más permeables de tu recién estrenado bienestar, aparecerá. Igual ni se para a saludar, pero ahí estará, haciendo acto de presencia. Ufano ante la victoria que puede protagonizar, hará que la sangre vuelva a emanar de las heridas que un día creíste cicatrizar. Heridas que, hoy día, no son más que el triste recuerdo del daño que ya nunca más te harán.

Y ahí estás tú. Sólo de bruces ante tu pasado. Lo localizas entre la multitud, son muchos los que están a tu alrededor, pero ahí lo percibes. Es inconfundible. Muchas cosas han cambiado, pero otras mantienen la misma forma. Vuestros ojos se retan en un duelo eterno. Con más experiencia, pero proyectando la misma ingenuidad, os empeñáis en rehuir las miradas, cayendo en un abismo que deseas que no termine jamás, diluyéndote en recuerdos que creías olvidados, sintiendo el vértigo a la altura del esófago y con la esperanza de que la fragilidad no se pueda leer en tus retinas. Te sientes desprotegido, sólo como el niño al que olvidaron recoger de clase, falto de la seguridad que el tiempo te brindó. Un tiempo que perdió toda su dimensión, que convirtió el pasado en presente y dejó al futuro en manos del pasado.

Porque el pasado es la esquirla del recuerdo. Es como el historial médico de nuestro corazón. Pasado y futuro difieren en el lienzo donde se encuentran escritos; en tanto que el primero habita en la memoria y el segundo lo hace en el deseo. El pasado nos hizo a su imagen y semejanza, nos inoculó odio y reproches, cultivó debilidad para recoger fortaleza. Se fue para llevarse lo mejor de nosotros, para enseñarnos las lecciones que nunca quisimos aprender. O dicho de otro modo, nos jodió de lo lindo. Sólo en nuestras manos está dedicarle una mirada de compasión, desde el púlpito de la perspectiva para dejarlo atrás como lo que es: una página leída y sepultada bajo un índice de desengaños.

@joseangelrios92