9 de mayo de 2020

Chicote va a Los Pollos Hermanos: "Está delicioso, me pregunto qué le echarán"


El prestigioso chef Alberto Chicote ha visitado uno de los restaurantes más famosos de la ficción internacional. Concretamente, se desplazó a Alburquerque, Nuevo México, e hizo una parada obligada en Los Pollos Hermanos. La cadena de comida rápida, tan célebre a nivel mundial gracias a las series televisivas Breaking Bad y Better call Saul, abrió sus puertas por todo lo alto para recibir al cocinero madrileño. 

De sus reacciones se han hecho eco los compañeros de La poca razón, siempre al filo de la noticia, quienes tuvieron el honor de entrevistar en exclusiva a Alberto Chicote: Este sitio es una jodida delicia. Me encanta este pollo bien sazonado con especias autóctonas y productos naturales del sudoeste estadounidense. Ni en Carabanchel Alto los he probado así. Vamos, que he alucinado pepinillos, pero para bien.

Preguntado por si cree haber reconocido el ingrediente secreto de estos pollos, el presentador de Pesadilla en la cocina, nos sorprendió con estas declaraciones: No tengo ni idea de qué le habrán echado, pero esto es más adictivo que la droga. Tal fue el entusiasmo de Chicote, que no escatimó esfuerzos a la hora de querer conocer al artífice de semejantes delicatessem para el paladar. Así pues, afirmó: Quise saber si estaba allí el encargado, pero la dependienta me dijo que en ese momento estaba recaudando fondos para una carrera benéfica de la DEA de Alburquerque.

En este sentido, continuó: Me iba de allí sin conocer al dueño, pero cuando me disponía a coger el coche en el aparcamiento, llegó el señor Gus Fring y tuve el placer de intercambiar unas palabras con él. Preguntado acerca de la conversación que mantuvo con el empresario chileno, Alberto Chicote afirmó: Me dio las gracias por venir y afirmó ser muy fan del programa. Finalmente, lo invité a Madrid a que viniera cuando quisiera y me dijo que lo pensaría, porque tenía muchos compromisos pendientes y una agenda muy apretada. Pero vamos, que volveré, porque este señor es un genio y seguro que un día sale en todos los titulares.

15 de marzo de 2020

¿Por qué todo el mundo está comprando papel higiénico?


La crisis del coronavirus es ya una realidad tangible. Desde el anuncio oficial de la pandemia, la fase de cuarentena nos ha confinado en nuestros hogares con el fin de no propagar el virus. Sin embargo, una de las imágenes más curiosas en estos días están siendo las colas kilométricas que han desabastecido los supermercados. Y lejos de lo que pueda parecer, un producto en particular ha sido acaparado como si ni hubiese un mañana: el papel higiénico.

Si bien resulta comprensible encontrar escasez en productos de primera necesidad como arroz, pan, leche o desinfectantes, observar los estantes de papel higiénico vacíos es una de esas imágenes que pasará a la historia. De hecho, según la consultora Kantar Worldpanel, las ventas de papel higiénico y productos similares han aumentado un 129% con respecto a meses anteriores. Las razones que explican este fenómeno obedecen a motivos psicológicos y sociológicos. Según el clínico Steven Taylor, esta respuesta desaforada por hacer acopio del papel higiénico encuentra su razón en el llamado efecto bola de nieve. Dado que aún se desconoce el impacto del coronavirus y la duración de la cuarentena, la incertidumbre de los meses venideros podrían llevar a los consumidores a tener una respuesta excesiva en lo que a satisfacer su higiene personal se refiere, aunque en realidad dispongan de existencias en casa para los próximos meses.

Estas compras desaforadas como producto del pánico también se deben a otro elemento. El papel higiénico es un producto voluminoso y eso nos crea la ilusión de tener la estantería repleta. Además, si vemos a muchas personas comprándolo, tendremos la sensación psicológica de que es un producto muy demandado y, por tanto, será fácil que se agoten las unidades. Se trata de un comportamiento irracional, pues el papel higiénico es fácil de reponer y su precio es barato —un pack de cuatro rollos rara vez llegará a costar un euro—.

De este modo, el miedo a la incertidumbre nos obliga a estar preparados para afrontar una situación desconocida, creando una situación de control y una reconfortante tranquilidad cuando sentimos que tenemos controladas todas las variables. Y la higiene nos da la sensación de confort. Aunque hacerte con decenas de rollos no tenga un efecto directo contra el coronavirus, hacerlo nos brinda con una buena dosis de alivio, al más puro estilo de un efecto placebo. En este sentido, Taylor apunta: Hay que actuar de manera sensata, te puedes preparar sin entrar en pánico. Para encarar el coronavirus, lo apropiado es proveerse de los artículos básicos de una forma razonada y no en cantidades industriales, como alimentos, jabón de manos y medicamentos.

Fuente: Business Insider y Diario El Mundo.

14 de enero de 2020

Para imbéciles e imbécilas


El lenguaje modula la forma que tenemos de ver la realidad. Nuestro mundo empieza y acaba con las palabras que somos capaces de expresar. Más allá de eso no existe nada más. Para ayudarnos en dicho cometido, debe ser una herramienta lo más diáfana y práctica posible. Hablar menos es decir más. Y para quienes nos dedicamos a llenar hojas en blanco, las palabras son la materia prima de nuestro trabajo. De ahí que tenga que observar con estupor cómo el lenguaje, por motivos extralingüísticos, sea salpicado continuamente de fórmulas artificiosas, desdoblamientos y elementos incorrectos.

Algo que, como escritor y lector, me provoca arcadas. Mi primer contacto con el lenguaje inclusivo fue en la universidad. Era yo joven y lozano cuando me sorprendí al ver a una profesora espetar un "Los alumnos y las alumnas...". No sabía por qué, pero me parecía ridículo. Lo consulté en la página de la RAE y era bastante clara al respecto: Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Y añade: Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.

No es que la RAE sea poseedora de una verdad incontestable, como muchos creen. Sólo se encarga de recoger las palabras y la forma correcta de hablar. La RAE es el notario de las palabras, no el juez. Recopila la lengua y registra el habla, sin entrar en declaraciones valorativas. El lenguaje, como tal, no es estático ni inmutable. Evoluciona como lo ha hecho a lo largo de los siglos y lo seguirá haciendo, pero no porque a los analfabetos irredentos que nos gobiernan les salga de los cojones —o de los ovarios, no se vaya a ofender nadie—. No hablamos igual que hace cuatrocientos años, ni igual que dentro de cien. Parece que para muchos el lenguaje es más un arma ideológica que un instrumento de comunicación. Y uno empieza a sentir cierta preocupación.

A que el lenguaje se convierta en un armatoste emperifollado para reivindicar gilipolleces en vez del bien más preciado que atesoramos. Todo en lid de una corrección política alejada de una comunicación poderosa y eficaz. Sólo hay algo más peligroso que un tonto y es un tonto con poder: subnormales de teclado fácil que hacen de dos tweets sus consignas y con una profundidad intelectual tan simple como el mecanismo de un sonajero. De esos tenemos unos cuantos. Aunque, en realidad, saben lo que hacen. Conocen el poder de la comunicación, aunque no desistan hasta dinamitarla. Saben que el lenguaje delimita nuestra forma de pensar y moldea el mundo que nos rodea. Y que, cambiándolo, también nos conseguirán cambiar a todos.

Todo ha alcanzado su cénit tras la fórmula utilizada en la toma de posesión de los nuevos ministros. Así como mantener en secreto las deliberaciones del Consejo de Ministros y Ministras, ha dicho alguno. Otra, empleando el principio de economía de lenguaje, ha obviado directamente a los hombres ministros. Por aquello de la igualdad y tal. 

Nadie en su sano juicio que diga Consejo de Ministros está excluyendo a las señoras ministras. Al igual que periodistas no excluye a los hombres. Consejo de Ministras es incorrecto, porque en castellano el género marcado es el femenino y sólo sería correcto en caso de que todas las componentes del Ejecutivo fuesen mujeres. Como dice la RAE: El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones. Simple. 

Pero es que el lenguaje es machista... Y tú, imbécil. Las palabras son conceptos, machistas serían los individuos y el uso que les den. ¿Entonces por qué cojonudo significa excelente y coñazo quiere decir insoportable? Supongo que por el mismo motivo que zángano tiene una connotación negativa en masculino —flojo, vago— y abeja significa persona trabajadora. Hay palabras de género femenino con connotaciones muy positivas como libertad, igualdad y tolerancia. Esa misma tolerancia que les falta a los nuevos guardianes de la moral para imponernos su verdad hegemónica a base de plumazo y rebeldía pija. Lo de ser imbéciles por encima de nuestras posibilidades se nos ha quedado cortos. Va a ser verdad aquello de que los políticos son un reflejo de la sociedad.

2 de diciembre de 2019

Crítica de 'El irlandés': Scorsese ha reinventado el género


El miércoles vi 'El irlandés', la nueva película de Martin Scorsese. Producida por Netflix después de que Paramount cancelara el proyecto, la cinta cuenta con un elenco espectacular encabezado por Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci y Harvey Keitel. Narra la historia del célebre sindicalista Jimmy Hoffa y su vínculo con el mundo de la mafia. Pero 'El irlandés' no es solo una película de gánsters, sino que es "la película" de gánsters.

Steven Zaillian —guionista, entre otras, de 'La lista de Schindler' y un habitual en la filmografía de Scorsese— se basó en el libro 'I heard you paint houses' de Charles Brandt para ejecutar un guión trepidante e impecable.

Si te gusta el cine de Martin Scorsese, la primera hora es un chapuzón de lleno en su propia y extensa climatología: planos secuencia, voz en off, una puesta en escena no perecedera, un ritmo narrativo inconfundible y una exquisita elección de la música con la que consigue crear una atmósfera muy a lo 'Goodfellas'. Sin embargo, todo va mucho más allá.

Robert de Niro, en el papel de Frank Sheeran, se sumerge en un mafioso en las antípodas de sus interpretaciones en 'Goodfellas' o 'Casino' y hace de un sicario de segunda división, en vez de un capo de la Cosa Nostra. Joe Pesci no encarna el rol de mafioso macabramente divertido al que nos tenía acostumbrados en dichas películas y muestra otra faceta, incluso más oscura y aún más silenciosa. Y Al Pacino, neófito con Scorsese, es la joya de la corona. Con un temple más sosegado, su papel de Jimmy Hoffa es una auténtica delicia y adquiere dimensiones excelsas.

La segunda parte se vuelve más introspectiva. Pese a perder el ritmo en algunos momentos, nos muestra una reflexión sobre los personajes y una profundización en su relaciones, traiciones e idas y venidas, sin perder esa atmósfera tan oscura con algunos elementos estridentes que evocan la esencia de 'El Padrino'. De hecho, en una escena es posible oír la banda sonora que Nino Rota compuso para la inefable obra maestra de Coppola. Dicho sea de paso, las referencias a series notables como 'Los Soprano' y 'Boardwalk Empire' —esta última producida por el propio Scorsese— son recurrentes.

'El irlandés' es además una escenificación de la historia de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hasta ya entrado en siglo XXI. Todo ello a través de sus asesinatos más célebres como el de John Fitzgerald Kennedy y el tono deprimente que adquirieron las películas setenteras tras la derrota en la Guerra de Vietnam. Un contexto ideal para algunos de prosperar y para otros de justificación moral para todo tipo de fechorías.

Sin renunciar a su fino aunque salvaje sentido del humor, la violencia en 'El irlandés' adquiere un formato más pragmático y menos recreativo. Los contrastes entre escenas duras y momentos desternillantes a lo John Ford no dejan lugar a dudas sobre la espectacularidad del film, sin menoscabar la carga dramática del mismo.

Y en la tercera parte, todo adquiere una nueva dimensión. Sin entrar en spoilers —porque no me perdonaría destriparos semejante derroche de talento—, Scorsese reflexiona sobre un terreno inhóspito y nunca explorado con anterioridad: la vejez en los mafiosos y el paso del tiempo, tema abordado durante toda la película. Robert de Niro y Joe Pesci, habituales de Scorsese, envejecen durante el desarrollo de la película, como también han envejecido a lo largo de su carrera con el cineasta. La cinta revela un cariz crepuscular en Scorsese, a quien sus setenta y siete años no le han hecho mella y parece encontrarse en la flor de su vida creativa. En cierto modo, sientes que estás ante el epílogo de sus películas de gánsters, como deja ver en múltiples referencias a su carrera: un diseño de taxis similar al que conduce Travis Bickle o la elección de las pistolas en una maleta en 'Taxi Driver', el Copacabana al que entra Henry Hill en 'Goodfellas', la maqueta del casino muy similar al de la película homónima o la aparición de Harvey Keitel, al igual que en su primera película 'Mean Streets', cerrando así un ciclo. Se puede decir que el director neoyorquino ha reinventado el paradigma del cine de mafiosos. Si Sergio Leone inmortalizó el crepúsculo del western, Martin Scorsese ha hecho lo propio con el cine negro. Porque a veces, para terminar, es necesario volver al punto de partida.

Gracias, Martin. Gracias, maestro.

@joseangelrios92

20 de junio de 2019

¿Quién era «Pepe el escocés»?


Feria de Abril de Sevilla, año 1959. Entre las casetas del Prado de San Sebastián destaca la figura de un hombre alto, de aproximadamente dos metros de estatura. Llama la atención también su atuendo: falda escocesa de cuadros, zapatos con hebillas, cayado de mando y una boina ataviada con plumas. De estilo enigmático, aunque agradable y cercano, destaca su sonrisa mientras pululaba por el real. Un personaje que hoy día catalogaríamos como un guiri despistado o con alguna jarra de rebujito de más, pero que tampoco pasaría inadvertido. Se trataba de Pepe el escocés, aunque ni se llamara Pepe ni fuera de Escocia.

Su nombre completo era Bertrand Olivier Gaston de Bonnechose y nació en Versalles el 2 de julio de 1897. Lo de Pepe fue el bautizo a la sevillana, aunque nadie supo nunca cómo se llamaba ni de dónde venía. Alguien debió decir: «Llamémosle Pepe» y Pepe se le quedó. A todos les caía bien y los niños corrían alrededor suya. Hasta solía ser invitado a las casetas privadas por parte de los socios, donde mostraba su carácter cortés y afable. No mostraba reparos a la hora de bailar sevillanas y no faltaba a su cita diaria con el albero y los farolillos.

Así se refería la prensa de la época a nuestro extravagante turista: «Contagiado por la alegría del ambiente, un turista escocés, regocijando a los paseantes, se marca, con repajolera gracia, unos pasitos de baile. ¿El típico de su país o un desplante por bulerías? ¡Todo es posible en Sevilla y en Feria!» En 1968 la selección de Escocia venció a Inglaterra en el estadio de Wembley, hecho que tampoco pasaron poe alto con ingenio y gracia: «El escocés, grande y simpaticón, bulle y rebulle por todas partes. Baila unas sevillanas. Pide una copa de vino. Gusta de estar entre los cabales. Es un embajador que no tiene precio y que este año está más alegre quizás por la reciente victoria de sus paisanos sobre los ingleses en el mismísimo Wembley».

Los periodistas locales lo tildaron como «el escocés errante que año tras año viene a Sevilla». Viajaba solo pero fue acogido como un sevillano más. Bebía y bailaba a partes iguales, mientras paseaba su aire exótico por el real del Prado de San Sebastián. Cuentan que su bailar era torpe, casi arqueológico, pero todo ello quedaba eclipsado por su amabilidad y exquisita educación. Sin embargo, Pepe el escocés era mucho más que un turista estrafalario en la Sevilla de la década de los sesenta.

Bertrand Olivier Gaston de Bonnechose, Pepe para los amigos, era pintor. Y de brocha muy fina. También era viajero. Era de origen francés y holandés aunque, sobre todo, tenía una gran sensibilidad escocesa. Inmortalizó en sus lienzos los paisajes de Marruecos, la India y la Bretaña francesa. Procedía de los Bonnechose, una familia aristócrata de la nobleza francesa de Normandía. Sirvió en artillería en la Primera Guerra Mundial, estudió Bellas Artes en París y fue miembro de la Sociedad de Artistas franceses entre 1921 y 1928. Se casó dos veces y tuvo tres hijos. 

Tal hueco dejó en el imaginario sevillano que el Pali le dedicaría una sevillana años después: «Sevilla tiene una deuda, tiene una deuda Sevilla, con aquel gran extranjero que de tan lejos venía. Viva la gracia del mundo, viva el arte y el gaché, murió queriendo a Sevilla, viva Pepe el Escocés. Cómo se nota su falta por las calles de Sevilla. Viva la gracia del mundo, viva el arte y el gaché, murió queriendo a Sevilla, viva Pepe el Escocés».

Pasó sus últimos años dedicándose a la pintura, lejos de su familia y pisó por última vez la Feria en 1969. Todos lo echaban de menos pero Pepe nunca más regresaría a Sevilla. Bertrand falleció el 19 de enero de 1972 en Niza a la edad de setenta y cuatro años. Su estilo bohemio y alma de viajero permanecerán para siempre en la esencia de Sevilla. Bertrand para unos y Pepe para otros, hay personajes que nunca desaparecen del recuerdo y Pepe fue uno de ellos.


Fuentes: Antonio Burgos (18/6/2019). Pepe el escocés era francés. Diario ABC de Sevilla | Francisco Javier Sánchez Angulo  (12/6/2019). Pepe el escocés, aquel francés errante... Blog El cajón de los misterios.