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15 de marzo de 2020

¿Por qué todo el mundo está comprando papel higiénico?


La crisis del coronavirus es ya una realidad tangible. Desde el anuncio oficial de la pandemia, la fase de cuarentena nos ha confinado en nuestros hogares con el fin de no propagar el virus. Sin embargo, una de las imágenes más curiosas en estos días están siendo las colas kilométricas que han desabastecido los supermercados. Y lejos de lo que pueda parecer, un producto en particular ha sido acaparado como si ni hubiese un mañana: el papel higiénico.

Si bien resulta comprensible encontrar escasez en productos de primera necesidad como arroz, pan, leche o desinfectantes, observar los estantes de papel higiénico vacíos es una de esas imágenes que pasará a la historia. De hecho, según la consultora Kantar Worldpanel, las ventas de papel higiénico y productos similares han aumentado un 129% con respecto a meses anteriores. Las razones que explican este fenómeno obedecen a motivos psicológicos y sociológicos. Según el clínico Steven Taylor, esta respuesta desaforada por hacer acopio del papel higiénico encuentra su razón en el llamado efecto bola de nieve. Dado que aún se desconoce el impacto del coronavirus y la duración de la cuarentena, la incertidumbre de los meses venideros podrían llevar a los consumidores a tener una respuesta excesiva en lo que a satisfacer su higiene personal se refiere, aunque en realidad dispongan de existencias en casa para los próximos meses.

Estas compras desaforadas como producto del pánico también se deben a otro elemento. El papel higiénico es un producto voluminoso y eso nos crea la ilusión de tener la estantería repleta. Además, si vemos a muchas personas comprándolo, tendremos la sensación psicológica de que es un producto muy demandado y, por tanto, será fácil que se agoten las unidades. Se trata de un comportamiento irracional, pues el papel higiénico es fácil de reponer y su precio es barato —un pack de cuatro rollos rara vez llegará a costar un euro—.

De este modo, el miedo a la incertidumbre nos obliga a estar preparados para afrontar una situación desconocida, creando una situación de control y una reconfortante tranquilidad cuando sentimos que tenemos controladas todas las variables. Y la higiene nos da la sensación de confort. Aunque hacerte con decenas de rollos no tenga un efecto directo contra el coronavirus, hacerlo nos brinda con una buena dosis de alivio, al más puro estilo de un efecto placebo. En este sentido, Taylor apunta: Hay que actuar de manera sensata, te puedes preparar sin entrar en pánico. Para encarar el coronavirus, lo apropiado es proveerse de los artículos básicos de una forma razonada y no en cantidades industriales, como alimentos, jabón de manos y medicamentos.

Fuente: Business Insider y Diario El Mundo.

11 de noviembre de 2017

El humor es amor


Chiquito de la Calzada fue un hombre hecho a sí mismo, de esos que no reniegan de sus orígenes. Hijo de electricista y huérfano a temprana edad, desde muy joven se subió a los escenarios como palmero en tablaos flamencos. Icono de lo surrealista y artífice de un humor inclasificable, la fama le llegaría de forma fortuita a los sesenta y dos años de edad, de la mano del mítico programa televisivo Genio y figura, nombre que haría honor a su singular e irrepetible estilo. Hoy la magia de su humor se ha apagado, pero su recuerdo en nuestros corazones perdurará para siempre.

Y es que don Gregorio Sánchez —oriundo del malagueño barrio de la Calzada de la Trinidad— se puede atribuir la difícil tarea de caerle bien a todo el mundo. Sus guturales sonidos, chistes que sólo podían ser contados por él, camisas con estampados imposibles, patillas con vida propia, inenarrable mímica e hilarante vis cómica, revolucionaron por completo un mundo encorsetado en los clichés, impregnado de cierta caspa y tan infravalorado como el humor. Tanto fue así que, por el camino, incluso se permitió la osadía de reinventar el lenguaje a guan, a peich y a gromenagüer.

Chiquito de la Calzada es el culpable de que media España diga ¿Sirl? al contentar el teléfono, alguien que nació después de los dolores, una persona entrañable que parecía que no podía, pero siempre estaba ¡Al ataquer!,  y que pasó por dificultades económicas durante su juventud en una época en la que, según él, no había niños y que siempre jugaba solo. Unas estrecheces que no le arrebatarían si un centímetro de su sonrisa como las que nos desternillaría desde mediados de los noventa. Obrero del cante jondo, se desplazaría a Japón durante dos años para cantar flamenco en tablaos, donde actuaría acompañado de ratas gigantes como reveló en una entrevista. Esos serían los únicos que pasaría separado de su mujer Pepita, fallecida de forma repentina en marzo de 2012, y que lo sumiría en una profunda depresión que lo mantendría alejado de los medios de comunicación hasta el triste desenlace al que hoy hemos asistido. Ese día empezó a apagarse Chiquito.

Humilde, cercano y con una mirada repleta de bondad, era habitual verlo en el restaurante Chinitas de Málaga, siempre vestido de forma impecable y mirando con orgullo su faraónico retrato que lo preside. El genio del humor malagueño decía que su peculiar vocabulario era de su invención. Según contaría en una ocasión, su archiconocida fistro, es una palabra planetaria, procedente de una galaxia de 1801. Poseedor de un carisma y naturalidad innatas, su dimensión era tan abrumadora que era difícil hasta donde abarcaba Gregorio y donde empezaba Chiquito, un nombre que quedará escrito con letras doradas en las páginas del humor y de la cultura popular al lado del de Cantinflas o Charles Chaplin, dos de sus grandes referentes. Porque hoy y siempre Chiquito de la Calzada será Gigante de la Calzada para toda la eternidad. Y es que la mejor forma de llorarte hoy es hacerlo de risa, como siempre hiciste. Hasta siempre, maestro.

21 de septiembre de 2016

La creatividad es la llave de todas las puertas


Probablemente esté inventado el aforismo del título, pero se me ocurrió sin más, volviendo de clase. Cuando hablamos de creatividad pensamos -o solemos pensar- en hacer cosas originales o hacer las cosas de forma diferente. Éste último entra en el concepto de innovación, parecido pero no es del todo creatividad.

¿Entonces qué es creatividad? Algunos lo ven como innovar, otros como encontrar solución a un problema. Ambos pueden tener razón. Yo lo ejemplificaría como lo hizo un escritor que vino a presentarnos un libro a nuestro colegio, César Mallorquí. El ejemplo que nos puso fueron Los Simpsons, y nos dio un detalle curioso de la popular serie de personajes amarillos y habitantes de Springfield: si os fijáis, ningún capítulo empieza tal como lo haría la trama principal de dicho episodio. Es un sello distintivo que se repite en las 20 temporadas que lleva en Antena (en nuestro caso, ese canal de anuncios donde se cuela un programa de vez en cuando que dice llamarse Antena 3). El comienzo te introduce en una historia breve que se desarrolla rápidamente y, por circunstancias de la misma, desemboca en la historia principal del episodio.

Éste es de los ejemplos de creatividad más claro que podría poner. Más breve y rápido es el que inventó la maleta con ruedas, quien estaba cansado de cargar en peso con su mamotreto.

Pero ciñéndonos a la realidad, la creatividad suele brillar por su ausencia. Especialmente, desde la formación de la que vengo, existe para todo una forma de hacer las cosas, unas normas y unas leyes que son así porque así se crearon y, desde siempre, nos han limitado a adiestrarnos a seguir las mismas a rajatabla.

La administración es claro ejemplo de ello: mecanismos establecidos, principios que puede que se cumplan o pueden que no, jefes inmovilistas que no salen de lo que hay escrito en un papel con sello oficial y un largo etcétera que para qué seguir. En éste caso, es necesario éste sistema, pero es un altar donde todo atisbo de creatividad muere.

Por eso, cuando digo que la creatividad abre todas las puertas no es un decir. Al que le picaba la espalda se sacó el rascador, a quien le molestaban los riñones de tanto fregar agachado en el suelo se sacó la fregona... 

Para bien o para mal, la creatividad nos ha llevado a realizar un sinfín de avances, y nos ha enseñado que no por poseer más estudios eres más inteligente, pues las ideas las puede tener cualquiera, otra cosa es el impacto que causen en la sociedad. El problema es que vivimos en un mundo donde se siguen órdenes a rajatabla, donde los prejuicios son el pan nuestro de cada día y donde nos imponíamos límites a nosotros mismos aparte de los que habían establecidos.

Pero claro, se me viene una posible contradicción a todo ésto: los departamentos de Investigación, Desarrollo e Innovación. ¿Existen por postureo puro y duro o realmente es más que una declaración de intenciones para ser más creativos? ¿se invierte poco o creéis que es poner un dinero a fondo perdido del que puede salir algo o no? Abro debate o, como diría en otros foros, abro paraguas.

13 de septiembre de 2016

11-S: El día que cambió el mundo


Los acontecimientos históricos irrumpen en nuestras vidas y lo hacen arrasando con todo. Aunque algunas veces son esperados como una amenaza latente y no causan una abrumadora expectación, sus consecuencias no pasan inadvertidas en absoluto. Asistimos consternados a una cantidad ingente de eventos de los cuales sólo algunos dejan una huella imborrable en nosotros: la caída del muro de Berlín, la Guerra del Golfo o la proliferación del terrorismo. Y con más asiduidad de la que nos gustaría reconocer, nos cambian para siempre. Las transformaciones que originan nos sumen en un profundo estado de incertidumbre cuyos síntomas se manifiestan mucho tiempo después siquiera de haberlos podido digerir. Algo así ocurrió hace quince años. El atentado contra el World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 fue un claro ejemplo de ello. En la actualidad, más de una década después, el mundo se plantea unos interrogantes que aún no han conseguido una respuesta satisfactoria.

Esos hechos quedan enquistados en alguna zona de nuestra mente destinada a tal fin, llegando incluso a recordar la ropa que llevábamos puesta aquel día, qué comimos, con quién estuvimos, aquello que hicimos o lo que jamás pudimos hacer. Hechos trágicos como el de aquel tenebroso día y otros de más grata memoria que siempre permanecerán de forma indeleble en lo más profundo de nuestro ser y que nos inculcan la cualidad más importante que nos hace ser humanos: recordar. Y no solamente porque recordar nos haga aprender de la historia para no estar condenados a repetirla, sino porque nos hace formar parte de ella.

Son esos momentos los que jamás podrás olvidar, aunque los medios de comunicación intenten cubrirlos con un halo de mimetismo para erigir una densa cortina de humo en torno a ellos con las que disipar sus nocivos efectos. Algo que, con singular desvergüenza, realizan de forma envidiable. Porque son esos hechos, esperados algunos y sorprendentes otros, los que causan exactamente la misma sensación de estupor entre todos los presentes. Conmocionan, afectan y aturden con la misma intensidad que perjudica a sus principales damnificados. Personas normales y corrientes que cometieron el craso error de estar en el lugar equivocado en el momento menos recomendable. Quizá por eso mismo, por la naturaleza tan salvaje o por la envergadura tan colosal de aquellos atentados, nos hacen sentirnos identificados, como en un pequeño atisbo de aquello que los ilusos llaman empatía. Esa asignatura que siempre se nos atragantó. Y no precisamente porque el profesor nos tuviera manía.

Pero si algo hemos aprendido después de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001, es que ya nada volvería a ser igual. Hemos necesitado más de un lustro —o tres, ya que estamos— después de aquello, pero lo cierto es que, sin saberlo, nos encontrábamos en la antesala de un cambio de era, de un nuevo ciclo o lo que es lo mismo: la entrada a las puertas de lo que realmente sería el siglo XXI. Y lo haríamos todos sin excepción, desde el principal líder mundial por entonces cuyo semblante petrificado en aquella escuela de Florida no le eximiría de las pertinentes responsabilidades, hasta la última persona trabajadora de a pie, que aquella desgarradora noticia le pillaría en Tailandia o en pleno World Trade Center al abismo de la hecatombe. A partir de entonces, nos enfrentaríamos a un enemigo desconocido que haría sucumbir a dos colosales mazacotes de hormigón armado que, al colapsar e inundar la isla de Manhattan de una polvareda de muerte intrusa de otra época, nos enseñarían que ese día el mundo cambiaría. Y con él, lo haríamos todos.

Porque con aquellas torres envueltas en llamas yacieron, además de tres mil personas, las esperanzas de permanecer en una etapa de relativa paz para enfrentarnos a la deleznable lacra del yihadismo, hasta entonces desconocida, que aún continúa azotándonos impíamente con su infame fanatismo. Aunque por encima de todo, aquella sobrecogedora jornada del 11 de septiembre de 2001 todos aprenderíamos a ser conscientes de que el mundo y la vida, ya fuéramos jóvenes, adultos, mayores o aún estuviéramos por nacer, se parecería muy poco a la que hasta entonces habíamos conocido.

@joseangelrios92

3 de abril de 2016

La noticia es la velocidad


Hay veces en que la realidad se empeña en desmentirse y se nos convierte en auténtica literatura de ficción, como si pretendiera sorprendernos mostrándonos su predilección por los extrarradios de la razón en sus propios devaneos casi literarios. Entonces, como cualquier aficionado a la literatura, la propia realidad pareciera también lanzarse en busca de metáforas que nos digan – o nos desdigan- sobre cómo explicarnos a nosotros mismos.

La noticia está en todos los periódicos con un titular más o menos parecido: Cazado en Madrid a 297 hm/h un Porsche. Su conductor, un discapacitado sin carnet. Incluso en Diariomotor puede leerse la misma noticia con ribetes casi literarios: Era un día soleado, y una pareja de la Guardia Civil tenía instalado su radar camuflado en el kilómetro 4 de la autopista de peaje R4, entre Pinto y Parla. Lo que no podían imaginarse es que su turno iba a saldarse con lo que a todas luces es el mayor exceso de velocidad que han captado los radares de la Guardia Civil. En un instante, un Porsche pasaba a toda velocidad a su lado, tan rápido que apenas tuvieron tiempo de identificar con claridad el color. Cuando contemplaron el cinemómetro imagino que no darían crédito a lo que veían sus ojos, el radar había detectado a un Porsche 911 Carrera a 297 km/h.

Es así. La noticia es la velocidad, y convertida ya en metáfora, pareciera venir a querer contarnos cosas sobre lo que profundamente somos, trascendiendo así su condición de noticia para hablarnos sobre la propia condición humana. La velocidad es el signo de estos tiempos. Es lo que nos decimos cuando nos convertimos también en aficionados a filósofos y pretendemos explicar en un titular todo el entramado que anuda la complejidad de la sociedad y la época que nos ha tocado vivir. Somos velocidad y somos noticia y tanto una como la otra parecieran alejarnos precisamente de lo que somos. O quizás no

Hubo una vez en que el hombre debió sentirse interpelado por la lejanía y llegar lejos pudo ser desde siempre una de nuestras aspiraciones más profundas para fundar en torno a ello una épica que hemos venido alimentando a través de nuestros héroes en la literatura, el cine o las noticias. De la misma manera, la aventura de llegar lejos contiene en la otra cara de la misma moneda relatos que pudieran hablarnos de huidas que son también hacia adelante entre el vértigo y la incertidumbre; y en esas estamos.

A cada época, su épica; eso podríamos decir al pensar en cómo la velocidad se ha instalado como una de las formas más genuinas de nuestra cultura, aún sospechando de su oportunismo de venir como anillo al dedo a gran parte de la irracionalidad en la que parece fundarse algunos de sus presupuestos. Hablamos de velocidad que es distancia y es tiempo, también en nuestras vidas, donde la propia experiencia apenas tiene tiempo de ser algo más que la emoción momentánea que se superpone a la necesidad de otras nuevas y continuas experiencias y emociones. Hay que vivir intensamente -otro signo de los tiempos-; eso diríamos mientras de la misma manera se suceden las noticias que se superponen también continuamente, para ser y dejar de ser sustituida por la siguiente en los sucesivos titulares de periódicos y telediarios. Es la velocidad y es la noticia; y, si nos pusiéramos exquisitos, también pudiéramos decir que es la fugacidad como nuestro destino irreversible hacia el vacío.

A cada época, su épica; y quizás vivamos estos tiempos con el vértigo y la incertidumbre del comienzo de la experiencia del vacío de la épica, un vacío por deshumanización -otra forma de alejarse- que llena nuestras pantallas de extravagancias que se venden como ficción. Es entonces que la noticia de un Porsche cazado a 300 por hora, conducido por un discapacitado sin carnet, pareciera venir a rescatarnos desde muy adentro de nuestras rutinas cotidianas, que limitan al norte con la normalidad y la sociedad de consumo, y al sur con la desigualdad y la transgresión. Quizás sólo sea nuestra propia manera de reivindicar la épica, de rechazar el vacío de la épica en nuestras vidas. Por eso miramos la realidad buscando que nos sorprenda con guiños que son propios de la literatura que como siempre tiende a rizar el rizo entre aventuras y desventuras, entre héroes y antihéroes. Y en esas estamos.

Manuel Martín Correa.

19 de noviembre de 2015

Menos postureo y más implicación


Desde el sillón de mi casa, para variar, he estado siendo testigo de ciertas conductas unánimes acerca de lo acontecido en Francia éste infame viernes 13 y que ha traído no pocas consecuencias. Ante todo, mi respeto y solidaridad para todas las víctimas. Dicho eso, se me encendió la bombilla y quería dar mi pincelada sobre todo lo observado hasta ahora. Sí, desde el sillón de casa se puede tener empatía y conciencia, pero no hoy o cuando toca sino siempre. Ahora sabréis a qué me refiero.

No censuro ni condeno las muestras de apoyo y solidaridad con Francia. ¿Cómo voy a hacerlo? De hecho, soy de los primeros que no dudan en mostrar su apoyo a las víctimas tras uno de los peores actos que el ser humano pueda realizar. De hecho, tampoco condeno las muestras de empatía de personajes públicos y conocidos, pues es necesario el apoyo de esas personas para dar a conocer y concienciar al resto de la sociedad sobre todo lo que sucede. Toda muestra de humanidad ante la barbarie es necesaria, venga de donde venga, excepto lo que vengo a detallar a continuación.

Lo que sí censuro y condeno es la hipocresía y las múltiples incoherencias de gran parte de personas a las que todo ésto les ha resultado indiferente e, incluso, han estado a favor de lo que nos ha llevado a todo ésto. Recuerden que, hablando solo de París, el 11-S y el 11-M solo tocamos la punta del iceberg, pues las causas que nos ha llevado a experimentar éste monumento a la aberración de la acción humana son diversas. Por eso, me indigna como español (si puedo serlo, claro) que mi país mantenga relaciones con los mismos que han armado a los autores de esas atrocidades, así como países que han fomentado todo esto. Uno de ellos, por cierto, es Arabia Saudí, donde residía el ala más radical de ISIS si mal no recuerdo.

Si como ciudadano de un estado democrático me preguntaran si estoy a favor de la invasión de Irak y Afganistán o de repartirse la Libia de un antiguo amigo de Europa como es Gadaffi o que Francia y Reino Unido entre otros pongan gobiernos de paja prometiéndoles un macro estado árabe, obviamente, diría que no. Podrán buscarme trapos sucios, ya que es el precio que suele pagarse por ser sincero y contundente, pero de mis convicciones en éste sentido no encontrarán nada.

Por eso no me vale que se pongan banderas de Francia, Nigeria, Afganistán, Siria, Palestina y demás países víctimas de guerras continuas y diarias y que, si le preguntas antes de los atentados, se digan indiferentes con el resto de causas que han desembocado en un extremismo que se ha cobrado a bastantes inocentes ya, sea donde sea y sean de donde sean. No habré sido quien más haya hecho por evitar lo que está pasando, pero siempre me he pronunciado contrario a la guerra como para que haya tanta gente que venga a ponerse las medallas de pacifista cuando, por su silencio, han favorecido a lo que está pasando ahora.

¿Enfurecido? ¿molesto? ¿resentido? Posiblemente: por ver la línea entre la implicación y el postureo tan fina.

16 de noviembre de 2015

Hijos de puta


Hay momentos cuya naturaleza resulta tan sórdida que parecen no podernos afectar nunca. Algo tan cruel y despiadado como la tenebrosa ideología de la barbarie y la sinrazón nos evoca sensaciones tan desconocidas como, en algunos casos, propias de otra época. Son esos momentos que, por lejanos que parezcan y por invencibles que nos consideremos, pueden golpearnos, Y hacerlo de la forma más vil y deshumanizada que podamos concebir.

El mundo aún permanece herido en su corazón desde el pasado viernes. Las 128 víctimas del atentado de París han trastocado tanto el alma de todos nosotros como el el orgullo de la sociedad occidental. La vida de todas esas personas, jóvenes en su mayoría, se apagó para siempre al mismo tiempo que se encendía la desalentadora luz de un futuro francamente incierto que parece cernirse sobre nosotros con todo el peso de la venganza, la ira, la rabia, la impotencia y, por qué no decirlo, la justicia.

Acciones execrables como ésta o la del pasado mes de enero en el semanario satírico Charlie Hebdo nos han anunciado el rumbo desbocado que parece haber tomado la humanidad. Precisamente este mundo, en el que, con mayor o menor fortuna nos ha tocado vivir, ha recibido síntomas de que, por más que avance la ciencia, la tecnología o el pensamiento, hay cosas que nunca cambiarán: el conflicto. Es este conflicto, drama para muchos y opción de cambio para otros, lo que forma parte inherente de la historia, de cualquier sociedad y de nosotros mismos.

Es obvio que los instrumentos han cambiado y las formas de inferir daño han alzado cotas tan esnobistas como malignas. Si hace mil años, la manera de someter a una población se hacía a golpe de espadas y montados desde un caballo, evolucionaríamos para hacer exactamente lo mismo, esta vez blindados por la presurizada coraza de un tanque y con el argumento de la granada y la metralla como único diálogo. Y mientras cada vez accedemos a una parte de la historia con menos armas y más intereses económicos, a mayor ritmo aumenta el número de víctimas inocentes o, como gusta decir en los medios de comunicación, pérdidas civiles.

Francia ha sido golpeada en su corazón, de forma tan cruel e inefable como lo fue Estados Unidos en 2001, España en 2004 y Londres en 2005. Estos atroces atentados nos han evocado esa terrorífica sensación, típica de cuando ocurren hechos de semejante magnitud y que ha servido para recordarnos lo egoístas que somos los humanos. Hemos tenido que asistir al caos del terrorismo en el país vecino para conocer qué ocurre en el mundo de forma diaria, en Siria, Líbano o Palestina, para comprender de una vez por todas que el mundo no es el lugar tan idílico que podríamos creer.

Estremecidos, abatidos y cabizbajos, estamos ante el período más incierto de la historia reciente, un momento en el que cada detalle o cualquier decisión, por insignificante que parezca, puede cambiar drásticamente el destino de la humanidad, sin nada que nos haga vislumbrar un poco de esperanza. Resulta verdaderamente difícil presagiar el cariz que tomarán los acontecimientos. Paralelamente, Francia entona el Aux armes citoyens! para llevar a cabo un operativo militar, justo para unos, e igual de cruel para otros, sin haber terminado de llorar a las víctimas. 

Todos estos interrogantes sobre el rumbo que seguirá la humanidad en la época más convulsa de los últimos veinte años se entremezclan con otra duda mucho más inteligible: ¿Por qué ellos sí y nosotros no? ¿Estamos a salvo? No somos ni más altos, ni más guapos, ni más inteligentes. No hace falta ser mejor que nadie, porque realmente no existe nadie intocable. La pérdida de personas jóvenes, cargadas de ilusión y con toda la vida por delante, con aspiraciones y sueños como cualquiera de nosotros a manos de unos terroristas completamente mimetizados en nuestra sociedad, ha conseguido justamente lo que los integristas del ISIS pretenden: sembrar el terror entre nosotros. 

Sería aquella fatídica noche del 13 de noviembre la que se encargaría de enseñarnos que el drama, el horror y la barbarie pueden acecharnos en cualquier momento y arremeter contra nosotros con sus lúgubres garras y sus fatales consecuencias. Porque, una vez más, esa fría noche de otoño todos aprendimos que, aunque no lo sepamos, siempre nos encontramos en el borde del precipicio y que no hacemos otra cosa que desperdiciar el tiempo sin recordar que no somos inmortales. 

@joseangelrios92

29 de agosto de 2015

Trabaja gratis para mí y hazme rico


El panorama laboral que atraviesa este país es una realidad francamente desoladora. Si te llamas Diego Martínez y eres el mejor físico de España, asúmelo, eres un pringao. Y si quieres emprender, asegúrate de que eso le vaya a dar dinero a alguien. Nadie te va a dar una oportunidad, eufemismo de trabajar gratis. Pero si te llamas Kiko Rivera y eres famoso por ser el mejor... bueno, el que hizo aquello de... exacto, si no has dado un palo al agua en tu puta vida, bienvenido a España, el país de las oportunidades para la gente mediocre

Concretamente, una de las profesiones cuyo futuro es tan incierto como desalentador es el periodismo. Si quieres trabajar y encima pretendes la desfachatez de que te paguen por ello, lo mejor es que te replantees seriamente tu vocación. Pero no te desesperes. Si estás en posesión de un título de Periodismo o de algo similar y quieres trabajar, no hay problema. Creo que en el Supersol de mi barrio estaba vacante el puesto de encargado. Así que tampoco te quejes. 

En los últimos tiempos, están proliferando por internet una serie de sitios webs, blogs, diarios y magazines, sobre todo, a través de las redes sociales, a través de las cuales están reclutando a una cantidad ingente de personas para que colaboren en sus respectivos sitios web. Mi experiencia engloba únicamente a medios referidos al sector del periodismo deportivo, mi especialidad o dicho de otro modo, aquello que ejerzo con más frecuencia y mayor o menor éxito. Hasta ahí, el tema no parece espinoso pero la cosa no acaba ahí. Todos estos sitios, en los cuales he tenido el dudoso honor de colaborar, se ahorran el detalle de pagar a sus colaboradores. ¿En serio pretendes que te paguen por trabajar, cuando ahí fuera hay un puñado de idiotas que suspiran por una oportunidad?

En general, la mayoría de personas que colaboran en ellos son chicos jóvenes, normalmente estudiantes que desean compaginar sus estudios con estos sitios donde pueden acumular experiencia, darse a conocer y aprender cómo funciona una redacción. O al menos, eso te dicen. Algunos de ellos, como Vavel.com emplean la táctica del postureo, llegando a admitir que son el quinto medio más leído en España. Así pues, las personas que colaboran en estos medios, inyectados de una difusa ilusión, aceptan el gigantesco compromiso que estos explotadores les ofrecen sin, ni siquiera, darles las gracias.

Trabajar gratis es rotundamente inadmisible. Y a decir verdad, es una actividad que roza los límites de la legalidad. No lo digo yo, lo dice gente que entiende mucho más del tema que yo. Los artículos 8 y 16.1 del Estatuto de los Trabajadores reza:  No se ha formalizado el contrato por escrito ni se ha remitido copia básica a la oficina de empleo tal y como mandan los artículos 8 y 16.1 ET. No formalizar el contrato por escrito es considerado una infracción grave según el artículo 7.1 de la Ley sobre Infracciones y Sanciones en el Orden Social (LISOS) castigado con multa de entre 625 a 6.250 euros (artículo 40.1 b) LISOS). En este artículo, se explican las consecuencias legales de trabajar gratis, de forma mucho mejor a como lo haría yo. No tiene desperdicio.

Además, comparar un medio de comunicación que se vanagloria de ser el quinto medio más leído de España y que compite en el mismo nicho de mercado con otros medios formales que sí pagan a sus trabajadores es, sencillamente, competencia desleal. A modo de símil deportivo, sería como si un equipo con el presupuesto del Leganés fichara gratis a Cristiano Ronaldo y Leo Messi, ganara la Liga y la Champions sin haber pagado nada por contar con los servicios de los dos mejores jugadores del planeta. ¿No sería injusto para los demás equipos con sus mismas opciones económicas?

De este modo, parece evidente que los medios deportivos en este país se dividen en dos grandes grupos: los grandes sitios como ABC, Marca, As, Mundo Deportivo, Sport o Estadio Deportivo y el resto. Y el resto lo constituyen estos pseudoportales. Muchos de estos medios, al ser preguntados por el salario y las condiciones económicas que supone la colaboración directa con ellos, no muestran titubeos en reconocer: Se paga con experiencia. O sea, que una persona con tres hijos a su cargo va al supermercado a comprar el sustento básico de su familia y, al llegar a la caja, le puede decir al dependiente: Mira, no tengo ni un duro en el bolsillo, eso sí, te puedo pagar con la experiencia que tengo escribiendo en medios de forma completamente gratuita. O aún mejor: imagina que un fontanero acude a tu casa a arreglarte la cisterna y, en vez de pagarle, le dices: No te voy a pagar ni un céntimo, pero no veas la experiencia que has cogido. De aquí a arreglar los cuartos del baño del Bernabéu para una final de Copa hay un paso. En serio, así pueden llegar a ser los argumentos de estos explotadores mentores de oportunidades. 

Pero ahí no acaba la cosa. Estos sujetos emplean todo tipo de argucias para conseguir que la gente escriba gratis para ellos. Algunos, con mucho más ingenio y maldad, aseguran que no pagan porque su medio (blog o página web) está empezando y por eso no tienen dinero. Pero todo es mentira, no os dejéis embaucar. A propósito, según el ránking Alexa que mide el tráfico de las páginas web, Vavel.com no es el quinto medio deportivo más leído en nuestro país. Ni tampoco el cuarto. Y por extraño que os parezca, tampoco es el tercero. Está en el puesto 875. Aquí lo podéis comprobar.

He recabado cierta experiencia colaborando en sitios como Vavel.com y Káiser Magazine, de los cuales no guardo experiencias muy agradables. Exigen un altísimo nivel de compromiso, llegando incluso a inducir a los trabajadores a que prácticamente no dispongan de vida social, estén las 24 horas del día pendiente de la actualidad deportiva del equipo en cuya sección colaboren para no dar absolutamente nada a cambio. Es decir, no os atreváis ni a suspirar por que os paguen. Y no entienden de colores. Da igual que sean de la sección del Real Madrid, FC Barcelona, Betis, Sevilla o Partizán de Belgrado. Son todos igual de explotadores. La mayoría de estos sitios cuentan con una estructura piramidal donde la persona que está en la cúspide cobra en concepto de publicidad por los stands que dispone la página y que aportan dinero de los clicks a los instigadores jefes de tan constructivo proyecto a costa del trabajo de los demás. 

Si tenéis la ilusión de escribir y de llegar a hacerlo profesionalmente algún día, os daré el consejo que no me habéis pedido. Porque los consejos son como los masajes: difíciles dárselos a otra persona e imposibles de dárnoslos a nosotros mismos: no os dejéis engañar. La profesión de escribir no es menos importante que la de ser médico, albañil o trabajador social. Nótese que no he dicho torero. Si eres periodista y permites que no te paguen por realizar tu trabajo, estás desvalorizando tu profesión. Reclamad vuestros derechos y no os dejéis embelesar por esta panda de alimañas explotadoras. Que ningún empresario sin escrúpulos se aproveche de vuestro talento, tiempo, trabajo y, lo que es más importante, vuestro futuro. La profesión de periodismo está jodidamente complicada, en gran medida por estos estafadores sin moral que pretenden tener a su merced a un séquito de personas trabajando gratis para ellos. Al final, va a ser verdad aquello de que España tiene una salida: se llama Barajas.

Mi madre, muy amiga de los refranes, siempre dice que Una imagen vale más que mil palabras. Pues en este caso, serán dos imágenes. He ahí dos capturas de pantalla de una conversación que he mantenido con el Community Manager de la sección del Sevilla FC en el sitio online Vavel.com, conocido internacionalmente incluso por los elefantes de Botswana.

Otro regalito. Aquí os muestro otra conversación, esta vez vía mail, mantenida con un miembro del portal web El Sevillista, donde asegura que algunos de sus colaboradores finalmente han dado el salto a medios más grandes como Onda Cero o el mismo Sevilla FC como táctica para captar redactores. Ni que decir tiene que no pagan ni para pipas. Como podéis observar, el nivel de compromiso que piden a sus colaboradores es abrumador. Dicho de otro modo, es como si alguien te contrata de dependiente para su tienda, no te paga nada y te dice que, si lo haces bien, puedes dar el salto hacia un gran supermercado. ¿En serio cuentan con 500.000 visitas mensuales y no les da para pagar a sus colaboradores? Lógica aplastante.


Y para que no se enfaden los amigos sevillistas, también me he tomado la libertad de publicar otra conversación de Twitter que mantuve con un colaborador del portal Onda Bética. Ejemplifica a la perfección lo que comentaba anteriormente: Se paga con experiencia. Creo que será una decisión inteligente invertir en experiencia, en lugar de hacerlo en petróleo o en bonos del Estado, dado lo alto que se cotiza. Me pregunto si al menos darán cesta de navidad.

29 de julio de 2015

Playa del Alamillo: la playa de Sevilla


En términos históricos, culturales y arquitectónicos, Sevilla es la ciudad más bella e importante del sur de Europa. Con el perdón de Barcelona, Madrid o Lisboa, que pueden tener méritos políticos, históricos, culturales o económicos, ninguna ciudad del sur de Europa puede exhibir los galardones que posee Sevilla en arte, tradición, historia, cultura y belleza arquitectónica. Sin embargo, a esta ciudad le falta algo importante, le falta una playa.

Sí, sólo eso, a Sevilla sólo le falta una playa. Y no es una locura pensar que Sevilla pueda tener una playa propia. Hoy pocos lo saben, pero hasta los años 50 Sevilla tuvo una playa fluvial ubicada donde hoy se erige el Puente del Centenario. En aquella época, la corriente de agua que cruzaba la ciudad, era el verdadero río Guadalquivir y no el brazo muerto, de agua semiestancada, que contemplamos en la actualidad. Bañarse en las aguas limpias del Guadalquivir en verano, era un regalo divino para los sevillanos de esa época que aún veían muy distantes las playas de Huelva y de Cádiz.

Actualmente existen decenas de playas interiores en España. Ríos, pantanos, embalses y lagos se han convertido en sustitutos a las playas de mar y han conseguido excelentes resultados. Incluso la pequeña San Nicolás del Puerto, tiene una playa fluvial al servicio de sus vecinos. Y yo me pregunto ¿por qué la ciudad de Sevilla no puede tener una playa propia? La respuesta es sencilla: no hay razón para que no la tenga.

No se habla aquí de una obra faraónica al estilo de los jeques árabes que costase miles de millones al contribuyente, más bien se trataría de una obra simple y austera que sin embargo sería el mayor regalo que un Alcalde podría darle a nuestra acalorada ciudad.

Y hay un lugar ideal para colocar nuestra playa sevillana, es el Parque del Alamillo. La playa de Sevilla iría desde el Puente del Alamillo hasta el fin de la dársena del Guadalquivir, siguiendo su ribera izquierda hasta el final del camino viejo de la Algaba, serían unos 1.200 metros de playa. Se trataría de una gran piscina artificial de agua limpia, con olas, arena y chiringuitos.

El proceso de construcción sería simple. Habría que levantar un muro sobre el lecho de la dársena del río Guadalquivir, debajo del puente del Alamillo, con un desagüe hacia el brazo muerto. Un dique que separaría las aguas limpias de la piscina, de las aguas contaminadas de la dársena. Sería un dique pequeño comparado con los enormes y kilométricos diques holandeses. Luego, el lecho de nuestra playa debería secado, limpiado y cementado en su ribera izquierda sobre la cual se verterían toneladas de arena.

Esta gran piscina se llenaría con las aguas del cercano río Guadalquivir, que tendrían que pasar por un tratamiento físico, químico y biológico para tener un agua depurada, limpia y transparente. Incluso se pueden instalar generadores de olas en la ribera derecha de la playa de Sevilla.

Los costos serían mínimos comparados con los beneficios para la ciudad. El turismo se vería incrementado considerablemente en verano, y los sevillanos podrían disfrutar de una playa a la que podrían llegar caminando o en un trencito desde Triana. ¿Qué más se puede pedir?

Existen playas fluviales o artificiales en muchos lugares del mundo, pero no existe lugar más adecuado para tener una playa que la ciudad de Sevilla. No sé si el actual alcalde querrá hacer una obra así, tampoco sé si el siguiente lo hará, o si el siguiente del siguiente, pero algún día, un alcalde de nuestra ciudad se dará cuenta de lo fácil que sería construir una playa en Sevilla, y la construirá, y nos la regalará.

Y entonces, a esta ciudad hermosa, no le faltará nada más, absolutamente nada.

20 de abril de 2015

El 98% de las casetas de la Feria de Abril son privadas


Llega la Feria de Abril de Sevilla y, con ella, los paseos en caballo, el olor a albero impregnado en los farolillos, las estruendosos decibelios de los célebres cacharritos y el rebujito. Pero también llega la inflación generalizada de comidas y bebidas en el recinto ferial, el caciquismo instaurado en las casetas más chic y el postureo más tenaz que tiene lugar en la capital hispalense.

¿Sabías que de las 1.047 casetas que forman el Real, tan sólo 19 son públicas? O dicho de otro modo, ni siquiera el 2% de dichas casetas son públicas. ¿Quiere esto decir que podrás disfrutar de una amplia oferta de casetas, cada cual acorde con los distintos gustos particulares de cada persona? No, exactamente. Si como la inmensa mayoría de las personas mortales, contar con una caseta excede tu presupuesto, lo más adecuado sería abandonar esa idea. Y si vienes desde Carolina del Sur y por alguna extraña razón no eres socio de la caseta del Club Labradores, puede que tengas que plantearte que la Feria de Abril no sea tu sitio.

La Feria de Abril no es más que la máxima expresión del postureo en Sevilla. Reconozcámoslo: pasear en caballo a la vertiginosa velocidad de 1 km/h, mientras vas oliendo las heces del pobre animal detrás de un conductor que no gana ni la quinta parte de lo que cuesta el dichoso viaje no mola una mierda. Lo que mola realmente es hacerse la foto de rigor para que todos vean tus ostentosos gustos. Estaréis de acuerdo que esto no mola tanto como observar a los canis pegándoles puñetazos a las máquinas de la Calle del infierno o los grabados de los dibujos de las atracciones que guardan un fiel parecido con la realidad. Pero bueno, se hace lo que se puede.

Las casetas no son como tu casa. Olvídalo. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. En tu casa no tienes que pagar una cuantiosa cuota para que te dejan entrar. Bueno, si tienes una hipoteca, sí. De asociaciones, clubes, peñas e incluso partidos políticos, su variedad es casi tan amplia como su clasismo. Si te quieres adentrar en casetas pensadas para el proletariado como la del Club Náutico o la colegas de Wilfredo el Velloso (en serio, hay una llamada así), te sugiero que midas tu forma de vestir. Entiéndeme, encajar socialmente es lo primero. Imaginarse el drama de que, al entrar, comprobáis que todo el mundo lleva un chaleco anudado al cuello y vosotros no. Menuda putada...

A ti, viajero procedente de Carolina del Sur (o del Norte, lo mismo da) si hubiera que darte un consejo para sobrevivir pasarlo en grande en esta siempre humilde Feria de Abril, ideada para que todos los escalafones sociales puedan disfrutar, te diría que quedes con tus amigos en cualquier sitio, excepto en la portada. Como si quieres quedar en un sitio concurrido de gente que no para de trabajar, como podía ser una sede del PP. Pero lo dicho, lo recomendable es no quedar en la portada. Suele ser complicado para encontrar a tus amigos cuando otras 200.000 personas también han quedado allí con los suyos.

Y no se podía concluir este artículo sin hablar del néctar mágico en la Feria de Abril, el combustible de todo peregrino: el rebujito. Con un precio por jarra que oscila entre los 8 euros, no se puede abandonar la Feria sin dejarse 2 euros para disfrutar de una mini copa. El rebujito es como el calimocho, pero en versión andaluza. Y no, no es una frase sacada de 8 apellidos vascos. Beber rebujito es como votar: lo hacemos una vez al año y nos sentimos mal si no lo hacemos, aunque de poco sirva. Pero no todo podía ser malo, después de todo, la Feria contribuye a generar puestos de trabajo por una semana, aumentar la forma físicade los caballos a costa de nuestro peso y observar a nuestro alcalde apretando un botón para que se enciendas las luces de la Feria. Para que luego digan que tener enchufe no sirve de nada.

@joseangelrios92

14 de febrero de 2015

La cultura del pelotazo: de Tony Montana al Pequeño Nicolás


Si nos paramos a pensar por un momento en la idiosincrasia subyacente a la cultura de Estados Unidos, será fácil dilucidar que las pretensiones personales responden al paradigma del Sueño Americano. Para tener una noción intuitiva del mismo, bastará con ver la legendaria cinta del director Brian de Palma, Scarface, protagonizada por Al Pacino. En ella, se cuenta la historia de un exiliado cubano, disidente del régimen de Fidel Castro que, como tantos otros, emprende un viaje hasta las costas de Miami en Florida, donde pasa por ser un humilde vendedor de perritos calientes a uno de los narcotraficantes más más peligrosos de la costa este.

Pero en España, las cosas son distintas. Aquí no tenemos a Al Pacino, sino al pequeño Nicolás. El negocio de la droga sólo tiene dos posibles finales: la cárcel o una bala en la cabeza y está pasado de moda. Aquí somos más partidarios de la cultura del pelotazo o, dicho de otro modo, conseguir un alto estatus social y económico, no gracias al esfuerzo personal, superarse a sí mismo y tonterías de esa índole, sino por no haber dado un palo al agua en la vida. Admitámoslo. Nadie se hace de oro trabajando de sol a sol. La cultura del pelotazo, tan afincada en España, no entiende estos méritos, logros o consecuciones personales. En España, se puede decir que alguien ha triunfado si ha conseguido un puesto de trabajo envidable por ser primo de este, cuñado de ese o yerno de aquel. Y no hay vuelta de hoja.

Para ser un buen español, hay que tener un traje italiano, un coche alemán y las cuentas en un banco suizo. Si pagas más impuestos que yo, eres un pringado. Si tu casa cuesta 200.000 euros y no te gastas 350.00 para costearte unas vacaciones en las Islas Caimán con Elvis Presley y Jesús Gil, no molas. Si has tenido que trabajar duramente para conseguir tus sueños y finalmente lo ha conseguido el oportunista de turno con parientes más influyentes, te jodes. Así es la vida. O mejor dicho: así es España. Personajillos tan ilustres como el Pequeño Nicolás personifican la cultura del pelotazo: un ser mitómano, que evoca todas estas sensaciones, con una contumacia que no conoce precedentes y que profesa mordaces idolatrías muy desalentadoras.

La atmósfera que vivimos provoca un gran desazón. Sin contar el paro desaforado, la galopante corrupción y una clase política que pierde adeptos casi tan rápido como ideales, España no es un país para tener una oportunidad. Haber sudado sangre para graduarse en Física queda eclipsado por haberse acostado con un torero. Hablar cinco idiomas no tiene nada que hacer si eres hijo de una tonadillera corrupta. Y tener un proyecto emprendedor no valdrá para nada si no eres conocido y nadie apostará un duro sobre ti. Así pues, bienvenido a España, la tierra de las desoportunidades.

@joseangelrios92

24 de diciembre de 2014

¿Instagram? No, gracias


Hace poco una amiga me preguntó si tenía Instagram y mi respuesta fue clara: No, Dios me libre. Las redes sociales simbolizan el futuro y el futuro simboliza el progreso. Pero en el caso de Instagram no. No me hace ilusión registrarme en una red social que tiene nombre de empresa cuyo nombre parece que reparte droga de forma rápida. ¿Alguien le ve la utilidad a Instagram? ¿Realmente sirve para algo? Además de para fardar y fanfarronear, me refiero.

Instagram es la red social del postureo. ¿A santo de qué la gente le haría una foto a su tarta Red Velvet Cake con chocolate y editada con catorce filtros? La continua proliferación de smartphones con aplicaciones y cámara integrada ha creado una necesidad que hace años era inconcebible. Hacer fotos a la comida porque, si no lo haces, no eres guay. Lógica aplastante. Últimamente parece que, si vas a un sitio y no te haces doscientas mil fotos para que todo el mundo sepa que has estado allí, es como si no hubieras estado. En definitiva, las redes sociales nos hacen subnormales.

Instagram me recuerda a la asignatura de Música del instituto: aún no le he visto utilidad. WhatsApp ha revolucionado la mensajería instantánea, permitiéndonos comunicarnos por sólo 0,89€ de forma gratuita, Twitter nos mantiene informados y se puede usar de microblogging y Facebook es para exhibirnos, reivindicarnos y comunicarnos, pero ¿Instagram para qué coño sirve? Por cierto, si eres una tía buena y tienes 2.000 likes por minuto, enhorabuena. Has encontrado tu red social.

El tema de los likes merece capítulo aparte. En Instagram con menos de 50 likes no eres nadie. ¿Y cómo conseguirlos? Muy sencillo: atiborrando de hashtags todas las fotos. O sea, que cuando subas una foto súper sexy, si quieres que la vea todo el mundo, has de poner los hashtags: #instamoment, #instapic, #instacool, #picoftheday e #instacarajote. En resumidas cuentas, las redes sociales son como una gran fiesta a la que hay que ir para estar a la última y no ser obsoleto. Pero Instagram es como llegar a la fiesta a las 6 de la mañana, cuando todos están borrachos y tus padres a punto de volver a casa. Será mejor concluir aquí, que me acaba de llegar una notificación a Instagram y no quepo en mí de la emoción.

8 de diciembre de 2014

Worstiario


En primer lugar, querido lector, te recomiendo que, si eres adicto a las discotecas o simplemente, te gustan, dejes de leer de inmediato. Entiéndeme. La salud es lo primero y no quiero que te entre un síncope o un trombo por culpa mía. Dios me libre. Si, como yo, profesas un asco monumental a dichos establecimientos y todo lo que representan, enhorabuena. Estás en el lugar idóneo. Lo he escrito pensando en ti. Disculpa si no adjunto una caja de bombones con forma de corazón, una dedicatoria y florecitas.

Hace ya varios meses, casi un año, diría yo. Por razones ajenas al buen gusto, me puse unos calcetines blancos. Y por motivos peores, unos zapatos negros. Una mala noche la tiene cualquiera. Quedé con unos amigos y nos dispusimos a entrar a una discoteca situada en la Plaza Nueva de Sevilla. No recuerdo el nombre, pero sólo sé que la primera parte del mismo era la palabra mejor en inglés. Nunca la ironía fue tan explícita en luces de neón.

La cola era bastante larga, como la del INEM. No sabía que la gente fuera tan bien vestida a buscar trabajo. Una vez allí, nos percatamos de que las chicas entraban gratis e incluso las invitaban a copas. Si, como yo, eres un tío y tu asesor de estilo esa noche te había jugado una mala pasada o tomado unas oportunistas vacaciones, poco había que hacer. Recuerdo que uno de los gorilas porteros no dejó entrar a uno de mis acompañantes porque no le convencía su peinado. Se ve que no entró por los pelos.

Sí, ¿no lo sabías? Las chicas entran gratis y también las invitan a copas. ¿Generosidad? ¿Feminismo? No os engañéis. Ni tan siquiera es caballerosidad. Esta tentativa por enmascarar un machismo arcaico con halos de feminismo es tan patética como comercial. Piénsalo. Las chicas sólo son el reclamo para que las hordas de tíos paguen lo que sean por entrar a conocerlas. Dicho de otro modo, las discotecas usan a las mujeres como el packaging o envoltorio externo, con los que agenciarse cantidades económicas de varios ceros. O sea, chicas, que la próxima vez que os pongan una cara sonriente para entrar en una discoteca, no lo asociéis a la típica caballerosidad sevillana. Sólo quieren enseñaros como cabezas de venado. Lamentable.

Si queréis sumergiros en una de las zonas más populares de Sevilla, el barrio del Arenal es vuestro sitio. Con popular, no me refiero a que sus habitantes sean de clase humilde, sino al partido al que votan. Precisamente allí, hay un bar llamado Alcopone, de una estética que evoca a personajes del cine de gángsters de El Padrino, Scarface o Uno de los nuestros. Me jode bastante que le pongan que decoren con mis pelis favoritas a un sitio tan deplorable. Si puedes entrar sin llevar el chaleco anudado al cuello, enhorabuena. Si logras hacerte un hueco ahí, porque aquello está más petado que los tornillos del Challenguer, es fácil darse cuenta de por qué se llama Alcopone: porque dan ganas de llevar una escopeta.

El postureo aumenta a pasos agigantados. Los patilleros y cortijeros de turno nos invaden. Queda prohibida la entrada en chándal pero no con una bandera de España en la camisa. ¿Y si vas con una camiseta de la selección española? ¿Sufrirá el portero un colapso cerebral? Sería curioso porque nos enteraríamos de que tienen cerebro. Y la policía mientras haciendo redadas en los bares de la Alameda y la Alfalfa, pero no en el Arenal. ¿Todos son bares, no? En fin, me tengo que ir, que he quedado. Voy a sacar mi polito de España y las tres toneladas de gomina, no vaya a ser que no me dejen entrar con toda la razón del mundo.

1 de diciembre de 2014

El pretil de la muerte de calle Betis


El sábado pasado, al igual que miles de sevillanos, aproveché los agradables rayos del sol que bañaron Sevilla tras unos días de lluvia, para tomarme un cafecito deleitándome con la incomparable vista del río Guadalquivir desde la calle Betis de Triana. Las terrazas estaban repletas de gente y los niños pululaban por doquier, era un ambiente muy animado. Cuando de pronto, mi acompañante me señala algo detrás mía. Me doy la vuelta y veo a un hombre sentado en el respaldo del banco de la muerte de la calle Betis y al lado suya, su hija de seis años, arrodillada en el asiento y apoyada en el respaldo mirando hacia el río. Inmediatamente les advertimos del riesgo que corrían y por fortuna, ellos se apartaron del lugar.

Y es que el pretil de la calle Betis es uno de los mayores peligros de la ciudad de Sevilla. Se trata de un pequeño banco de piedra de 50 centímetros de altura y 90 metros de largo, tras el cual hay un abismo de siete metros. El riesgo de caída tras un tropiezo accidental, una riña de borrachos o una distracción fútil, es evidente. La calle Betis se caracteriza por ser el centro de concentración de miles de personas, sobre todo los fines de semana, y en verano se llena de turistas que se divierten sin darse cuenta que allí hay un peligro enorme, porque a simple vista, el poyete da un falso aspecto de seguridad cuando realidad es una trampa mortal para cualquier distraído. Es obvio que si retrocedes de espaldas, sin saber lo que hay detrás, puedes tropezar con este banquito y caer al abismo. Y si has bebido algo, pues ya no te cuento.

Desde la primera vez que pisé la calle Betis y me asomé por ese gracioso y ridículo banco, me dije “cuánta gente se habrá matado aquí”, después de todo, hay borrachos, hay turistas y muchos niños correteando alrededor de esta calle. La verdad es que increíblemente, han sido muy pocos los accidentes que se han producido allí, lo que no quiere decir, que el riesgo no exista.

Hace, apenas un mes, una turista polaca de sólo 23 años, cayó desde este barranco, cuando trataba de hacerse un selfie con el Puente de Triana detrás. Falleció tras un día de agonía. El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, dijo sentirse “conmovido” por la tragedia, pero añadió que no haría nada para evitar que algo así vuelva a suceder, dijo que estaba atado de manos porque este famoso pretil de Triana es considerado Bien de Interés Cultural y no se le puede vallar y no se le puede poner ninguna protección adicional.

Hace unos meses, un hombre borracho también cayó desde allí, afortunadamente tuvo más suerte y no sufrió daños, pero unos días antes del accidente de la joven polaca, un perro, subido al banco, vio pasar una paloma, fue a por ella y cayó al precipicio, matándose ante decenas de personas. Lo mismo puede sucederle a un niño. Señor Alcalde, ¿está usted seguro que no se puede hacer nada? “Todo lo que se puede hacer y todas las medidas de precaución ya están puestas", nos dice Zoido y añade que los técnicos le han dicho que no se puede poner ningún vallado porque es un “Bien de Interés Cultural”. Todo es mentira.

En ningún lugar del mundo, un bien cultural está por encima de la vida humana. La seguridad y la vida de una persona es lo más importante para una Autoridad. Autoridad con “A” mayúscula, claro. Para Zoido, todo lo que se puede hacer, ya está hecho. ¿Y qué es lo que se ha hecho? Pues nada, poner un cartelito que dice “Peligro de caída a gran altura”. Pues si hablamos de monumentos, ésto es un desprecio monumental por la vida de las personas. Cuando existe un bien cultural abierto a la visita pública, se le pone vallas, esto sucede en cualquier parte del mundo. Nunca se expone a las personas de forma tan gratuita y mucho menos si es en un sitio céntrico de una gran ciudad.

Las vallas deben ponerse, es un clamor de la población de Triana, que es consciente del peligro que entraña ese pretil de la muerte. Ya en enero de 2013, la Policía Local de Triana envió un informe al Ayuntamiento, pidiendo se tomaran medidas para evitar una muerte accidental en el lugar, “es un peligro”, señalaban y pedían solucionar urgentemente el problema. Además, añadían que en una obra nueva no se permitiría un riesgo semejante. Y no sólo fue la Policía Local, también el Consejo de Participación Ciudadana, en mayo de 2012 y la Junta Municipal, en junio de 2013, solicitaron se tomen medidas urgentes para evitar la caída de una persona, y sobre todo de niños, que corren enorme riesgo en ese banco de piedra.

¿Se puede hacer algo para prevenir una nueva muerte? ¡Sí! Sin duda. Lo más indicado, es un vallado detrás del respaldo, manteniendo la armonía estética del monumento. Es algo que se puede y se debe hacer urgentemente. Y si el Alcalde vuelve a mentir, diciendo que se trata de un monumento intocable e inmodificable, lo que se debe hacer es poner una reja por delante del banco, para que no se pueda acceder a él y nadie corra riesgo de morir allí de nuevo. Quedaría feo, sí, pero es preferible la fealdad urbana antes que perder la vida de otra persona inocente.

25 de noviembre de 2014

La Ley Seca llega a la Alfalfa


La Policía Local de Sevilla ha clausurado esta semana seis establecimientos de la Alfalfa, la conocida zona de bares del centro de la capital hispalense. Según el Ayuntamiento de Sevilla, dicho cierre se ha debido al incumplimiento de varias ordenanzas municipales: quejas generalizadas de los vecinos, venta ilegal de alcohol y proliferación de actividades que no contaban con la licencia necesaria. Concretamente, los locales precintados han sido: Berlín, La Espuela, El Cubanito, La Rebotica y La Carbonería. El Gobierno municipal ha actuado de forma tajante, castigando todas las infracciones cometidas.

En este momento, sería buena idea ponerse en la piel de una persona que, dispuesta a encontrar un lugar apacible donde vivir tranquilamente, no se lo piensa y compra un piso en la Alfalfa. No en zonas tan concurridas como el Retiro, sino en la Alfalfa. ¿No vieron que ahí hay bares que, en general, suelen abrir por la noche? Es como si alguien se compra un acogedor adosado en Cabo Cañaveral y se queja justificadamente de los ruidos que hacen los transbordadores de la NASA al despegar. No tiene sentido.

Cuenta una leyenda urbana que alguien una vez estornudó en Sevilla y no apareció la siempre competente Policía Local para ponerle una asequible multa de cien euros. O no le precintaron su casa por perturbar el descanso de los vecinos. De todos modos, si ahora mismo estás estornudando y la policía está deteniendo a potenciales delincuentes quinceañeros que están haciendo botellón en el Lipa, puedes respirar tranquilo. Incluso aunque estés resfriado. Van a ir a por ellos. Desde aquí, sería buena idea hacer un llamamiento al Ayuntamiento de Sevilla que es, en última instancia, el que decide: no se puede prohibir algo que todo el mundo hace. Por prohibir que la gente haga botellón, la gente no va a dejar de hacer botellón. Encontrarán nuevos sitios, diversas maneras e incontables estratagemas para eludir ser cazado desordenando el orden público.

Cuando la Ley Seca entró en vigor en Chicago, apoyada por los puritanos, nadie dejó de tomar alcohol. De hecho, la demanda de alcohol aumentó exponencialmente para contrarrestar una oferta inexistente. Al Capone sería uno de los mayores asesinos, ladrones y chantajistas de la historia, pero al menos no cometía el ultrajante delito de beber en la calle. ¿Existe una solución para esto? Evidentemente, sí: habilitar botellódromos, donde los jóvenes pueden acudir a celebrar este sacrosanto ritual. Fácil, ¿no? Pero no nos hagamos ilusiones. Seguro que el Alcalde está muy ocupado viendo alguna cofradía o, tal vez, viendo una cofradía. Habría que imaginarse a ese par de agentes de policías, ocupados en comisaría viendo vídeos en YouTube, cuando de repente, reciben una llamada: Una tienda está siendo atracada por dos individuos encapuchados y armados que han amordazado a los rehenes. Paralelamente, reciben otra llamada de que hay un par de jóvenes tomándose un lote de Cutty Sark en plena calle. ¿Adónde acudirían para hacer que se respeta lo establecido en la Ley? Hombre, hay whiskys mejores que el Cutty Sark, pero lo de los tíos liándose a tiros en una tienda tampoco es moco de pavo. 

La clausura de dichos establecimientos se suma al cierre de la popular Carbonería del barrio de Santa Cruz el pasado fin de semana, según la versión oficial, por no tener licencia para albergar conciertos. Es algo completamente lógico chapar sitios que fomentan cosas tan horribles como la cultura, el arte y la esencia de esta ciudad ¿Qué va a ser lo próximo: meter droga en el pica-pica? Hay que tener en cuenta que lo han cerrado los mismos que han multado a señores mayores por un motivo tan justificado como hacer ruido con las fichas de dominó.

Todo esto no es más que una nueva tentativa de este opresor Ayuntamiento por dilapidar la libre cultura, el estilo de vida bohemio y, como dirían de forma peyorativa muchos medios de comunicación, desmantelar el perroflautismo. El objetivo es fomentar el patilleo, movimiento que encuentra su máxima versión en zonas tan obreras y humildes como el Barrio del Arenal para financiar bares tan baratos y asequibles al público de dicha zona como el Al Copone (seguro que quien le puso el nombre se acordó de la Ley Seca) o el Rockefeller, nombre del primer alcalde comunista de la historia. Lo realmente paradójico de este asunto es que precisamente la hermandad de Semana Santa de dicho barrio se llame El Baratillo.

En fin, cosas así ocurren en nuestra querida ciudad. Disculpen si he hablado muy fuerte y algún vecino se ha despertado. Todo sea porque no me clausuren el local...

@joseangelrios92