23 de diciembre de 2016

Suele pasar en época de exámenes


Llegan los exámenes y, con ellos, las noches en vela viendo vídeos en YouTube estudiando, las ingentes dosis de cafés, bebidas energéticas, aún más tila para compensarla y los madrugones. Esa época mágica en la que el despertador pasa a ser la aplicación que más usas y que cosas que nunca han llamado tu atención, como el vuelo de una mosca, de repente cobran una una importancia e interés atroces que sólo volverán en la siguiente tanda que más te vale que no sea en septiembre. Te distraes con todo, incluso con los capítulos de Cuéntame en Clan por las noches. Porque los exámenes han inoculado en nosotros más sueño que el Valium. Como si la morriña que no hemos tenido todo el año mientras estábamos de fiesta estudiábamos arduamente se instalara en nosotros sin la compasión de dejarnos aprobar.

Sin darte cuenta, los tienes a la vuelta de la esquina. Y en un ejercicio de autoengaño personal, decides estudiar estas Navidades. «No he hecho nada más que recogerme a las siete de la mañana, pero ahora me pongo sí o sí» confiesas en una intentona a la desesperada por ponerte al día. Porque claro que en Navidad estudias, pero la etiqueta del polvorón y la gradación etílica de la botella de cava o del lote que te vas a beber en Nochevieja. Luego llega enero con su temida cuesta y lo primero que intentas disimular, aparte de tus ojeras de resaca, es que no has dado un palo al agua en todas las vacaciones. Dicen que «Mal de todos, consuelo de tontos», así que como de eso eres un rato, le preguntas a tus compañeros: «¿Has estudiado algo? Yo me lo he leído un poco» —así para restarte culpabilidad y sentirte un poco mejor contigo mismo—. Y un frenesí de alivio y paz interior te sacude cuando te dicen: «Yo en verdad tampoco».

Así las cosas, llega el día del examen cuando tan sólo ayer parecía Nochebuena. Las aulas magnas a rebosar, los apuntes acumulándose en avalancha, los nervios a flor de piel, los estudios repasos de última hora, gente a la que ni conocías que parecen salidos de un búnker y de un búnker de estudiar también, tu compi de al lado comiéndose las uñas, la otra pintándoselas —se puede sufrir, pero siempre con estilo—, el otro que te dice «Yo vengo para ver cómo es el examen», otro que lo único que se ha preparado son tantas chuletas que parece que va a montar una carnicería y el que da más coraje, el cabronazo empollón de mierda listillo de turno que te dice: «Lo llevo fatal, no me sé nada». Y luego saca un 10. O un 9, que también jode. Pero siempre hay algo peor: que te expliquen algo antes de un examen y, feliz por haberlo entendido, te digan: «Bueno, eso es lo fácil. Seguro que viene a pillar, nos van a dar por todos lados, hoy vamos a dormir bocabajo, vamos a salir de aquí andado como John Wayne» y otras perfectas alegorías de la sodomía.

Llega el profesor con una macabra sonrisa Profident que no la mostraba los lunes a primera hora cuando sentaba cátedra de aburrimiento instruida en Oxford el muy hijo de puta desconsiderado. Parece que la Navidad le ha sentado bien. Con lo que cobra, seguro que el jamón de su cena de Nochebuena era Ibérico como mínimo. «En la mesa sólo quiero ver un boli», dice como si eso fuera Los Juegos del HambreOtro te dice que lo ve más morenito, que seguro que se ha ido a la playa para pasar las fiestas, porque todo sabemos que el resplandeciente sol que hace en Matalascañas un 25 de diciembre a las once de la noche no lo disfrutaba ni Don Johnson en Miami Beach. Poseído por las rencillas personales de su pasado con algún otro profesor de su infancia, te entrega el examen bocabajo. «No le deis la vuelta hasta que yo lo diga» —espetan con singular displicencia. Y si piensas que eso lo hacen para hacerse el interesante, estás en lo cierto. Sólo hay algo más peligroso que un tonto y es un tonto con poder. Es el mayor postureo de los profesores después del «Si copiáis, os engañais a ustedes mismos». Y un poco a ellos también.

Luego le das la vuelta y las caras en blanco de tus compañeros son una metáfora perfecta de cómo va a acabar ese examen: en blanco. Y ese semblante taciturno se va contagiando como una epidemia entre todos los presentes. Caen como fichas de dominó. Por lo menos, la primera te la sabes: el nombre. Y pones tu nombre y apellidos en el apartado de Nombre para darte cuenta que, justo debajo, está el hueco para poner los apellidos. Empezamos bien. Porque el nombre de la asignatura te lo sabes. Sabes que, como la cagues hasta en eso, lo más alto que vas a poder aspirar es a un 3. Lees el examen. Sólo hay una pregunta que ocupa un renglón. ¿Pinta guay la cosa, verdad? Bien jodida debe ser, como indica la gota de sudor que empieza a recorrer tu frente. Ahí asumes que en los exámenes sólo hay una opción posible: estudiar. Y no hay vuelta de hoja. Mira, nunca mejor dicho.

En ese momento empieza un pequeño interrogatorio turno de preguntas que, con alguna absurda con su correspondiente risa de fondo, le quita un poco de hierro al asunto. Siempre está el típico que dice: «¿Se puede cambiar el orden de las preguntas al responder?». Vamos a ver, alma cándida. Como si alguna vez en la historia, algún profesor hubiera respondido: «No, no se puede. Es más, si te las sabes todas menos la 1, no puedes seguir respondiendo». «¿Se puede usar tippex o tachar?», «¿Puedo escribir en negro o azul?», «¿En qué año estamos?» y preguntas así con enjundia. U otros que, con más pesimismo, no muestran reparo en preguntar: «¿Cuándo es la recuperación?» Son reglas no escritas en los exámenes que nunca fallan, como que quien hace el selfie siempre sale mal.

Cómo hubiera molado que el examen fuera tipo test, ahí en plan quiniela. Que si acertaste en un Leganés-Osasuna, fijo que también lo haces en Microbiología Aplicada Básica, una asignatura tan básica que básicamente no tienes ni puta básica idea. Mejor no preguntarse cómo será Microbiología Aplicada Avanzada, si algún día llegamos a matricularnos. Porque esa es otra, ¿cuántas matrículas llevas ya? Que eres el abuelo oficial de la clase. De hecho, el profesor era de tu promoción. Y hablando de matrículas, te acuerdas de la de su coche, así como la marca, modelo, color y año, por si tiene la desfachatez de suspenderte y dejarle un bonito recuerdo, pero del Tema 1 ni de qué va siquiera. Aunque siempre te consolará pensar que el «Yo así no lo puesto, lo he expresado con mis palabras» te librará de un suspenso más grande que Torrelavega. Aunque en el fondo sabes que no. He ahí la fina línea que separa un «He aprobado» de un «Me han suspendido».

Venga, que ya queda poco para llegar a casa y poner en Facebook, Twitter, WhatsApp, Tuenti —si aún vives en 2009—, Instagram, Pinterest, Tumblr, Ask, YouTube y FilmAffinity los suspensos exámenes que llevas. Aunque la follada ha sido tal que mejor ponerlo en PornHub. Como si fueras un preso que lleva confinado cuarenta años en Guantánamo que va poniendo muescas en la pared. Porque asúmelo, no tienes ni pajolera idea, pero cuando te mira el profesor, pones cara de interesante con la vista fijada en el infinito, para hacerle creer que estás recordando algo. Eso sí es verdad, te acuerdas del desfase de Nochevieja, del coma etílico ciego mítico que se pilló tu amigo y de cómo lo llevasteis entre cinco tíos a casa. Y de la clavada que os dieron con los churritos en el Puente de Triana, que ni con esos se le pasó.

Ánimo, que tan mal no puede ir. Que sí, que el que te dijo que lo llevaba fatal ha pedido ya el sexto folio y tú has puesto el nombre y mucho es. Pero no quieres ser el primero en entregarlo. Vas a suspender, pero la dignidad que vaya siempre por bandera. Habrá que echarle huevos, al menos. «Venga, que si aprobé Conocimiento del Medio en Quinto de Primaria sin estudiar, esto es pan comido» —piensas en un arrebato de esperanza transitorio. «¿Le pongo el ciclo del agua, a ver si cuela?» te preguntas también. Pero no tienes ni zorra, aunque ello no te libra de usar expresiones cultas y finas como En primer lugar, por consiguiente, dicho lo cual, a colación de esto. Pero algo te dice que el rosco va a ser mayor que el que te comiste por Reyes. Y esta vez sin regalito, aunque todos los años salga el rey mago cutre de porcelana con cara de atracción de feria.

Pasan tres semanas y al profesor parece que aún le dura la resaca de Navidad, pero estamos en febrero. «Ya están las notas en el Aula Virtual» dice el delegado por el grupo de WhatsApp. Y un escalofrío te recorre el cuerpo, como si aún albergaras un atisbo de optimismo para aprobar. Sacas un 2. Sabes que ir a revisión es perder el tiempo. Casi tanto como lo perdiste en Navidad. Pero vas, total, la esperanza es lo último que se pierde. Le mandas un correo muy formal y encima sin faltas de ortografía; luego el profesor te responde sin puntos, coma ni tildes. Y vas con camisa y tal, poniendo mil excusas y suplicando que te deje aprobar con un trabajito, pero lo único que obtienes es un: «Mira, te he puesto un 2 y he sido buena gente». E intentas controlar tus instintos asesinos. Pero en el fondo sabes que te lo mereces. Es año nuevo y, en uno de tus innumerables propósitos de los que en marzo no recordarás como por ejemplo apuntarte al gimnasio, dices: «Hoy me pongo desde el primer día». Y con otra mentira, la historia comienza a repetirse desde el principio, con un guión más predecible que el de la saga A todo gas. A ver si a lo tonto, «Menos por menos es más».

13 de diciembre de 2016

«Hasta que el wifi nos separe», novela de José Ángel Ríos


Tengo el placer de anunciaros, queridos lectores, el lanzamiento de mi primera novela, «Hasta que el wifi nos separe» (Narrativa, Editorial Seleer). Se trata de mi segundo libro, tras haber lanzado el año pasado «Anécdotas futbolísticas» (Ensayo, Ediciones Pura Tinta), la que fue mi ópera prima formada por un compendio de sesenta curiosidades sobre el mundo del fútbol. No obstante, esta obra supone mi inicio de lleno en este dificilísimo, aunque a la vez maravilloso, mundo de la literatura. Una novela en la que va impresa una parte muy importante de mí y que, de todo corazón, espero que disfrutéis.

Con toda probabilidad, si me sigues desde hace poco, te estarás haciendo la pregunta obligada: ¿De qué va «Hasta que el wifi nos separe»? Es una novela de 280 páginas organizada en 33 capítulos, más los anexos de prólogo, epílogo y agradecimientos. En ella se narra la historia de dos veinteañeros, Javier y Victoria que, al conocerse por Twitter, establecen una relación apasionada a través de internet. Una historia, en principio formada por ingredientes idílicos, que se saldrá del guión establecido al descubrir que detrás de esa dulce muchacha se esconde un terrible secreto que cambiará su vida para siempre. «Hasta que el wifi nos separe» es una historia de dos jóvenes actuales que muestra cómo las redes sociales son medios que permiten el surgimiento de relaciones sin precedentes pero también esconden los misterios más insondables de la naturaleza humana.

La presentación tuvo lugar el pasado viernes 2 de diciembre de 2016 en el pub La Tregua, situado en mi barrio Triana en Sevilla. Fue una noche mágica e inolvidable en la que, con la encomiable colaboración del Colectivo Surcos, firmamos una velada amena, divertida, diferente y rubricada por una no menos estupenda celebración. Siempre agradeceré la intervención de mi tío Juan Sánchez-Lafuente que me introdujo con una sublime presentación muy elogiada por todos los asistentes, la escenificación de un diálogo de la novela de la mano de nuestros amigos Manuel y Gema y la lectura de Raúl Dávila quien, para mantener intacta su esencia, sembró la admiración de todos.

Sin más dilación, para adquirir mi novela «Hasta que el wifi nos separe», te dejo el siguiente enlace de la Editorial Seleer, a la que le estoy muy agradecido, a través del cual podrás comprarlo por internet y, mediante sus distribuidores, en este link de Casa del Libro, Fnac y El Corte Inglés. En dicho hipervínculo, podrás hacerte con mi obra tanto en formato papel como en eBook. He aquí la página oficial en Facebook de «Hasta que el wifi nos separe», por si deseas estar al tanto de las últimas novedades relativas a la obra, apretando tan solo el botón de Like. Dicho sea de paso, si deseas hacerte con el primer capítulo de la novela, envíame un mensaje a mi correo electrónico —a esta dirección: angelmd12@gmail.com— y te lo enviaré sin ningún compromiso y de forma completamente gratuita. Adjunto un par de fotos de lo que nos deparó esta indeleble velada. Un abrazo a todos y nos vamos leyendo.

Pincha AQUÍ para comprar «Hasta que el wifi nos separe» a través de la página web de Seleer.

 Esta gran fiesta no hubiera sido posible sin, además de la asistencia de todos vosotros, la exquisita presentación de mi tío Juan Sánchez-Lafuente y de todo el Colectivo Surcos. Con todo, espero que esta sea sólo la primera de muchas colaboraciones juntos.

Y por supuesto, nada hubiera sido lo mismo sin la visita de todos y cada uno de mis amigos, por estar a mi lado en una de las noches más importante de mi vida y por enseñarme día tras día que la amistad es la familia que se escoge.

7 de diciembre de 2016

Ememoriados


Cierras los ojos. Aunque parezca raro, estás sólo en casa por primera vez en mucho tiempo. Has creado una paz imperturbable que ni la brisa acariciando las hojas de los árboles puede romper. Incluso al ser invadido por la penumbra, rezuma un aroma de procedencia desconocida que se encarga de establecer las sinapsis apropiadas para que se decodifiquen esos recuerdos que creías olvidados y desvencijados por el paso del tiempo. Algunos más que otros, a decir verdad. Rememoras detalles baladíes e insignificantes sepultados por años, como el color de uñas que usaba tu profesora de párvulos o el arco que delimitaba su cutícula al milímetro, pero eres incapaz de recordar qué cenaste la noche anterior o quién marcó en la última jornada.

Inmerso en tu viaje a las áreas más insondables de tu memoria, llegas a ese recuerdo edificado sobre los sólidos pilares de tu corazón, donde se ha erigido como un fortín inexpugnable que impide que ese preciado tesoro llamado recuerdo se disipe de forma fugaz. Es como si, por unos instantes, el hipotálamo, el hipocampo, el cerebelo, la amígdala, los ganglios basales y otros tecnicismos que he encontrado en Wikipedia, se mudaran al auténtico lugar donde residen los recuerdos: el corazón. Un recuerdo que, azotado por el tiempo y con la erosión de todas las emociones asociadas a él, sigue latente como el primer día. Luego vuelves a la realidad. Y más tarde retornas al lugar donde se escenificó aquella película que ha adoptado tintes oníricos, que se proyecta en bucle sobre tu pensamiento. Y en ese preciso momento te das cuenta de que nada es como recordabas.

Decía el escritor Thomas Wolfe que somos el resultado de la suma de todos los recuerdos de nuestra vida. Otros como Albert Einstein, con menos romanticismo, afirmaban que «La memoria es la inteligencia de los tontos». Y algo de razón debía tener el célebre físico alemán. Recuerdas que las paredes no eran blancas, sino verdes; que la cerveza no era negra, sino rubia, que de fondo no se oía música soul de Barry White sino el alboroto de un partido de fútbol. Y es que nuestra memoria nos engaña, juega con nosotros, minimiza los vacíos, le otorga preponderancia a los mejores momentos y colorea las zonas en blanco dándoles el tono que le gustaría haber adquirido. Aunque, pese a su cuestionable capacidad de retención, hay un recuerdo que sí permanece intacto: cada milímetro de esa sonrisa enmarcada en unos no menos sugerentes labios.

Confiésalo. Habías asumido ese recuerdo como propio, lo dabas por hecho hasta tal punto que creías haberlo vivido y vivías pensando que sí lo habías hecho. Será que la memoria no es el registro más fiable que se pueda concebir, pero qué le vamos a hacer. Así es y rige nuestra vida de una forma de la que ni la más sofisticada hemeroteca digital pueda presumir. La historia es una alucinación consensuada, dado que crea el recuerdo y se convierte en él. Varía con sus relatores, pasa por el filtro de sus oyentes y es interpretada como nadie la contó. O sea, mentiras. Una gran sarta de mentiras, falsedades e imprecisiones narradas de unos que no las vivieron hacia otros que tampoco las vivieron sobre alguien a quien nadie conoció. Y para qué bucear en ellas. Desprender a nuestros recuerdos de su esencia mágica e indescifrable los convertiría en simples autopsias mentales. Recreémonos en mentiras vagas y maleables, mentiras al fin y al cabo, pero mentiras que encierran grandes verdades.

4 de noviembre de 2016

Ya no dueles


Hubo un tiempo en que creí que ya nada sería igual, que el mundo tal y como lo había conocido se había desvanecido por completo y que mi existencia había quedado confinada en una celda de escasos metros cuadrados con efímeras esperanzas de salir airosa en libertad. Eran otros tiempos. Tiempos donde aún no había emergido de mis cenizas ni eclosionado de una crisálida en la que me resguardé para mantenerme a salvo de tu recuerdo. Tiempos en los que todavía no existía ni en mis fantasías más salvajes, donde vagaba por sendos desangelados sin otear una luz de neón, alentadora y titilante a partes iguales, en el horizonte y, en suma, tiempos donde aún no había nacido. O mejor dicho, renacido.

Pero ya no dueles. Hubo una vez que sí, pero eso ya forma parte del pasado. Como tú, supongo. El tiempo se convirtió en el remiendo más eficaz y tu ausencia en el antídoto que una vez creí veneno. Doliste y mucho, como una estocada de un estilete con complejo de bisturí asestada con la misma falta de compasión que una vez confundí con los designios de la pasión. Porque ya tu recuerdo se disipó, tu esencia se volatilizó y el eco perpetrado por tu voz se disolvió en la inmensidad del pasado. Igual que tu imagen, que se esfumó, como la llama de una hoguera recién rociada con un gélido aguacero. Tu memoria desapareció aunque en su día me impulsara para cambiar. Y para siempre evolucionar. 

Ya no dueles y nunca más dolerás. Eso te lo puedo asegurar. Te olvidé y nunca más te volveré a recordar. El epílogo de nuestra historia escrito está, para la posteridad y cerrado bajo llave, presurizado de donde nunca deberá escapar. Incluso por los lugares donde fuimos felices ya me atrevo a pasar, con la esperanza, quizás, de que otros buenos recuerdos puedan albergar. Y tu recuerdo bien encerrado está, cuidado con mimo como ese juguete de la infancia que tanto quise pero con el que ya no quiero jugar. Sin esperanzas, además, de que de una ranura para escapar pueda vislumbrar. Ahí, bien encerradito está.

¿Te he dicho que ya no dueles? Que lo mismo, se me ha olvidado. Lo que un día me hirió como un camión cisterna de doscientas toneladas derrapando sobre mi cogote se convirtió en el zumbido de un mosquito que, tras una mirada de condescendencia, pronto pierde las ganas de revolotear. Porque sin ínfulas de recordar y tras haber pasado página después de mil veces volver a hojear, ahora sí, me puedo permitir la deferencia de que ya no dueles, que ese privilegio hace tiempo que dejaste escapar y que, por supuesto, ya nunca más lo harás.

@joseangelrios92

2 de noviembre de 2016

El ente que mora debajo de tu cama


Aquella era su primera noche en la casa nueva, Sara tenía nueve años y nunca había tenido miedo a nada, sin embargo, su nueva habitación era mucho más grande y vetusta que la antigua y eso le producía una extraña sensación de desasosiego y perturbación por lo que decidió dejar una lámpara encendida antes de dormir.

La niña se acurrucó junto a su osito Teddy y pronto adormeció profundamente. En su sueño, Sara paseaba nerviosamente por las montañas, bordeando enormes precipicios cuando de pronto, detrás de ella surgió una criatura demoníaca con ojos rojos de fuego y largos y delgados brazos que terminaban en uñas deformes y repugnantes. El extraño ser se acercó hacia ella y con furia, la empujó hacia el vació.

Sara despertó aterrada pero su espanto fue mayor al darse cuenta que la luz del dormitorio estaba apagada y que se encontraba a oscuras, apenas una tenue luz proveniente de la farola de la calle dibujaba formas grotescas y aterradoras en la habitación. La niña se abrazó a su osito de peluche y se cubrió con las mantas completamente, pensaba que de esta forma estaría protegida de todo mal. Pero Sara era una niña valiente y tras recuperar la calma llegó a la conclusión de que todo era fruto de su imaginación, probablemente su madre habría apagado la lámpara y ella decidió encenderla nuevamente, volverse a dormir y olvidar su extraña pesadilla.

Con resquemor, se levantó de la cama y se dirigió hacia la mesita que estaba a dos metros de distancia. Cuando encendió la luz, se sintió más aliviada pero cuando volvía a acostarse, repentinamente, sobresalieron por debajo de la cama unos largos brazos espeluznantes que tiraron de los pies de la niña tratando de llevarla hacia un agujero debajo de la cama. Sara se sujetó de una de las patas del camastro mientras gritaba pidiendo ayuda. Los padres aparecieron rápidamente, encendieron todas las luces y calmaron a su hija, le mostraron que no había nada debajo de la cama, que todo había sido una pesadilla, pero la niña sabía bien que lo que había sentido era real. Al ver el estado de alteración en el que estaba, los padres permitieron a la hija dormir con ellos esa noche, pero el miedo se apoderó de la pequeña que fue incapaz de conciliar el sueño hasta el amanecer. “Hay un monstruo debajo de mi cama”, insistía a sus padres, quienes muy racionales trataban de explicarle que todo era fruto de su imaginación. Sin embargo, ante la insistencia de la niña, la madre prometió pasar la siguiente noche junto a ella para que pudiera darse cuenta que no había nada que temer.

Al anochecer, Sara estaba acostada abrazada a su madre, pero era incapaz de dormir. En un determinado momento la madre se levantó de la cama, al ver que la hija estaba despierta le dijo “voy al baño, ya vuelvo”. “Voy contigo”, le respondió la niña. Cuando Sara puso ambos pies en el suelo, los dos largos brazos demoníacos cogieron los pies de la niña y tiraron de ellos hacia debajo de la cama. La madre al escuchar los gritos fue ayudarla y la sujetó impidiendo que desapareciera por un agujero oscuro que había surgido debajo de la cama. Entonces asomó de allí una figura gris y monstruosa, que le gritó “niña, siempre viviré debajo de tu cama y cuando te levantes por la noche, te llevaré conmigo al infierno”. El padre apareció a tiempo para ver como ese demonio se desvanecía por debajo de esa cama.

Los cuatro años siguientes fueron una pesadilla para Sara y sus padres. Intentaron de todo, fueron bendecidos por un sacerdote y por un chamán, se mudaron de casa pero aquel ser infernal insistía en aparecer debajo de la cama de la niña. Sara desarrolló una cierta tolerancia ante la existencia de ese ente, jamás se levantaba por las noches pero forjó el propósito de investigar y encontrar la forma de destruir a ese demonio.

Un día, en la Biblioteca Nacional descubrió un libro olvidado de comienzos del siglo XIX, se titulaba “El ente que mora debajo de tu cama” de un tal Douglas McDermott quien narraba su experiencia con un ser infernal que lo persiguió durante toda su niñez. Contaba el autor que ese ser había sido atraído por su miedo y que una vez liberado, la única forma de vencerlo y de devolverlo al infierno era reflejar su figura en un espejo. Finalmente, la niña pareció encontrar una salida y decidió seguir las indicaciones del libro.

Compró un largo espejo y lo posicionó echado en el suelo, muy cerca de su cama. Cuando la oscuridad comenzó a tomar cuenta de la habitación, Sara dio un salto hacia la parte trasera del espejo. Al sentir los pasos de la niña, el ente comenzó a emerger pero de pronto se vio reflejado en el espejo y su propia figura lo estremeció. Y es que recordó que cuando estaba vivo en nuestro mundo había sido un hombre atractivo, exitoso pero malvado y descubrió que ahora se había transformado en un ser monstruo y esa visión, lo horrorizó.

“¡Vuelve a tu infierno, hijo del demonio!”, gritó Sara con todas sus fuerzas, luego de cual el ente desapareció completamente y al instante comenzó a respirarse un aire de paz y tranquilidad en la habitación. Esa noche, la niña pidió que sus padres le construyeran una tarima de cemento debajo de su cama. Nunca más volvió a aparecer ese demonio y nunca más habría un agujero por donde pudiera emerger por debajo de su cama.