15 de agosto de 2017

Trump y el espíritu del 36


La humanidad aún yace conmocionada ante el sobrecogedor ataque supremacista o derecha alternativa —eufemismo de neonazi de la ciudad de Charlottesville, Virginia. O mejor dicho, parte de la humanidad. Desde la Casa Blanca, dos días han sido los que ha tardado Donald Trump en condenar dichos atentados, donde una persona falleció y otras diecinueve resultaron heridas después de que un automóvil embistiera contra una multitud que protestaba contra una marcha nacionalista del estado sureño.

Adónde vamos a ir a parar. Ya uno no puede pasearse libremente con su bandera nazi impregnada en naftalina —esvástica y cruz céltica inclusive, para no perder la tradición sin que te llamen nazi. Qué poco respeto a la libertad de expresión. Si es que ya lo dijo el sabio: Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Esto con Jefferson Davis no pasaba. A ver, que estar en contra de neonazis —nunca entenderé el por qué del prefijo neo— es ser igual de extremista, comenta con un titubeo delatador un votante de Ciudadanos librepensador hecho a sí mismo, con miedo a que las feroces garras del comunismo le expropien su Opel Corsa del 2002. Y así sucesivamente.

Violencia de muchos lados, ésa fue textualmente la declaración del presidente estadounidense. Sin reparos ni inmutarse, ahí a pelo. ¿Qué será lo próximo, españoles en pleno 2017 poniendo en la misma balanza a republicanos y franquistas? Un poco menos kitsch y parecería extraído de una película de Almodóvar. O como si en pleno apogeo de ETA, a alguien se le ocurriera tildarla como el frente vasco de liberación. Porque lo de Trump justificando actos nazis es como cuando el Partido Popular condena el robo y la corrupción: hipocresía cínica que eleva el populismo a cotas insospechadas. El germen de todo ello deberá estar en Venezuela, porque en caso contrario no tiene el más mínimo sentido.

La llegada de Trump a la Casa Blanca ha supuesto la institucionalización de este tipo de actividades que, según la ingenuidad en la que subyace adormecida la población, no son más que actos aislados del pasado. Y cuando nos referimos a pasado, no hay que remontarse a la época del blanco y negro, ni de las dos dimensiones, ni de España ganando certámenes de Eurovisión, sino del pasado 20 de noviembre, fecha de dolor e infamia para los más nostálgicos de nuestra amada patria. Un mes de noviembre donde se produjo otra sonrojante muestra de fascismo e intolerancia que fue precisamente la que aupó al magnate neoyorquino al despacho oval de la Casa Blanca. 

Esta equidistancia, frustrante y maliciosa a partes iguales, recuerda por momentos a la pasividad de las autoridades contra las manifestaciones de la Falange en Madrid todos los 20 de noviembre. Sí, manifestación y Falange en la misma frase, has leído bien. Y la nula respuesta del Gobierno contra sus actos. O dicho de otro modo, aquí llueve sobre mojado. No nos curan de espanto. España es el país del revanchismo tardío, de las cunetas sepultadas por el olvido y la ignorancia de quienes ponen en la misma balanza, aún ochenta años después, a quienes lucharon por la libertad y a los fascistas. Y así nos luce el pelo. 

El paralelismo con el caso español es evidente, pese al insignificante detalle de que allí su guerra civil sí la perdieran los malos. En Estados Unidos se les llama disturbios radicales a quienes combaten grupos confederados —abiertamente esclavistas, dicho sea de paso— que, pese a muy violentos que puedan llegar a ser sus métodos, no los sitúa ni de lejos a la misma altura que a los herederos del Ku Klux Klan y adeptos de la Confederación esclavista. Charlottesville es una ciudad universitaria conocida por su espíritu progresista, un enclave idílico donde diversidad e igualdad pasean de la mano camino a una sociedad más igualitaria. De hecho, esta bucólica comarca fue nombrada en 2014 como el lugar más feliz de Estados Unidos. ¿Qué puede llevar a tan paradisíaca región a ser atacada por un grupo de nazis?

La respuesta se encuentra en la historia de la ciudad. Charlottesville concibe su pasado como un elemento fundamental para entender su presente y enfrentarse al futuro. Situada en un estado tradicionalmente conservador, son muchos los monumentos que ensalzan la figura de generales del Ejército Confederado de la Guerra de Secesión como Robert E. Lee, líder del ejército sureño y responsable póstumo de las revueltas. Y dada la nula proclividad de estos personajes a ideas tan subversivas como la justicia, la igualdad y la diversidad, mezclada con la concienciación de su población hacia ideas más propias del siglo XXI, se ha constituido un campo de batalla que nada tiene que envidiar a la playa de Omaha en la Segunda Guerra Mundial.

Porque la irrupción de ideas supremacistas no es algo del pasado. La concepción del fascismo como una ideología más que puede usar la política como trampolín para que sus ideas calen en la sociedad, con un lenguaje instrumental que normaliza sus acciones constituyen motivos para preocuparse. Ocurrió en España, donde aún se están sufriendo sus penosas consecuencias, y está ganando seguidores en Europa y el resto del mundo de forma alarmante. Igual tenía razón el escritor británico Gilbert Keith Chesterton. Uno de los extremos más necesarios y más olvidados en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabada.

Fuente: Megan Garber (14/8/2017) Cómo Charlottesville pasó de ser ‘la ciudad más feliz de EEUU’ a un símbolo del odio. Diario Citylab Latino. Moha Gereheu (13/8/2017) Guía para no dulcificar a nazis cuando hacen cosas nazis. Periódico Eldiario.es.

@joseangelrios92

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